Ser escritor en Twitter

Por Mensah Demary, traducido por Sagra Madrid H. Tiempo de lectura 9 minutos.


Tengo 1760 seguidores en Twitter mientras escribo este artículo. El otro día, mientras estaba sentado en un grisáceo cubículo dentro del sexto piso de un edificio de oficinas en algún lugar de Manhattan, me di cuenta de que mantengo una estrecha vigilancia a mi cuenta de seguidores, aún más estrecha que al número de personas que han compartido mi último ensayo escrito. Las notificaciones del iPhone suelen ser confiables, pero a veces fallan y no me entero cuándo un nuevo usuario de Twitter ha decidido seguirme, así que entro a la cuenta. Esto sucede muy a menudo, unas cuantas veces al día. Y, en este mismo cubo donde me veo obligado a usar una PC, y no las elegantes y queridas computadoras de Apple que adoro, también me di cuenta de que he usado este conteo de seguidores, esta métrica solitaria, como una clave que indica mi rendimiento como escritor ante mis lectores.

Los números importan a los guardianes del mundo literario. No recibes ofertas de libros y oportunidades emocionantes de escritura sin un seguimiento de lectores que te respalden. O al menos eso es lo que me han dicho, no sé si sea cierto. A pesar de mi insignificante cuenta de seguidores —ni siquiera llega a dos mil—, ésta ha sido buena para mí. Logré un mínimo de micro-seguimiento y un minúsculo número de lectores en consonancia con un escritor en internet. Entonces tiene sentido que mantenga una estrecha atención hacia mi cuenta de seguidores ya que Twitter me ha proporcionado la plataforma necesaria para compartir mi trabajo, crear el público mencionado y conocer a otros escritores y creativos.

Una vez tuiteé a un colega que para mí Twitter era mucho más invaluable para mi carrera de escritor que mudarme a Brooklyn. Después de escribir esto, tomé mi teléfono y miré fijamente el tuit en mi aplicación y me sentí un poco ridículo. Twitter es una herramienta útil, sí —una plataforma necesaria, tal vez— pero “invaluable” parecía muy exagerado. Y lo que esto implica para mí, es que he gastado cantidades excesivas de tiempo en Twitter, y que tal vez estuve investido en las vidas y las palabras de personas que, en su mayor parte, no me he encontrado en la vida real y que quizás nunca llegaré a conocer desconectado. Me sentí culpable y avergonzado.

He estado en línea desde 1998, lo que no quiere decir que crecí con el Internet. Soy un miembro de la última generación que recordará la vida antes del ciberespacio, y con esto viene esa crítica y persistente culpa nacida hace algún tiempo de la percepción —propia del espíritu de la época— sobre los usuarios de Internet: Hombres sudorosos, pálidos y obesos encorvados sobre teclados, sentados en sus sótanos húmedos, buscando una conexión a través de los cables, por así decirlo, pasando el rato en las salas de chat y tablones de anuncios durante toda la noche, conectándose con gente que de alguna manera parezca desmentir su vida anti-social fuera de línea. A pesar de que hemos pasado ya las salas de chat y los tableros de mensajes, ese deseo de comunicarse y de conectarse, permanece. Ahora esas mismas personas que se burlaban de los primeros usuarios de internet tienen perfiles de sitios web, blogs y cuentas de redes sociales. La conexión es una necesidad humana, y el Internet ayuda a templar otro elemento de la condición humana: la soledad.

Twitter, y el Internet en general, no fue creado para los escritores —interesante, ya que si alguien está sudoroso y pálido en un sótano húmedo, picoteando en un teclado en el medio de la noche, es un escritor—. Pero el medio fue hecho para nosotros accidentalmente. Su brevedad nos obliga a elegir cuidadosamente nuestras palabras, una habilidad que debemos adquirir en línea o fuera. Twitter da voz a los escritores que de otro modo se marchitarían y se alejarían a un rincón si se tienen que enfrentar a un gran escenario social, como yo. No importa la distancia geográfica entre los usuarios —el diseño de Twitter se presta para los pequeños mensajes, para el sarcasmo condensado y el ingenio—. Aquellos que luchan con la idea de mezclarse en una fiesta pueden llegar a ser interesantes con 140 caracteres. Es obvio que estoy hablando de mí mismo aquí. Mi ansiedad social proviene de la falta de autoestima, desde un lugar donde me veo a mí mismo como alguien que no hace valer su tiempo.

