Hoy llegó el ayer

Por Nancy Hernández García. Tiempo de lectura 5 minutos.


Para Marco Antonio Campos por su generosa amistad.

La poesía es, entre miles de cosas, un bálsamo para el alma. El lector acude a ella en busca de algo —no sabe bien a bien qué, pero busca—  y lo encuentra porque como dice Octavio Paz: eso que busca y halla al leer un poema ya lo llevaba dentro de sí…

Por la amistad que mantengo con el poeta Marco Antonio Campos he tenido el privilegio de conocer también al extraordinario ser humano que es y su generosidad ha aumentado (en tamaño y riqueza) mi biblioteca con sus libros; así, llegó a mis manos De lo poco de vida (2016), poemario publicado en España por la editorial Visor Poesía, en la colección Palabra de Honor, cuyos directores son el poeta Luis García Montero y Jesús García Sánchez. Con estos antecedentes no es de extrañar que el cuidado no únicamente de la edición, sino del libro como tal, como objeto en el mundo, tuviera como resultado una delicada pieza que atrae al lector por su exterior y acaba por seducirlo una vez que lo abre: sobre la portada, en fondo negro, decenas de golondrinas vuelan, chocan unas con otras (de los versos surgirán más aves: palomas, gorriones, más golondrinas)… es posible escuchar el golpeteo de las alas en su vuelo alborotado, mas no caótico. Luego, en el interior aparece un dibujo del poeta: corresponde al Marco Antonio de ahora (atrás ha quedado el joven poeta), con un semblante sereno, la mirada, fijamente perdida en un horizonte de más preguntas que respuestas; el conjunto es de una expresión seria, pensativa, en la que ni siquiera se asoma un esbozo de sonrisa. Quizá el poeta esté haciendo una retrospectiva de su vida.

De lo poco de vida reúne poemas escritos entre 2010 y 2015, es decir, entre los 61 y 66 años de edad del poeta; un otoño desde el que ya se vislumbra el invierno, por eso el tono del poemario resulta firme, enérgico y, por qué no decirlo, también nostálgico pues, en estas palabras está contenida la vida entera de un hombre: asombros, recuerdos, penas, alegrías, paisajes contemplados, afectos ya idos, mas no olvidados, amigos, lecturas, amores… Este libro es una invitación al interior del hombre poeta, a su sensibilidad más profunda; sobre su palma late un corazón que a pesar de los años no ha olvidado, al contrario, tiene más presente que nunca a la mujer amada, la que llegó y nunca se le fue del alma. Su presencia se anuncia pero es efectiva en el poema “En el tren de Rabat a Fez”; ahí, enmarcada en un paisaje que pasa rápidamente frente a los ojos mientras el tren sigue su marcha, una pregunta se clava como flecha:

¿Por qué en el postremo año

vuelven los amores idos

como

hojas

caídas

y marchitan almamente

el corazón que duele?

Esta pregunta, mejor dicho, esta imagen se antepone sobre el paisaje de casas sin forma, con asnos y vacas pastando; el pasado arroja fieramente un recuerdo que aún sangra en la memoria.

Porque así es la vida: no hay oportunidad de ensayar, todo se queda en la primera toma, las decisiones, buenas o malas, caerán por su propio peso en el postremo año, antes no. Y continúa el lamento:

Pero yo quería contarles otra historia

Yo quería contarles de aquella joven

del límite del 81’ y del principio del 82’, con

la que esperé vivir una vida y las siguientes,

y no fue, no fue así

Ah la recuerdo: delgada, lúcida, ligeramente

frívola, de rasgos tan perfectos que mi corazón

ya no vio el mar

Con el vuelo de las abejas la veía venir,

y trístida la sangre repetía

lo que perdí, lo que terriblemente perdí,

porque el ayer, enemigo de sí mismo,

porque el ayer sin mí mismo me hizo

que su olvido fuera lo que no fui

y mis recuerdos lo que no fue

Estos versos son el corazón mismo del poema, están impregnados de la punzante nostalgia de una vida que no fue, de una Venus que emerge de entre las cenizas del recuerdo y que se fuga, se pierde en la memoria y en el paisaje visto en el tren de Rabat a Fez…

La melancolía es la música de fondo, los lugares son tantos: Ciudad de México, Lima, Lisboa, Granada, Tierra Santa, Roma, Bogotá, el mundo entero encapsulado en treinta poemas. El libro ofrece un paseo por el atlas personalísimo de Marco Antonio Campos, que no cesa de preguntarse si de verdad valió la pena consagrarse a la lira y vivir la tranquilidad de las palabras, cambiar la acción por la lectura, más todavía, ¿de verdad llegó a ser el hombre que quiso ser?, ¿hizo todo aquello que quiso, lo que soñó?

“Huyen los ojos” es otro conmovedor poema en el que el poeta hace un sintético recorrido por su vida y se lee un puñado de nombres, lugares, situaciones; empieza en la infancia y termina con una imaginada vida después de la muerte, en la que seguirá viéndolo todo:

[…] la mano fraterna de Juan Gelman

en su despedida, pero ante todo y después, gorrión abajo,

rostros y cuerpos de mujeres que amé, rostros y cuerpos

que mis ojos seguirán viéndolos cuando navegue,

en solitario adiós y solitario siempre,

de la costa mexicana a los mares del sur.

Esta imagen, de las cenizas del poeta viajando por los mares, se enlaza con un poema anterior, “Quien en Granada”, en donde anuncia su última voluntad:

Adiós amigos, nos veremos en la casa

de la niebla porque a la tierra no hay regreso

Mi hermano y mis amigos

lanzarán mis cenizas al Pacífico

e indómito llegaré a todas las costas

El libro se titula De lo poco de vida en un afán de despedida apresurada, porque se cree que ya no hay tiempo para más, sin embargo, aún queda mucha vida, toda la vida que late en estas letras. “¿Valió la pena / la vida?, sí”, dice el poeta, pues el camino andado ya nadie se lo quieta y termina: “Dejo lo escaso bello que yo / hice [poemas, cuentos] y lo escaso bueno que yo di [su amistad y cariño, para nada escasos]”.

Así, De lo poco de vida es un libro importante para la poesía mexicana contemporánea, ya que no sólo es la voz del poeta la que habla, sino también la propia, la nuestra, que desde el interior nos interroga, nos acosa el ¿valió la pena la vida? y no porque estemos en la recta final, no, es más bien una cuestión existencial, un querer saber si vamos en la dirección correcta, si estamos haciendo posibles los sueños de infancia, si nos convertiremos en lo que queríamos ser, es mirarse en un espejo para quizá cambiar el reflejo… Estas preguntas del Hombre encuentran su respuesta —o parte—  en los poemas de Marco Antonio Campos, que más que una despedida o un testamento, resultan una biografía.

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