La de los 40

Columna | Después de la crisis | Por Pedro Lucero Lopez.

Tiempo de lectura 7 minutos.


“Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años“.

José Emilio Pacheco


Mientras estamos creciendo y gracias a la informal pero efectiva educación que la televisión y la cultura pop nos dan, constantemente escuchamos hablar de la crisis de los cuarenta. Especialmente de boca de aquellos que se sienten próximos a ella y tiemblan impávidos ante la que piensan será su inevitable llegada. Como es de esperarse, los que ya se encuentran en la tan temida cuarta década, independiente de género y estatus, se ven regidos por un común denominador: ninguno de ellos parece ser capaz de aceptarlo. Mucho menos asimilarlo en cabal resignación.

Los hombres, casi inmediatamente después de pegarle al gran cuatro-cero, empiezan a empuñar ferozmente la ridícula frase que ha de servirles de defensa durante los próximos diez años de su decadente existencia: “Los cuarenta son los nuevos treinta”. Lo que nadie se atreve a decirnos es que, si esa frase no sirvió diez años atrás cuando cambiamos las constantes fiestas y erecciones por un puesto en un cubículo y una relación estable, mucho menos servirá de algo ahora que queremos compensar la inminente alopecia desabrochando un botón más que deje asomarse el entrecano pelo en pecho que ninguna de las jóvenes e imaginarias conquistas pidió ver. Desesperados y jadeantes nos aferramos con una mano a ese ridículo mantram y con la otra a los recuerdos de la dorada época de nuestros veintes. Sin embargo, el salvavidas se aleja un poco más cada vez que vemos los estados de cuenta, o cada vez que las agruras nos interrumpen a la mitad de la que antes hubiera sido la primera de tres órdenes de tacos.

La panza que chistosamente llamamos “chelera” a manera de justificación, la renta que parece reducir los meses a un par de semanas, divorcios propios o ajenos, y la horripilante revisión prostática que castra al inseguro macho que hasta el más civilizado de nosotros lleva dentro, hacen que perdamos de vista el rescate inflable y empecemos a manotear desesperadamente para salvar nuestra agonizante juventud. Todo lo anterior, aunado a colesterol, triglicéridos y sobrinitos graduándose de preparatoria, dan el tiro de gracia y exhaustos y acalambrados vemos nuestros mejores días hundirse en el mar de los años. Entre las tibias corrientes de la depresión y los placebos, la juventud pierde el último aliento y emprende el descenso hasta el fondo de la edad adulta.

Las mujeres, en la reunión del “jueves de cafecito” se jactan de estar en sus mejores años profesional, sentimental y sexualmente. Orgullosas se pavonean entre congéneres y familiares portando la congelada sonrisa que a través de los años ha caracterizado a tan efectiva máscara de “plenitud femenina en el hogar”. Es solo al volver a su respectivo, no sin mencionar ficticio “hogar, dulce hogar” cuando avientan el costoso bolso en un sillón, el brassier en la cama vacía, y la esperanza por la ventana. El vino tinto nunca tuvo mejor destino que la copa de una dama que ha visto sus sueños caer junto con sus pechos. Solo ahí, y solo entonces, aceptan apesadumbradas y se confiesan a sí mismas (porque nadie más parece, ni habría de escuchar) la cruel realidad de su edad madura. Los tacones pasaron de ser un arma seductora a ser un martirio insoportable. Nunca lograron ejercer la costosa profesión que algún día prometía hacerlas recorrer el mundo. El que pintaba como un matrimonio ideal se ha convertido, en el mejor de los casos, en una conveniente relación amistosa. Un acuerdo basado en nada más que la mutua tolerancia. Lo amo, lo quiero…lo aguanto…a veces.

En la recamara, dos vertientes posibles y en algunos casos coincidentes:

1) La rutina y la comodidad han logrado extinguir con el paso de los años la espontaneidad y la pasión adolescente. Han dejado como sobrante lastimero un par de brasas débiles entre las cenizas de una relación sexual satisfactoria. Brasas que ahora solo enrojecen de cuando en cuando para cumplir con el requisito y para satisfacer una necesidad fisiológica. Comezón que ante Dios y la ley juraron solo unas uñas habrían de rascar.

2) Por falta de cumplimiento, afinidad o ambas cosas, se ha agregado un tercer juego de uñas, o al menos existe la sospecha de uno. En especial cuando el Martes de frutas y verduras dura 4 horas y vuelven únicamente con una cartera de huevos, leche y pan. Uñas que tal vez no rasquen mejor, pero al menos cosquillean y emocionan por ser nuevas. Prohibidas, más que nada.

De cualquier forma, no importa en verdad. Ni el calvo marido, ni la conquista en el supermercado, ni siquiera el cliché del semental jardinero podrán rascar como rascaba aquél primer amor. Aquel que originó la comezón misma para después terminar siendo despachado por no ser lo más conveniente para su planeado futuro de almanaque.  Madres  frustradas frustrando a sus hijas. Por su bien, nada mas por su propio bien. Crimen generacional femenino que castiga tanto al perpetrador como a la víctima.

