Edmundo Dantés, héroe romántico

Por Nancy Hernández García. Tiempo de lectura 8 minutos.


Para Yussif…

“Amar es entre todos los sentimientos del alma el que más

se parece a la eternidad, el que más nos acerca a ella.”

José Vasconcelos

Alexandre Dumas es autor de una vasta obra, pero, indudablemente, El conde de Montecristo es su novela más célebre, un clásico de la literatura universal por varios motivos: el estilo narrativo, la trama y la temática. En esta novela Dumas va más allá de contar una historia y empuja al lector a observar su entorno, a cuestionarlo y a criticarlo severamente sin perder la objetividad, se trata, pues, de la crítica inteligente, no visceral.

Publicada en 1845, El conde de Montecristo pertenece al romanticismo; varios rasgos de esta corriente estética se presentan a lo largo de las páginas, por ejemplo: el exotismo, que se convierte en excentricidad con la opulencia de que el conde hace gala; el sueño y la fantasía, que aquí son producto del hachís; el Yo al que el narrador nos remite es un ser atormentado y orgulloso que se mantiene a flote sólo por su fe en Dios. Sin embargo, Dumas también se permite el humor como forma de crítica social, lo que refleja su intelecto (demostrado a través del narrador). Quizá la característica más distintiva del romanticismo sea el predominio del sentimiento sobre la razón, no obstante, en esta novela Dumas los coloca a la misma altura, es decir, el daño que el protagonista busca reparar tiene su origen en el amor que siente por Mercedes pero, para lograr su venganza hace uso del intelecto y de sus recursos pecuniarios. Es un juego de ajedrez en el que Edmundo Dantés, conde de Montecristo, mueve las piezas según le convenga. Sí, es una manera fantástica de hacerse justicia.

El destino del joven marinero Edmundo Dantés cambia drásticamente arrebatándole las ilusiones y los planes que tenía para su futuro inmediato. Se convierte en una víctima más de la maldad de los hombres; los celos, la envidia y el egoísmo son los principales causantes de su desgracia. Dumas nos presenta a Dantés como un hombre excepcional: amoroso hijo, empleado (marinero) leal y honrado, candidato a un ascenso, amigo sincero y amante respetuoso. Sin duda, un hombre como pocos. Pero la rueda de la fortuna se invierte y Edmundo es encarcelado durante catorce largos años en los que, por más que reflexionó sobre sus actos, no encontró nada que mereciera tal condena.

Víctima no sólo de los hombres sino también de sus propios demonios, el joven pasa todo ese tiempo pensando en el motivo de su encarcelamiento, sumido en la desesperación y con la incertidumbre de no saber qué había sido de su anciano padre y de su amada Mercedes. Abatido por estos oscuros sentimientos, decide que lo mejor será terminar con su vida; al fin que ya no existía en el «mundo de los hombres». Sin embargo, su fe en Dios le ayuda a encontrar la luz en el camino, encarnada en el abate Faria a quien todos creían loco.

El recuerdo, pero sobre todo la esperanza de reencontrarse con su padre y con Mercedes, lo impulsan a salir adelante. La amistad de Faria será decisiva para que Dantés no cometa el horrible pecado de atentar contra su propia vida y es el abate quien, además de servirle de compañía, lo instruye en todas las áreas del conocimiento y lo hace heredero de la incalculable fortuna que ninguno de los carceleros aceptó del desquiciado. De modo que Edmundo encarna el saber y el poder. Y así, con estas dos poderosas armas regresa al mundo de los vivos para vengar la terrible injusticia a la que fue sometido por los intereses de otros.

Una vez libre va en busca de lo que cree suyo mas ¡oh, mundo miserable!, su padre ya había muerto esperando al hijo arrancado injustamente de su lado y Mercedes, la bella catalana que estuvo a punto de jurarle amor eterno, ahora era esposa de su rival. El cautiverio, la soledad y el choque con la realidad terminan por endurecer su antes noble corazón: «Si el corazón padece es porque, dilatado en demasía al fuego de la esperanza, entra a ver cara a cara el hielo de la realidad». Ya no siente amor por la humanidad, ahora sólo puede albergar rencor por aquellos que torcieron su camino. No obstante, no deja de creer en Dios y en su divina justicia, así que espera muchos años más para fraguar su venganza.

