El año en que te perdí

Por Erika Ramos. Tiempo de lectura 4 minutos.


Samanta se acercó a la tumba y colocó las flores en el viejo florero. Se quedó un rato mirando la cruz; quizá se preguntaba qué había ocurrido luego de los últimos veinticinco años de su vida. Quizá pensaba en las personas que ahí yacían ya sin más opción que la de un sueño profundo. Quizá pensaba en cuándo llegaría su turno.

Al día siguiente, a la tumba llegó Santiago, con un par de ramos frescos y al ver que alguien había estado ahí antes que él, se sorprendió mucho. En su familia nadie iba al panteón por aquellas fechas, navideñas, de fiesta.

—¿Quién pudo haber sido? —se preguntaba mientras mentalmente descartaba uno a uno los miembros de su familia. Ningún hermano suyo, era seguro; sus hijos pasaban las fiestas fuera la ciudad ese año.

Santiago se sentó en la tumba y comenzó a llorar silenciosamente pero con mucho dolor en el alma. Miró al cielo y con un suspiro largo y pesado se reincorporó apoyando la mano en su rodilla, colocó las flores nuevas en el mismo viejo y feo florero.

De repente, Santiago cayó de rodillas y comenzó a rezar, se sentía abrumado y solo. Hacía un año que se había divorciado y sus hijos ya estaban casados. Él había decidido pasar las fiestas decembrinas solo, no quería ver a nadie.

Pasó otro año y el 25 de diciembre, acudió a la tumba de sus padres y de sus abuelos como era tradición. Al llegar vio de nuevo un ramo de flores frescas. Se sentía confundido. Sus hermanos e hijos le afirmaron que nadie había acudido el año pasado.

—¿Quién pudo haber sido?

Pasaron cinco años y la historia se repetía, era 24 de diciembre y Santiago se dijo a sí mismo que esta vez descubriría a la persona que llevaba las flores a la tumba.

Se levantó temprano y caminó hasta el panteón a medio día. Cuando llegó a la tumba, se fijó en que el misterioso visitante no había llegado aún.

Siguió esperando, pero luego de un rato se le ocurrió que era buena idea que nadie lo viera, así que se escondió detrás de otra tumba. Pasó alrededor de una hora y media y entonces vio a una mujer que se acercaba con un ramo de flores. Era Samanta, su ex esposa.

Luego del divorcio, Samanta decidió regresar a la ciudad donde había nacido y Santiago nunca volvió a verla. Sus hijos pocas veces le hablaban de ella salvo para decirle que seguía bien.

Santiago se sorprendió mucho al verla. Había cambiado mucho pero seguía siendo la mujer con la que había compartido su cama por más de 24 años, con la que había mantenido una relación conyugal, con la que había dado vida a sus hijos, con la que discutía al menos 6 días a la semana. Ahora se sentía como un completo desconocido para ella, sin embargo ¿qué hacía ella ahí? La tumba era de sus padres y abuelos, nada tenían que ver con ella; además ¿no se suponía que ella estaba en su cuidad?

Santiago sintió su pecho latir fuertemente, mientras decidía qué debía hacer.

—Samanta —se atrevió por fin.

—¿Santiago? ¡Dios mío! Estoy sorprendida.

—¿Tú? Más sorprendido estoy yo ¿acaso eras tú, Samanta, quién estuvo aquí los otros años?

— Sí, Santiago.

—¿Por qué, Samanta? —dijo él con evidente curiosidad mientras la ansiedad le comía las palabras.

—Perdón, jamás fue mi intención molestar, ya viste que no te esperaba aquí.

—Samanta, por favor, jamás pensé eso.

—Luego de cinco años sin saber de ti más que lo que los muchachos me decían… Veo que ahora sales con alguien. Me alegro ¿eres feliz?

—Honestamente, Samanta, no lo sé, sabes que nunca estuve seguro de cómo se sentía.

—No vine aquí a que me reproches que no logré hacerte feliz, Santiago.

—Samanta, no fue mi intención decir eso…

—Samanta, Samanta, ya deja de decirlo.

—No he tenido la oportunidad de llamarte por tu nombre en cinco años, Samanta.

—No lo necesitabas, no me necesitabas ¿recuerdas? Por eso nos separamos.

—No fue eso, Samanta, lo sabes. Sabes que fue nuestra incapacidad de hablar para resolver nuestros problemas.

—¿Y por qué lo dices ahora?

—Digamos que he tenido mucho tiempo para pensar, Samanta.

—Tengo que volver, mi familia me espera para cenar, si no me voy pronto, perderé el último autobús.

—Samanta ¿por qué hoy? ¿Por qué haces esto?

—De acuerdo. Sé que nunca fui la esposa que querías, incluso cuando lo intenté fracasé. Pero siempre te amé, Santiago. Si vengo cada año aquí a visitar a tus padres y a tus abuelos es porque quiero darles las gracias, por cuidarte, porque yo sé que desde donde están, ellos te cuidan y cuidan a mis hijos y ahora a nuestros nietos. También vengo porque esto me recuerda a los tiempos que perdimos cuando nos separamos. Es por eso que vengo en estas fechas. Hubiera cada 25 pero jamás tuve el valor de toparme contigo ¡y mira!

—Samanta, lo siento. Lamento haber dejado que todo acabara. Yo también te amaba a pesar de todas las veces que te hice pensar que no. No fue fácil, incluso todavía hay días en los que no puedo más, pienso en ti y pienso en qué sería de mí, de nosotros…

—Yo también lo siento, Santiago. Tampoco ha sido fácil para mí pero ya viste, hay que salir adelante. También pienso en ti, más de lo que me gustaría, claro que te extraño, a ti te di lo mejor de mi vida, Santiago, ya no me queda mucho ¿ves? Ya estoy vieja.

—No digas eso, Samanta, sabes que soy más viejo que tú.

—Ya me tengo que ir, Santiago. Se está haciendo tarde y no he puesto ni las flores.

Ambos guardaron silencio mientras Samanta ponía las flores en su sitio. 


Erika Ramos

Estudiante de Didáctica del francés como lengua extranjera en la Universidad de Guadalajara. Escritora por pasión y amor a las letras.

Twitter: @erikaramos_del

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