No leas este artículo si te duelen los ojos

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Llena tus ojos de asombro —dijo— vive como si fueras a caer muerto en diez segundos. Ve el mundo. Es más fantástico que cualquier sueño hecho o pagado en las fabricas”.

—Ray Bradbury, fragmento de Fahrenheit 451.

Es un hecho que la tecnología análoga no tendrá más cabida dentro del mundo digital. Las corporaciones están haciendo todo lo posible por quitar los cables, adelgazar las pantallas y reemplazar toda actividad física por meros simples chispazos eléctricos. Esto me hace recordar la película de Matrix, dirigida en 1999 por l@s Wachowski, que profetizaba una humanidad subyugada a una realidad virtual creada por las máquinas para usarnos como baterías.

Neo: ¿Por qué me duelen los ojos?

Morfeo: Porque nunca los habías usado.

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No cabe duda que estamos ahí, la era virtual está en su apogeo. Ya contamos todos con una “inteligencia artificial” en el teléfono que nos responde con precisión dónde están las llaves del auto o cuándo salir de casa con un paraguas.

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Sin embargo, y contra a todo pronóstico, está comenzando una resistencia natural y algunos inventos de antes del siglo XXI están logrando sobrevivir el embate.

Por ejemplo, el fenómeno sucede en la fotografía, en donde los filtros digitales se ven superados por la belleza imperfecta de una polaroid instantánea; cada vez hay más personas sacando fotografías de verdad. Ya lo dijo Susan Sontag: «la cámara define lo que permitimos que sea real», algo parecido a Julieta Venegas que escribió con evidente sarcasmo en la descripción su cuenta oficial de instagram: «No son fotos hasta que las imprimes». Y Patti Smith ha rematado que fotografiar algo con el teléfono lo convierte en una mierda.

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En la música, los melómanos están cambiando los miles de mp3’s por el sonido rugoso e hipnotizante del disco de vinilo. Esto ha sucedido en mayor medida por la necesidad de disfrutar con total atención un sola obra completa, pues ¿quién puede escuchar miles de canciones en un sólo día?

Y en el ámbito editorial, la guerra del libro electrónico contra el libro tradicional parece haber tenido ya un temporal ganador. Sin duda los lectores siguen prefiriendo el olor de los libros y el peso de sus páginas más que la pantalla luminosa y el inminente daño de la vista. Además de que tener toda la Biblioteca de Babel en un kindle no garantiza una buena lectura.

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Todo esto se compagina con los recientes estudios en el campo de la neurociencia sobre nuestra relación esquizofrénica con el internet. Los científicos están preocupados por la contundencia de los datos: nuestra calidad de atención está menguando contra la cantidad exagerada de estímulos que recibimos durante el día. Es tan abundante el bufet de información, que nos atascamos y ya cuando nos sentimos exhaustos nos vamos a dormir sin “digerir” lo que hemos visto. Cada día nos levantamos más y más fragmentados por las notificaciones de la red, ocupando toda la capacidad de nuestro cerebro hasta que éste se resetea de forma natural, olvidando todo. Pero entonces, surge de nuevo esa necesidad de sentirnos estimulados y repetimos el cliclo hasta una nueva indigestión. Lo que sucede es que ya estamos adictos y nuestro único deseo es conseguir la siguiente dosis de novedad. 

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Y esto es aún más alarmante, lo dijo Neil Gaiman en una conferencia donde habló sobre la importancia de leer y escribir ficción: «Según Eric Schmidt de Google, cada dos días la humanidad crea tanta información que suma lo hecho desde el inicio de la civilización hasta el año 2003. Estamos hablando de cinco exobytes de datos al día, para aquellos a los que les guste contar». No se supondría que a mayor información tendríamos entonces mayores capacidades de comprensión y sapiencia, ¿no era el sueño de Borges en el Aleph? 

¿Cómo es posible que en la época con más libertad de acceso a la información se esté dejando de pensar? La explicación es quizá aún más desoladora: al tener que priorizar lo que leemos por la sobrecarga que soporta nuestro cerebro, ya no hacemos una lectura reflexiva, sino que leemos “de pasada”, los científicos lo llaman “escaneo de información”, en donde el propósito es tratar de leer lo más rápido posible para saber si es importante para nosotros o no. El resultado es que brincamos de una página a otra sin terminar de leer nada. Esto repercute no sólo en nuestra capacidad de atención, sino en nuestra retención, pues nuestro cerebro está perdiendo la capacidad de memorizar y, por consiguiente, de esencializar el conocimiento.

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Es una era en que contamos con más información y más velocidad de transmisión de datos por segundo, pero paradójicamente tenemos menos tiempo para el ocio y la contemplación: leemos más pero entendemos menos. ¿Será que el uso del internet nos está volviendo estúpidos? Un columnista del New York Times, Farhad Manjoo, lo resume así: «usted no va a terminar de leer este artículo».

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