El destino de Bob Dylan

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“Venía de muy lejos y de muy abajo, y ahora el destino estaba por revelarse. Tenía la sensación de que me miraba a la cara, sólo a mí”.

Estas son las primeras palabras que podemos leer en las Crónicas de Bob Dylan, un libro que explora los momentos de inflexión en su vida y que responde a todas las preguntas que nos hemos estado haciendo desde que fue premiado con el Nobel de Literatura: ¿Qué hay que saber sobre su vida? ¿Cómo y dónde comenzó ese viaje iniciático que lo llevó a la cima de las letras?

giphy-2Como si contempláramos una fotografía en blanco y negro, viajaremos en el tiempo de la mano narrativa del cantautor y conoceremos el Greenwich Village de 1961, el barrio literario y artístico que será testigo principal de su llegada a Nueva York. Un hito que no sólo revelará a Bob Dylan su madera de músico, sino que descubrirá la veta de poeta.

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A través de sus ojos vemos retratado el Nueva York de los años sesenta. Aquí principia la andadura, es una ciudad que se camina y que a cada paso se siente una especie de magia cargada de todas las posibilidades. Dylan nos invita a entrar a las fiestas en la humareda, a compartir los tabacos que duraron hasta el amanecer de su despertar poético, y a revivir sus amores efímeros, bebiendo con las amistades que él consideró como a prueba de fuego.

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Vemos a un Bob Dylan investido bajo la influencia espiritual de Arthur Rimbaud y Jack Kerouac, dos poetas que vivieron en distintos tiempos y que decidieron llevar una vida al borde del camino, dos escritores que servirán como aspiración para terminar de forjar el carácter necesario de un personaje aún más difícil de narrar: el de sí mismo. Y que, paradójicamente, el nacimiento de ese ser ficticio hará un homenaje a otro poeta más, Dylan Thomas, de quien adoptará su primer nombre para ponérselo como apellido paterno, como si al hacerlo nos dijera que este poeta es su verdadero padre y que bautizarse así servirá para deshacerse de todo el pasado familiar y comenzar su presente, esta vez como un músico errabundo que viaja por la vida en el tren de la poesía:

Poco tiempo después, inesperadamente, leí unos poemas de Dylan Thomas. […] La gente siempre me había llamado Robert o Bobby, pero Bobby Dylan me parecía algo cursi y, además, ya estaban Bobby Darin, Bobby Vee, Bobby Rydell, Bobby Neely y muchos otros Bobbies. Bob Dylan sonaba y era mejor que Bob Allyn. La primera vez que me preguntaron mi nombre en Saint Paul, Minneapolis, instintiva y automáticamente solté: «Bob Dylan».

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Así fue como Robert Zimmerman se transfiguró en Bob Dylan, una nueva identidad para liberarse de todo lo que él no era y para abrir todas las posibilidades de lo que podía ser. Al final el premio Nobel no lo recibirá (o rechazará) Robert, sino el personaje de ficción:

“Ahora, tendría que acostumbrarme a que la gente me llamara Bob. Nunca me habían llamado así antes, y me llevó un tiempo darme por aludido cuando lo hacían.”

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Y el nombre en sí será el mismo andamiaje poético que lo guiará a buscarse a sí mismo y a encontrarse con la oportunidad de convertirse en el músico más importante de nuestros tiempos, algo que seguramente el propio Bob Dylan no hubiera imaginado como su destino, pero que podemos saber que ya lo intuía cuando escribió la letra de Like a Rolling Stone:

¿Cómo te sientes?

¡Cómo se siente!

Ir por cuenta propia

sin tener una casa

como una completa

desconocida

como una piedra

rodando.*

(El audio es un fragmento del comienzo del documental de Martin Scorsese: No Direction Home, 2005). *La traducción es mía.

En esa canción, la misma que fue considerada la mejor de la historia del rock, parece decirnos que hay que vivir para escribir y hay que escribir para traer lo vivido a la realidad. Dylan estaba convencido que sólo estando despierto en el viaje podía seguir soñando:

“Las canciones son como sueños que debes luchar por hacer realidad; países ignotos en los que hay que penetrar. Puedes escribir una canción donde sea, en el compartimento de un tren, en un barco, a caballo; el movimiento alimenta la inspiración.”

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“Me sentaba a la mesa, agarraba lápiz y papel y bosquejaba la máquina de escribir, un crucifijo, una rosa, lápices y cuchillos y chinchetas, paquetes de tabaco vacíos. Perdía completamente la noción del tiempo. A veces transcurrían una hora o dos y se me figuraba un minuto.”

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En cada página Dylan nos seduce con su escritura, se va sacando poco a poco los recuerdos como si fueran la ropa, a veces nos encuentra tan cautivados ante su narrativa que decide sacar un cigarrillo para hacer una pausa y comentar de forma incisiva sobre sus lecturas, su escritura y el idilio que cultivaba con la música.

“No estoy muy seguro de cuándo se me ocurrió empezar a componer mis propias canciones. Jamás se me habría ocurrido algo comparable a las letras folk que ya cantaba para expresar mis impresiones sobre el mundo. Supongo que vas entrando poco a poco. No te levantas un buen día y decides que necesitas escribir canciones, sobre todo si ya eres un cantante con un repertorio considerable y cada día aprendes otras nuevas. Siempre se puede presentar una oportunidad de convertir algo que ya existe en algo que aún no había cobrado forma. Eso es quizá el principio. A veces, sólo quieres hacer las cosas a tu manera, averiguar por ti mismo qué hay tras el telón oscuro. No es como si vieras venir las canciones y las invitaras a pasar. No resulta tan fácil. Quieres componer canciones colosales. Quieres hablar sobre las cosas extrañas que te han pasado, que has visto. Tienes que conocer bien algo, comprenderlo, y trascender entonces el lugar común.”

La memoria de sus viajes a otros lugares como Nueva Orleans, Woodstock, Minnesota y el Oeste de Estados Unidos son un vívido recordatorio personal de una época irrepetible. Y muestran a un Bob Dylan fuera de los reflectores, más como el viajero incansable que nació de la necesidad de narrarse, de saberse parte de una ficción literaria auto creada y siempre en movimiento.

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Las Crónicas de Bob Dylan son una ventana directa a la mente del poeta. Su voz es inconfundible, es generosa y comprometida como sus canciones. Sin duda, este libro es una reflexión sobre la vida, pero sobre todo es un ofrenda a las personas y los lugares que moldearon al hombre que encontró que su destino estaba en rodar y rodar como una piedra en el camino.

“Has de jugar con las cartas que la vida te da. Tienes que pugnar para que las cosas encajen.”


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