A lo anterior, brotan dos posibles consecuencias:

1) Si no se descubre el nuevo juego de uñas, la mera sospecha puede llegar a remover las cenizas y causar un cierto sentimiento de culpabilidad que pueda avivar aunque sea temporalmente el fuego con la necesidad de compensar traumas del macho “beta” por excelencia. El viagra es poca cosa comparado con el ego de un hombre pendiendo en la cuerda floja, casi literalmente hablando.  Aunque también corre peligro de sofocar el fuego al sucumbir ante la asfixiante incertidumbre.

2) Si se descubre, la explosión inevitable a veces puede ser sustituida por un contrato de resignación y tolerancia mínima necesaria en el que ambas partes sacrifican una cama grande, pero paradójicamente ganan su amargo espacio personal. Se busca tapar el sol con un dedo, ya sea por los hijos o por el pavor que la crítica social representa en nuestros días de doble moral.

Todo esto trágicamente coronado por el hecho de que la menopausia se acerca burlona a la vuelta de la esquina. “Malditos hombres, pobres de nosotras. Pero somos fuertes.” parece ser encabezado y firma al calce de todas las revistas para mujeres. “¿Dónde quedó mi juventud?” y “¡Que alguien devuelva mi libertad y se lleve estas estrías!” son el himno y mudo grito de guerra de una generación completa de mujeres insatisfechas a todo nivel. Soñadoras que algún día juraron solemnemente no acabar como sus madres, solo acabar.

Para las que no concilian el hecho de resignarse y quieren recuperar su ahora desgastada libertad contribuyendo a inflar las exorbitantes tasas de divorcio, hay siempre una luz al final del túnel. Una vez liberadas de la argolla, que durante los últimos años se sentía más como un grillete que otra cosa, intentan recuperar ansiosas el tiempo perdido. Buscan hacer todo aquello que no podían por estar cautivas en un arremedo de matrimonio. Mismo que, si alguna vez tuvo sentido, ahora parece carecer de él tanto como de interés. Farsa institucionalizada para conservar apariencias.

“Le di en vano mis mejores años a ese hombre” es el argumento que funge como la introducción en todas las pláticas en la que una mujer decide omitir su parte de culpa. Claro, solo puede liberarse aquel que primero fue víctima. “Date tiempo para ti”, “Viaja mucho” y “Trabaja en lo que te apasione” se aconsejan unas a otras, claro está, confiando en que el arreglo monetario en el divorcio haya sido lo suficientemente favorable para ellas…como casi siempre lo es.

Por el otro lado, “Aprovecha la oportunidad de conocer gente nueva, a un hombre que en verdad te merezca” y “Consíguete a un joven con mucha energía para que le des clases y te de mantenimiento, amiga” abarcan el área sentimental y sexual respectivamente. Ambiciosas y con un ácido y vengativo optimismo buscan encontrar no solo al príncipe azul que redima a su especie, sino también a un joven percherón que sea el ejemplo del complejo de Edipo que jamás pasará de moda, y del cual usan y abusan mujeres en todo el mundo. Pero por supuesto a escondidas, lejos de las duras miradas que juzgan, y no sin una tremenda culpabilidad casi siempre seguida de golpes de pecho que compensen los recibidos de mano joven.

En fin, sean hombres o mujeres, las señales de que nos encontramos cada vez más cerca de zarpar hacia el final de la segunda edad, parecen ser cada vez menos sutiles y más severas. Los centros nocturnos a los que se asiste para descaradamente intentar “ponerse de vuelta en el mercado” parecen poner música cada vez más insoportable y estridente. La tecnología parece un código indescifrable que al parecer solos los menores de treinta y cinco entienden. Los comerciales de cocteles multivitamínicos para rendir más empiezan a sonar como una conveniente opción. Y no solo las fiestas acaban escandalosamente tarde, sino que las resacas nos llevan al borde de la hospitalización.

Son estas inconfundibles señales las que de un solo golpe declaran que nos hemos convertido en aquello que hace veinte años se veía tan lejano y que era motivo de nuestra burla. Hay que aclarar que, si bien esta observación se basa en algo que es cada vez más común en nuestros tiempos, no es una generalización irrefutable, ya que obviamente existen muchas y muy admirables excepciones. Sin embargo, siendo más sinceros que indulgentes, debemos aceptar que esto, más que una crisis, parece una epidemia de la cual no hay escapatoria. A todos, consciente o inconscientemente nos ha causado en algún momento temor, ya que sabemos que nadie es inmune a dicho mal y hasta la fecha no existe vacuna ni antídoto que nos ampare.

De lo que nunca nadie nos advierte, es de una crisis un poco más intensa, súbita y decisiva. Es esta pues, la que atañe principalmente a este escrito y en base a la cual circundan todos los relatos que aquí se describen. Los que ya la pasaron, la portan como cicatriz de guerra y recordatorio de las decisiones que habrían de forjar el resto de su vida. Los que se encuentran cerca, no me dejarán mentir. La crisis de los veinticinco es entonces, donde empiezo yo…

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