Empezar con la maleta

Por Danila Bragagnini. Tiempo de lectura 4 minutos.


Ya las horas se organizaban en torno a la intrusa. Las visitas también. Como ya no quería acercarse tanto, Luisa se había replegado hasta el pasillo y la admiraba desde una banqueta destartalada. “Qué maravilla”, pensó, “ese poder de objeto emancipado, instaladísimo”. La maleta, abierta sobre su espalda, descansaba sobre la baldosa neurálgica de la sala. Junto a ella estaban dispersos los libros, que ya habían colonizado la mesa ratona de café y le hacían frente a otras obras autóctonas, las antiguas inquilinas del salón. Ya había pasado una semana. Una semana con libros de autoayuda en la casa, qué servilismo. Y pensar que todos los visitantes estaban sometidos a los vejámenes de ese género plebeyo.

La había encontrado en una calle de La Candelaria. La notó por primera vez en la esquina de Fossa y Moyano, erguida sobre su plástico, la piel de nylon colorado, las cremalleras bien groseras. Ni de cuero se dignó a aparecer. Luisa retomó la marcha, pero la vio de nuevo dos calles más arriba, más inestable en el margen de una acequia enlodada. Era la misma maleta, la misma que apareció a las tres cuadras unos instantes después, esta vez tumbada sobre el lomo y con la vista en alto. Luisa recordó esas callejuelas de las ciudades medievales y pensó en como todas, a pesar de su madeja, rematan siempre en alguna iglesia sin importar la dirección de la marcha. Las calles de La Candelaria se cimentaban sobre una cuadrícula magnífica, bajo la férrea autoridad de la simetría; y sin embargo ahí estaba. Obligatoria y en alerta. Igual que las iglesias. Se le ocurrió que esa tercera reunión parecía un augurio y le bajó la cremallera.

Todos los libros que tenía dentro eran de autoayuda, excepto dos novelas de Isabel Allende y un poemario escrito a máquina de Mario Benedetti. Eso no alivió la sentencia, pero a Luisa se le partió el diagnóstico. ¿Se podía dejar en la calle una maleta llena de libros, a la intemperie, incluso si se le rebasaban naderías? Había empezado a llover. En verano las gotas eran como perdigones, cuya proyección era potente y directa al torso del bulto. El nylon ya mostraba las secuelas del bochorno de medio día. La arrastró hasta la casa y, antes del entrar al edificio, miró hacia los lados.

Sintió que se desplomaba hasta el subsuelo del discernimiento. A las cuatro, la comunidad académica del departamento de Letras de la Belgrano ya era audiencia en la sala. Querían confirmar las habladurías. Nadie se preguntó si tenía dueño porque una maleta en la calle llena de libros de autoayuda claramente implicaba un abandono. Manosearon las contratapas, se torcieron de risa y hasta hicieron una ronda de lectura. El doctor en Antropología, inadvertido en una esquina del salón, estaba recién divorciado. Prefirió mordisquear el pellejo de su índice antes que acercarse al barullo. Desde lejos distinguía la portada de un libro de Laura Montiel, y ya había leído por un desliz del azar (diría) una breve reseña. Se había sentido fastidiosamente identificado. 

La velada transcurrió cual libreto: la síntesis de un reguero de whisky y condenas. Alguien, acaso víctima de los vapores del alcohol, confesó conocer a un autor del cúmulo de libracos y el antropólogo, insubordinado, tomó el ejemplar de Montiel y salió del piso sin mediar excusa. Desde los primeros peldaños de la escalera de salida sólo alcanzó a escuchar, entre risas, la acusación de primitivo. Fue la imputación más ligera.

En las tardes siguientes los visitantes fueron aumentando, a favor de un pronóstico evidente. Ahora había gente de otras facultades que venían a constituir un plenario interdisciplinar de injuria a la autoayuda. Estaban entretenidos, vergonzosamente entretenidos. A la semana, muchos de los libros ya habían evacuado la maleta y pernoctaban en los muebles de la sala, para consulta popular de los invitados. Alguien se atrevió a armar un recorrido, una guía de lectura desde lo más rudimentario hasta los textos que acariciaban el margen de lo admisible. Ninguno lo cruzó, jamás. Hasta algunos días más tarde.

Fue durante la octava jornada de ese congreso tan excéntrico como presumible que alguien acotó (sólo como nota decorativa) que la premisa del libro de Rosario Montoya, una obra que divagaba sobre las relaciones amorosas volátiles de la época, tenía mucho que ver con la teoría de Baudrillard, esa que dice que en la moda postmoderna los signos son libres, permutan sin límites. Algunos asintieron, por puro protocolo. Uno de ellos perplejo y convencido. Y alguien, al otro lado del salón, dijo que le parecía que ese libro de Raúl Toranzo, todavía en la maleta, incitaba al lector a no perder la esperanza de la misma forma en la que Borges dijo “el camino es fatal como la flecha, pero en las grietas está Dios que acecha”. Menos cabezas asintieron. Luisa dijo, entonces, que tal vez el envoltorio importa tres cuernos: la esencia es la soberana. No anticipó la vergüenza. Nadie más habló, porque se cruzó el límite. Se acercaban peligrosamente a otorgarle un beneplácito a esa alimaña. Esa tarde ninguno confesó sentirse levemente atraído hacia el refugio hedonista del lugar común. Era una prohibición congénita. Criticar argumentos deficientes era un imposición de su linaje intelectual, claro que nadie en esa sala lo sentía de esa forma. La autonomía del hombre culto es sólo un simulacro.

Las dos semanas se sintieron como un largo aliento. Luisa recibió la llamada un martes, le avisaron que el alboroto había provocado un pico en las ventas de algunos de los títulos más famosos, sobre todo en la librería que estaba sobre la costa y en la cadena que había abierto junto al monumento a la bandera. Alguien le agradeció del otro lado del tubo. Qué capacidad más maravillosa había desarrollado, podía detestarse y sentirse orgullosa al mismo tiempo. Se acercó al hatajo de libros desperdigados y los admiró por su pedagogía militante. Su criterio se volvía a cada instante más débil y proteico, pero ansiaba una expiación a ese esnobismo que había practicado con tanto ímpetu, durante tantos años, todo para ganarse un laurel anodino en una universidad de pueblo. Se agitó en cólera, escogió con cuidado cada ejemplar y les palpó el lomo como quien concede una visa. Encastró cada uno en los espacios libres de la estantería. Ya tendría tiempo de leerlos todos. Gobernada por una bestia ajena, llenó los huecos de la biblioteca y también los de la conciencia.

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