Después de la crisis

Foto: Iguana marina, de Sebastião Salgado. Tiempo de lectura 1 minuto.


 Conflicto y crisis

Por Pedro Lucero Lopez


Que el nombre no lo engañe. No se trata de una crisis propia que se presume para inspirar lástima o vindicación, sino de un mal que afecta a hombres y mujeres —en misma medida, pero no siempre por las mismas razones— después de una época de oro. Escribir de ello no indica triunfo al ver la catástrofe existencial por el retrovisor empañado de pequeños respiros de una madurez intermitente; nada más lejos de la realidad.  Entiéndase por “conflicto” toda oposición, consciente o no, a la idea de claudicar ante la aberrante y atrayente comodidad serena del punto medio de nuestras vidas, del adulto promedio, de la vida en función de terceros: el aburrimiento de esperar el final entre nóminas e hipotecas, entre pañales y colegiaturas.   

Se intenta pues, llenar este bizarro espacio intangible de líneas agriamente sinceras que, más que un grito desesperado de auxilio o de guerra, representen lo mismo que una cortada en cruz después del filoso beso de un reptil rastrero: una vía para drenar la ponzoña, un salida forzosa y forzada del veneno que amenaza a la vida de una generación entera de potencial estático pero volátil y de un ímpetu entibiado pero eterno. 

Serán los textos en esta columna, un espejo en el cual una generación entera ha de encontrar el reflejo propio, extrayendo de esa manera el falso y perturbante carácter de individualidad que le adjudicamos a una crisis existencial que mantiene nuestras vidas en un estado de perpetua y amarga pausa. Sólo reconociendo la colectividad y paralelismo que ensombrece al alma después del primer cuarto de siglo podremos sopesarle, si bien no por un sentido de hermandad y cooperación casi siempre irrealizable, por la tranquilidad de asimilarle como una etapa que, al igual que la existencia misma, un día habrá de culminar para dar paso a otra.

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