«Confiar y esperar», palabras con las que termina la novela, son las que rigen los actos de Dantés. Sin embargo, no le deja todo el trabajo a Dios sino que él también echa mano de sus propios recursos intelectuales y monetarios. El dolor por la muerte de su amado padre, producto de la inanición; el despecho por la traición, circunstancial, de Mercedes y el hambre de saber por qué estuvo preso, lo obligan a actuar de un modo peculiar, excéntrico. Dueño del mundo, comienza a comprar las pruebas de su inocencia, se inserta en un círculo vicioso (o alta sociedad) en el que reinan la corrupción y el egoísmo, el bien propio antes que la justicia. Poseedor de muchos conocimientos y de una gran inteligencia, trama, calcula cada paso antes de darlo y sus consecuencias. Adquiere varias personalidades, entre ellas la de “conde de Montecristo”, que  ayudarán a su causa, pero también las usa para redituar los favores recibidos por aquellos que sí eran sus amigos; este rasgo es una suerte de encarnación de la justicia, es decir, le da a cada uno lo que le corresponde: la buenaventura a los Morrel y el castigo a Danglars, Morcef y Villefort.

A pesar del tiempo transcurrido, la voz de Mercedes seguía siendo música para sus oídos, aún había entre ellos cenizas que se negaban a apagarse completamente. Ambos se reconocen al volverse a ver pero su tiempo de ser felices ya había pasado. El único hombre que ahora ocupaba el corazón de Mercedes era Alberto de Morcef, su hijo. Por su parte, Montecristo se negaba la felicidad a sí mismo. No obstante, ella lo perseguía vestida de Haydée, una bella esclava griega que compró para convertirla en reina de sus palacios. La joven albergó su amor, lealtad y respeto para Montecristo, el hombre más importante y amado para ella después de su padre.

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver y en el caso de Dantés la sentencia se cumple a cabalidad pues, decepcionado por la traición de Mercedes, se niega a volver a amar; Haydée sólo puede esperar de él amor paterno, protección y riqueza; «¡Cuántas veces pasamos del mismo modo junto a la felicidad, sin verla, sin mirarla o sin reconocerla, si la vemos o la miramos!» y el conde la tenía en su casa. La hermosa joven se rehúsa a aceptar lo que Dantés le ofrece así que con  paciencia, comprensión y amor, finalmente logra su objetivo: conquistar el amor de Edmundo Dantés, conde de Montecristo. El círculo se completa en esta pareja, ya que ambos se habrían salvado el uno al otro: Dantés a Haydée al rescatarla de la verdadera esclavitud y ella a él al amarlo. De modo que el amor se conquista con amor, como amor con amor se paga. Esto incrementa aún más la confianza de Dantés en Dios, puesto que al tener una segunda oportunidad para amar, sabe que Dios no lo olvidó y le perdona la venganza:

El conde tembló a los acentos de esta voz que hizo vibrar hasta las fibras más secretas de su corazón. Sus ojos se encontraron con los de la joven y no pudieron resistir su resplandor.

―¡Dios mío! ¡Dios mío! ―dijo―, ¿será verdad lo que me habíais dejado sospechar? Haydée, ¿serías dichosa en no abandonarme?

―Soy joven ―respondió con dulzura―; amo la vida que me ha hecho siempre venturosa, y sentiría morir.

―Lo cual quiere decir que si yo te dejo, Haydée…

―¡Moriré, señor, sí!

―¿Conque me amas?

―¡Oh, Valentina, pregunta si le amo! ¡Valentina, dile tú si amas a Maximiliano!

Montecristo sintió desahogado el pecho y dilatado el corazón. Abrió los brazos. Haydée se lanzó en ellos dando un grito.

