La de los 25

Columna | Después de la crisis | Por Pedro Lucero Lopez. Tiempo de lectura 8 minutos.

Foto: Gabriel Orozco, Pelota ponchada, 1993.


A los siete años era el hazmerreír de todo los niños de la cuadra porque era el único que no tenía permiso de pasar los límites de mi calle. Todos, incluso los más pequeños que yo, me invitaban primero y se burlaban después. Mi madre argumentaba que había sido un embarazo de riesgo y que mi nacimiento fue un milagro que no pensaba de ninguna manera tomar a la ligera. No importaba cuántas veces me lo dijera, ni el tono en el que me lo “explicara”, nunca me pareció razonable el no poder ir a jugar futbol en el parque como los demás. Siempre llegaba al borde de la banqueta, me inundaba la deliciosa adrenalina de lo prohibido y estuve a punto mil veces, pero siempre una extraña fuerza impedía el siguiente paso y me hacía sacrificar mi diversión en pos de miedos ajenos. Siempre puse la tranquilidad de mi madre antes que la agridulce gnosis infantil. Siempre, excepto un día.

En un sumamente pequeño televisor, que asemejaba mucho a uno que mi padre trajo a casa después de juntar un sinfín de estampillas cuando era pequeño, una mujer revoloteaba exageradamente las manos y vociferaba encolerizada un montón de sandeces condenando a su hijo adolescente por “haber salido del closet” en televisión abierta. Cosas que, si bien solo se podían esperar del tipo de personas que se prestarían a ser panelistas, aún así no considero dignas de tiempo aire, mucho menos de elevados ratings de penosa e ignorante audiencia. El título del capítulo de ese día no solo reforzaba lo ridículo del programa, sino que enfatizaba la tan pobre calidad de lo que los medios de comunicación en México transmiten. No solo se permite que se prostituyan las televisoras nacionales copiando a cascoporro basura televisiva del extranjero, sino que aparte lo copian mal.

Me perdí un par de segundos en la hipnotizante combinación de manoteo, insulto y mala actuación de la preocupada (o más bien preocupante) señora madre de gay, más por somnolencia vespertina que por otra cosa. De pronto, una cándida y conocida voz tuvo a bien sacarme del trance. “Quiübole mi güero, no lo vi entrar” , después del cordial saludo que automáticamente escupía todas los días a las cuatro de la tarde como quien trabaja en el autoservicio de una cadena de comida rápida, me despedí como sonámbulo sin siquiera saber si escuché o no lo que el amable portero me había respondido. La verdad es que en mi catatónico y ya cotidiano estado, el cual parecía extrapolado aquella tarde, yo tampoco me había dado cuenta de cuando crucé el umbral del asqueroso corporativo, ni de lo que tardé en recorrer el frío corredor azul hasta llegar a la recepción cerca del elevador.

Ya fuera auto o bicicleta, ambos llegaban desde mi casa hasta el estacionamiento en piloto automático mientras yo permanecía dormitando o viviendo plenamente en algún otro lugar dentro de mi cabeza. No importa dónde, solo que fuera uno donde la realidad alterna me encontrara libre y listo para morir, no muerto y listo para prender una computadora. Normalmente no bajaba de la nube cuando ponía la alarma al coche o cuando encadenaba la bici a un poste, sino hasta que prendiendo un cigarro doblaba la esquina del pasillo externo que comunicaba el estacionamiento con la entrada de servicio. Ese día ni siquiera la última bocanada había disfrutado. Aquella con la que elevando el humo hacia el cielo como una plegaria de absolución laboral exhalaba profusamente antes de disparar la colilla hasta el otro lado de la calle. Aquella tarde no sabía qué había hecho con ellas. Con la colilla y con mi vida.

Antes de que atinara a presionar el botón, la puerta del elevador se abrió sola, como recordándome el tedioso deber. Al que, por cierto, ya iba tarde y por el cual cinco minutos habrían de costarme el casi insignificante bono de puntualidad. La diferencia entre un recibo de nómina mediocre y uno hilarantemente pobre. De cualquier manera ya lo tenía debido. Iba a pasar directamente a pagos atrasados de una formación académica que, como están las cosas en el país, y más específicamente en el estado, no me servía lo suficiente como para permitirme bailar un zapateado arriba del escritorio de mi supervisor mientras de la manera más florida que mi lenguaje permitiese le invito a que agarre su estúpido trabajo y haga con él lo mismo que su ex-esposa con el instructor del gimnasio. Pero no lo hice. Serví la segunda taza de café diluido y redacté el tercer reporte de calidad de la semana.

A pesar de lo ridículo de la paga, y lo deprimente del trabajo, necesitaba el dinero. Me encontraba en un samsara académico-laboral cuya sola mención es aparte de cómica, irónica. Había aun papelería por pagar, para poder recoger una titulación pendiente, de una carrera que nunca quise y la cual, aún y cuando lograra titularme, gracias a la desproporcionada oferta de profesionistas, de poco me iba a servir. Lo más probable es que terminara trabajando, si no en el mismo lugar, en uno muy similar. Tal vez no en el mismo puesto, de ninguna manera un licenciado con título en carpeta de piel seguiría de ratón de cubículo y corbata corta. Pero sí en uno quizá un peldaño arriba, sin posibilidades de escalar una corrupta escalera jerárquica ocupada por puros familiares incompetentes y conocidos de garras largas y cerebro pequeño. Un puesto en el que estaría ganando un diez por ciento más, pero con el doble de responsabilidades y diez horas más a la semana de idiotizante rutina. Jugoso trato solo ofrecido a aquellos que hubiesen accedido a vender su alma al corporativo por más de cinco años.

