Mirándome a mí misma

Por Nancy Hernández García. Tiempo de lectura 5 minutos.


“La presencia femenina es la mitad del mundo,

el lugar donde el hombre toca la tierra,

la intensidad, la realidad.”

Homero Aridjis

Dicen que el teatro no se lee, se ve, y es una verdad a medias, pues, efectivamente el teatro fue concebido para ser representado, sin embargo, cuando la historia es buena, lo mismo puede verse que leerse. Es el caso de la obra de Elena Garro, extraordinaria narradora y dramaturga, que inició su carrera literaria desde muy joven como integrante del movimiento escénico Poesía en Voz Alta, surgido en 1956, patrocinado por la Dirección de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México y dirigido inicialmente por Octavio Paz y Juan José Arreola, al que luego se sumarían, entre otros, José de la Colina, Sergio Fernández, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Juan José Gurrola, María Luisa Mendoza, José Emilio Pacheco y Alfonso Reyes, además de Juan Soriano y Leonora Carrington como escenógrafos.

Poesía en Voz Alta es un grupo muy importante en la cultura mexicana porque por primera vez los escritores se organizan en torno al teatro, actividad que, al decir de Juan García Ponce, entienden “no como una superposición de varios elementos independientes […], sino como una unidad”. Al principio buscaron escenificar la poesía pero con el paso del tiempo el resultado fue mejor pues fusionando tradición y vanguardia lograron que el teatro fuera un espectáculo que también permitía el goce estético. Lamentablemente el grupo se disolvió en 1963.

Con lo aprendido en Poesía en Voz Alta y su innegable talento, Elena Garro escribió una sólida obra teatral de la que destaco La señora en su balcón, extraordinaria pieza en la que con pocos personajes y una situación sencilla invita a una reflexión sobre lo femenino.

¿Qué es ser mujer? Esa es la pregunta que deja la lectura de esta pieza, mayormente narrada, por momentos pareciera un monólogo de Clara, la protagonista que se desdobla en 4, cada desdoblamiento corresponde a una etapa de la vida: infancia (Clara de 8 años), juventud (Clara de 20 años), madurez (Clara de 40 años) y vejez (Clara de 50 años). Gracias a esta fragmentación podemos seguirla durante su vida y entender su suicidio, ya que a pesar de su lucha por ser, al final quedó atrapada en las convenciones y la muerte es la única manera en la que se escapa a la libertad.

Con pocos elementos (las didascalias señalan escenas casi vacías pero enfatizan la actuación y una atmósfera melancólica casi lúgubre) y más bien enfocada en el argumento, La señora en su balcón es una obra en la que se cuestionan la formación y la educación sentimental dada a las mujeres; cómo la sociedad, terriblemente machista, va coartando la libertad, no sólo de pensamiento sino también de imaginación, desde la infancia y forma niñas “como deben ser” y no como quieran ser. Así, la Clara anciana hace la retrospectiva de su vida para llegar al momento en el que se perdió a sí misma y se convirtió en la “mujer vieja, de pelo gris y cara melancólica” que mira al vacío desde su balcón:

Clara. —¿Cuál fue el día, cuál la Clara, que me dejó sentada en este balcón, mirándome a mí misma?… Hubo un tiempo en que corrí por el mundo, cuando era plano y hermoso. Pero los compases, las leyes y los hombres lo volvieron redondo y empezó a girar sobre sí mismo, como un loco.

En el recorrido por su vida Clara descubre que desde la infancia empezaron a cortarle las alas; el Profesor García no le enseñaba, le repetía lo que había aprendido y aceptado sin, por lo tanto, su presencia es el inicio de una serie de convenciones que ella debe aceptar porque así son las cosas, no hay más. El diálogo entre la niña y el profesor es muy interesante: la niña Clara no se convence de lo que el profesor da por hecho, ella pregunta el porqué de todo e imagina mundos posibles… pero esta mente curiosa es cortada tajantemente:

Profesor García.  —¡Niña! ¡Niña! ¡Niñaaaaa! (Recogiendo su pizarrón.) ¡La imaginación es la enfermedad de los débiles!

Así, el Profesor García no es un símbolo de la enseñanza (porque no enseña, repite), está muy lejos de ser un guía para esta mente hambrienta de conocimiento y de imaginación desbordada; es un obstáculo, un muro infranqueable, no tiende el puente necesario para que la enseñanza florezca. Tampoco es fortuito que se sea el primer hombre en querer entorpecer el camino de Clara, más adelante habrá otros dos.

El salto a la juventud no es más alentador: Andrés, el joven del que Clara se enamora, tampoco resulta ser lo que ella necesita y quiere para realizarse como mujer pues, el amor que él le ofrece incluye la aprobación de su madre, una casa con hijos y la monotonía de una vida en la que ella no tiene oportunidad de ser. Este noviazgo comienza a desencantarla del amor, ya que en ese aspecto tampoco encontrará el modo de conocer Nínive, el mundo que imaginó en su infancia y, para ella, símbolo de libertad. Andrés le ofrece un anillo, que no sólo es significa su amor y compromiso, sino también una prisión: dentro de él está una monótona vida familiar y las cosas serán como tienen que ser.

Luego, la Clara de 40 años aún no se resigna y lucha por mantener viva su imaginación: canta y baila mientras realiza las labores domésticas, sigue creando otros mundos y al mismo tiempo trata de contagiar a Julio, su marido, de que aún es posible llegar a Nínive y correr libres como ríos… sin embargo Julio ya está harto de la rutina, de hacer todo igual, se ha olvidado de Nínive. Clara lo deja y cree que es un escape que la llevará a Nínive, a la libertad que siempre ha buscado pero no es así: llega a un balcón en el que se contempla a sí misma.

La señora en su balcón toca fibras de la psique femenina porque apela a esta sensibilidad, a preguntarnos a nosotras mismas si estamos haciendo lo que siempre quisimos, lo que soñamos de niñas… nos dice que el mundo no cabe en un círculo y existen otras posibilidades, otros lugares y las mujeres también tenemos libertad e imaginación.

Quizá por haber sido escrita por una mujer (y qué mujer, nada más y nada menos que), Elena Garro, cuya biografía revela pasajes por los cuales se podría establecer un paralelismo entre ella y su personaje Clara —puesto que Elena también fue una mujer soñadora, excesivamente imaginativa que siempre reafirmó su libertad—, es que la lectura despierta la empatía femenina y provoca una profunda reflexión sobre lo que es ser mujer, sin ser una obra propiamente feminista —o feminista radical—, aunque se ocupe de este asunto. La mirada no es superficial, llega hasta el existencialismo: la vida per se no tiene sentido, hay que dárselo y en esta búsqueda del sentido una debe ser lo más fiel posible y dejar de lado tabúes, convenciones, miedos y, lo más importante, despojarnos de la educación sentimental que nos han dado porque ser mujer no garantiza un “vivieron felices para siempre” y ni un príncipe azul… hay que ir más allá, correr como los ríos y disfrutar ser mujer: el rol femenino es un abanico de posibilidades.

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