No es que no pueda llevarme bien con la gente, puedo hacer una charla trivial, por más dolorosa que sea; o, alternativamente, hacer preguntas para que la otra persona pueda hablar mientras hago el cómodo papel de “oyente”. Puedo saludar alegre, dar palmaditas en la espalda, sonreír para conseguir una sonrisa aprobatoria. Puedo ser un zombi social actuando con el manual de instrucciones; la televisión y mi familia me criaron bien. La conexión, sin embargo, siempre ha sido mi problema. A veces tengo que recordarme a mí mismo que soy escritor, lo que significa que necesito hacer el trabajo.

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A menudo pienso en mis escritores favoritos, mis héroes literarios, y cuáles serían sus impresiones, si estuvieran vivos hoy, sobre Twitter y los medios sociales en general. Octavia Butler era conocida como una ermitaña por elección propia, pero me pregunto si la distancia física que el internet ofrece —millas, países y océanos entre ella y otros usuarios— le hubiera permitido involucrarse con las personas a través de las redes sociales de una manera que no podía, o simplemente no lo haría, en la vida real.

Leyendo las “Conversaciones con Octavia Butler”, me di cuenta de que sí, ella era una escritora dotada, y sí, a veces daba respuestas enlatadas a los entrevistadores, pero sus ideas sobre la literatura —específicamente sobre la ciencia ficción y su intersección con la raza y el género— inspiraron a tantos escritores —incluyéndome a mí— para considerar la conexión entre el arte y la política, el arte y el medio ambiente, el arte y el futuro de nuestra sociedad y nuestra misma humanidad. De hecho, los escritores toman las redes sociales y dan origen a estas ideas y conexiones, encontrando a otras personas con quienes conversar y debatir en el proceso. Cómo anhelaría escuchar la voz de Octavia Butler en 140 caracteres, tal vez una tuitera literaria podría usar su voz.

Butler era más que una escritora pragmática, era una soñadora con fundamentos y una libre pensadora con la mente de un investigador. «Primero olvida la inspiración», escribió en “Furor Scribendi”, incluida en su única colección Bloodchild and Other Stories. «El hábito es más confiable. El hábito te mantendrá si estás inspirado o no. El hábito te ayudará a terminar y pulir tus historias, la inspiración no. El hábito es persistir en la práctica». Para Butler, el trabajo importaba más que otra cosa: el acto de sentarse y escribir, o sentarse y no escribir; no importaba, siempre y cuando se hiciera el intento. Estos son los recordatorios que un tuitero literario necesita escuchar de vez en cuando.

Aunque la creencia común de las redes sociales es que estos diversos medios dan voz a los que no tienen voz, pero la creencia más precisa específica de un tuitero literario— es que estos sitios dan voz al diálogo interno, a nuestras inseguridades más profundas. Leer una cuenta de Twitter literaria es presenciar tersos y breves vislumbres de la psique en forma escrita, y lo inciertos e inseguros de piel fina que tendemos a ser. Como escritores queremos ser validados. Queremos importar. Las historias, poemas y ensayos publicados, los libros que vendemos, las revistas que editamos, toda esta producción, este papel expulsado al mundo, las pantallas que invadimos con nuestras narraciones, todo nos importa. Pero ¿es importante para todos los demás?

Se supone que los escritores deben lograr extenderse, salir al mundo. Nos ganamos a los lectores; no atienden y no necesitan preocuparse por nuestras inseguridades. No les importa nuestra maestría o diplomado en escritura creativa, ni nuestra falta de estudios, o si esos títulos están ayudando o estropeando la literatura moderna. No les importan los grados. Los lectores no se preocupan por los elementos del oficio de la escritura. Lo que se discute a menudo dentro de un Twitter literario son los deseos y las maquinaciones de los escritores, y no los deseos de los lectores que, presumiblemente, no desean escribir, y no han escrito mucho fuera de los correos electrónicos desde la universidad, y están contentos con su vida de no-escritores. Pero son ávidos lectores, hambrientos de nuevos libros, nuevas voces, de conexión.

La escritura creativa —por falta de una frase mejor— no es glamorosa. No está parcialmente definida por la tecnología como la fotografía, no importa cuántas veces tratemos con aplicaciones que “facilitan” el trabajo. Tienes que sentar el culo y escribir. Escribir, en otras palabras, no es un trabajo sexy como para hacerse una selfie (no importa lo duro que intentemos a través de Photo Booth en nuestra MacBook). Sin embargo es un trabajo, por lo que a menudo tuiteamos sobre él: cuántas palabras hemos escrito hoy, cuántos capítulos quedan por revisar, cuántos rechazos se acumulan en nuestras bandejas de entrada. Y con ello entender que no estás loco, que hay miles de otras personas que también se obsesionan con las palabras y con su lugar dentro de la página, y que cuentas con la posibilidad de expresar tus ideas; todo eso no tiene precio.