Y así duré un año que se sintió como tres y durante el cual subí casi diez kilos, conocí las migrañas y dejé de burlarme de los hombres con “entradas” en la frente. Pero en ese momento pensaba que no había de otra. Yo mismo escogí la soga saliendo del bachillerato, amarré bien el nudo a media carrera y ahora a medio metro del suelo pendulaban inertes, pero bien lustrados los zapatos por los que cambié mis queridos tennis. “Es el orden natural de las cosas. Ya toca ser adulto” me repetía a mí mismo constantemente parafraseando un dicho que mi madre intentaba usar para calmarme en ocasiones. Lo repetía en mi cabeza cuando temblaba impotente al ver terminarse el fin de semana, pero nunca lo creí, y jamás logró tranquilizarme. Mucho menos cuando pensaba que después de eso, seguía otro tiempo aún más bizarro para mí pero al parecer normal y esperado para el resto del mundo: Una era entre pañales y créditos de vivienda. Escalofrío seguro de los talones a la nuca.

Eventualmente no pude más con esa prisión de lámparas fluorescentes y sillas reclinables. La corbata me asfixiaba cada día más e incluso temí en algún momento perder la cordura y explotar como un salvaje ante una de las reuniones de staff los Lunes por la mañana. Sentí que era más importante una vesícula libre de cálculos que la falsa seguridad de quincenas bajo nómina. Resolví entonces renunciar en un glorioso Jueves por la tarde. Si iba a reventar el cordón umbilical, sería solo justo hacerlo de una forma tan animal como poética. Una venganza catártica, más que cualquier otra cosa. Cuando había más trabajo, cuando el caos prevalecía en los pasillos del cuarto piso, de los pocos momentos en que mi ausencia fuera perjudicial o al menos notoria. Si no habría ninguna jugosa liquidación al final del camino, al menos tenía que encontrar una victoria personal y sumamente egoísta en ello, por más pequeña que esta fuese. Habría de retirarme burlonamente en un desplante de sarcasmo y desencanto dignos de la decadencia del joven profesionista de nuestros tiempos.

“Te estás cerrando las puertas de esta empresa y de todas las que hablen para pedir referencias tuyas, Lucero”, fue el último y desesperado intento de mi supervisor por lograr retenerme con una amenaza. Pero ya era muy tarde y la decisión, aunque mucho había costado, ya estaba tomada. No respondí nada y dejé que mi cansada sonrisa y un par de dedos firmes en el aire coronaran el momento más sincero de mi carrera en esa empresa. Se cerraban frente a mí las puertas del ascensor y yo sentí despertar de un pesado letargo en una escena que ni planeada me habría salido tan bien. Desaté el grillete de seda de un golpe mientras busqué entre los vidrios del vestíbulo al único que me recibía como a un humano en el umbral del averno, pero no lo encontré. Al cruzar triunfante la puerta de salida sentí pena por la madre, por su hijo homosexual y por todos los panelistas del país. Nunca sentí tanta empatía como en ese momento. La necesidad ahorca hasta límites que jamás pensamos. Desde un recién egresado que pretende hacer curriculum, hasta una familia que memoriza un ridículo guión por quinientos pesos.

Me gustaría decir que ese fue el “punto y aparte” en mi vida laboral y que después de eso mi existencia ha sido un sueño de trabajos divertidos, emprendedurismo efectivo y satisfacción productiva en todos los niveles, pero no. Tuve tres trabajos más similares a ese antes de cumplir el cuarto de siglo. Cada uno mejor pagado que el anterior, pero también más aburrido. Cada uno más cerca de lo que había estudiado, pero también más lejos de mi felicidad. Las quincenas me hacían sentir sucio y  los zapatos me sacaban ampollas con solo voltearlos a ver. Nada pone tu vida tanto en perspectiva como el hecho de que alguien dos años menor que tú te diga “señor” o te hable de “usted”. Viejos prematuros rumbo al infarto o al divorcio. El tiempo entre la primera vez y la primera cana parece haber pasado en cuestión de segundos. Los veinticinco fueron un martirio de tribulaciones, existencialismo, dudas y asco hacia mí y hacia todos mis compañeros de generación, pero creo que es normal y hasta cierto punto necesario.

Cerca de tocar los veintiséis no pude más y me vi de nuevo al borde de la calle como cuando pequeño. Con el corazón en la garganta otra vez y con las manos sudadas pondero el miedo del peligro contra el néctar de la experiencia. Titubeando, con un pie en el cruce y apretando la quijada, volteo hacia atrás buscando con la mirada un regaño de mi madre que me reprenda y absuelva a la vez. Un castigo prohibitorio que me corte las alas, que me salve de mi mismo. Soy ahora, como hace veinte años, el arquetipo del polluelo que puede volar, debe volar, pero se aferra a la calidez perjudicial y acogedora del nido.  Una involución lastimera de lo que antes fue el curso natural de todo hombre. Pero es nuestra más íntima naturaleza la que nos  hace ponernos una y otra vez entre la paz y la incertidumbre. Es el instinto que clama a gritos nuestro nombre desde la meta y que se niega a ser ignorado. Es la vida llamando a la puerta de una juventud muerta de miedo. Es jugar futbol a ocho calles de la casa. Por eso es que vuelvo a cruzar.

Después del primer partido en el parque, jugar en el patio nunca volvió a ser suficiente. ¿Por qué habría de serlo ahora?

 

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