―¡Oh, sí, te amo ―dijo―, te amo como se ama a un padre, a un hermano, a un esposo! ¡Te amo como se ama a Dios, porque eres para mí el más bello, el mejor y el más grande de los seres creados!

―¡Sea como tú quieres, ángel querido! ―dijo el conde―, Dios, que me levantó contra enemigos y me dio la victoria; Dios, lo veo bien, no quiere que sea el arrepentimiento el término de mis triunfos. Yo quería castigarme; Dios quiere perdonarme. Ama pues, ¡Haydée! ¿Quién sabe? Tu amor acaso logre hacerme olvidar lo que es necesario que olvide.

―¿Y qué dices tú, señor? ―preguntó la joven.

―Digo que una palabra tuya, Haydée, me ha enseñado más que veinte años de lenta experiencia. ¡No tengo más que a ti en el mundo, Haydée; por ti vuelvo a la vida, por ti puedo sufrir, por ti puedo ser dichoso!

Esta última escena de la pareja pone de manifiesto que el amor siempre vencerá al odio, por más cursi que uno lo crea. En la eterna lucha del bien contra el mal, siempre aquél saldrá victorioso porque, como dice Carlitos en Las batallas en el desierto: «el amor está bien, lo único demoniaco es el odio».

Luego de cumplir con su venganza, Montecristo se resigna a compartir su destino con Haydée. La dicha se derrama en él; no sucede lo mismo ni nada parecido con Mercedes, quien al contrario de Dantés, envejece prematuramente a causa de saberse la razón de la desgracia de su amado Edmundo:

Me habéis perdonado, y sin embargo, de todos aquellos a quienes habéis herido, yo era la más culpable. Todos los demás han obrado por odio, por codicia, por egoísmo; yo, por maldad. Ellos deseaban, yo he tenido miedo. No, no estrechéis mi mano, Edmundo; meditáis alguna palabra afectuosa, lo siento, no la digáis, guardadla para otra, ¡yo no soy digna, yo…! Mirad ―descubrió de repente su rostro―, ved, la desgracia ha puesto mis cabellos grises. Mis ojos han vertido tantas lágrimas que están rodeados de venas violáceas, mi frente se arruga. Vos, por el contrario, Edmundo, vos sois siempre joven, siempre hermoso, siempre altivo. Es que habéis tenido fe, es que habéis tenido fuerza, es que habéis descansado en Dios, y Dios os ha sostenido. Yo he sido malvada; he renegado, Dios me ha abandonado y he aquí el resultado.

Mercedes al igual que Morcef, Danglars y Villefort recibieron el castigo justo por sus malos actos: la deshonra cayó sobre la reputación de Fernando de Morcef y, motivado por la indiferencia de Mercedes y de su propio hijo, se suicida; Danglars gasta su fortuna en comida una vez que cae en manos de una banda de delincuentes, además de que también se queda sin hija, pues ésta huye con su maestra de música, y Villefort enloquece después de que su prestigio como procurador del rey se viene abajo cuando su hijo bastardo le informa de su paternidad, su esposa se suicida y asesina a Eduardo, su propio hijo, obligada por él, al descubrir que envenenaba a Valentina para que su hijo heredara la riqueza de su hermana. Todos aquellos que obraron de manera equivocada, por la razón que fuera, no tuvieron absolución; pagaron a un alto costo sus errores.

El deseo por averiguar el crimen de Edmundo Dantés obliga al lector a devorar la novela para finalmente descubrir que nunca hubo tal; sólo se enamoró. Con El conde de Montecristo, Alexandre Dumas nos enfrenta a un absurdo que es compartido por miles de personas; nos hace reflexionar sobre nuestro entorno, la corrupción, la avaricia y la manera equivocada en la que, al parecer, siempre ha funcionado el gobierno. Pero también transmite un mensaje positivo: a pesar de que la suerte cambie en un instante, siempre habrá esperanza, alguien que nos ayude. Y aunque para algunos el amor sea un crimen o «una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio», la balanza siempre se inclinará hacia él; será posible distinguir aun en la oscuridad.

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