Más parecido al intercambio de libros, Twitter es un mercado literario y no tanto una tienda —no importa cuántos mensajes directos recibe uno de escritores con enlaces a sus páginas de Amazon— es más una biblioteca intangible. No puedes darme un libro físico a través de Twitter, pero puedes contarme acerca de un libro que estás leyendo, escrito por un autor muerto desde hace más de una década, y puedes tomar una foto del libro, y yo puedo ver la foto y buscar al autor y, por casualidad, escuchar un reportaje en las noticias, un reportaje que tal vez no esté relacionado con el libro que estás leyendo, pero que me hace sentir, como a menudo sucede con los libros, que las estrellas están alineadas. Compro el libro, lo leo, tuiteo sobre él mientras lo estoy leyendo. Tú y yo tenemos conversaciones sobre el libro, sobre el escritor. Ahora soy un fan del autor, del libro, y con esta conexión, encuentro que tengo otros intereses comunes contigo: música, películas, quizás hasta metas afines de la carrera. Con el tiempo nos convertimos en amigos. Amigos reales, fuera de línea. Nos encontramos en otros sentidos significativos, empezamos juntos proyectos literarios, lanzamos una serie de lecturas en Brooklyn, nos inspiramos para hacer el trabajo.

Aunque a los lectores no les interesa que dos escritores se reúnan en Twitter y se conviertan en amigos desconectados, esta conexión, que ocurrió en absoluto, es para el mayor bien de la literatura. No hagas caso de las disputas antes mencionadas sobre las maestrías y diplomados de escritura creativa  y encontrarás escritores conectados en red y movilizados intentando adelantar el cambio en una industria que, durante demasiado tiempo, empujó a algunos escritores a la marginación.

Como los escritores negros relegados a la sección “afro-americana” en algún rincón escondido de las librerías, que sin un puñado de nosotros que no amenazan el estatus quo, se encuentran entre ellos en Twitter; fantasía, ciencia ficción y otros llamados escritores de “géneros”, ignorados (y a menudo hurtados) por otros autores más “literarios”, se encuentran en Twitter; escritoras que se encuentran en Twitter y exigen que los críticos escriban sobre sus libros sin mencionar su belleza o su maternidad, exigen que los editores sean responsables de la abrumadora cantidad de hombres publicados en revistas, por no hablar de los titulares llenos de hombres que leen hombres y escriben sobre hombres con el carácter de ocasionalmente utilizar a una mujer como un dispositivo de trama y accesorio sexual.

Si una cuenta de Twitter literario no ha hecho nada más, si no hay otro valor en el medio para los escritores, editores y editoriales, si no ha fomentado conversaciones difíciles públicamente a través de los diferentes paisajes literarios una vez más segmentados e incluso segregados, entonces sigue siendo mezquino hablar acerca de quién sigue a quién y quién publica a quién, y qué escritores han verificado sus cuentas de Twitter, y cuáles llegan a ser los hermosos elegidos dentro de las camarillas y círculos internos; pero esto es esperado y no del todo sorprendente.

Los escritores somos mezquinos. Los excesivos artificios que usamos para ocultar esa mezquindad vacilan cuando necesitamos validación y cuando sentimos que no la recibimos. Por mi parte, intento permanecer por encima de la batalla. Entro a Twitter la mayoría de los días para tuitear sobre libros, mi trabajo, iPhones, el último álbum que descubrí en Spotify y la completa inanidad al azar con imágenes ridículas encontradas en línea. Desafortunadamente estoy atrapado, pero incluso eso está bien. Voy a entretenerme con la discusión sobre el valor de una maestría de escritura creativa e incluso voy a entrar en un discurso multi-tweet sobre la naturaleza competitiva de los escritores, sobre cómo he llegado a celar las oportunidades que han ganado mis amigos escritores. Y todo eso está bien porque en algún momento, tengo que cerrar la sesión, dejar todo atrás y reanudar el trabajo. Tengo 1.812 seguidores y unas cuantas páginas que escribir antes de dormir.

  1. Maria Loreto

    Excelente. Me ha gustado muchísimo. Casi no tengo palabras. Solo puedo decir que estaré por acá con mucha frecuencia!.

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