El demonio de la errata

Por Sagra Madrid H. Tiempo de lectura 7 minutos.

I

Errata


Del latín errāta: ‘cosas erradas’.

1. f. Equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito.

La vida es como una errata tipográfica:

constantemente estamos escribiendo

y reescribiendo las cosas.

— Bret Easton Ellis

Conocida por todos los que alguna vez hemos redactado un par de páginas, la errata es esa gran pesadilla de todo escritor y editor. Cuántas veces no hemos escrito mal una palabra y el sentido de un texto cambia por completo. Ejemplos famosos hay muchos, como los que están reunidos en el libro Erritas agridulces, del escritor cubano José Prats Sario:

[…]una aparecida en el siglo XIX, en El Nuevo Regañón. La afirmación debía decir: “Un oído delicado es imprescindible a todo buen poeta”. Y apareció: “Un odio delicado es imprescindible a todo buen poeta”[…]

La de Max Aub, en Crímenes ejemplares: Errata. “Donde dice: / La maté porque era mía. / Debe decir: / La maté porque no era mía”. Menos literaria, pero tan sacrílega fue la de “La Putísima Concepción”, donde la pureza parece que pernoctaba fuera de casa. De esas rápidas está la de “Necesito mecanógrafa con ingles”, que olvidaba el inglés de Ezra Pound. “La Dama de las Camellas” y “La esposa que dirigía al marido miradas de apasionada ternera”.

En Londres es célebre este ligero cambio: God save the Queen por God shave the Queen[…]

Aunque también hay erratas “benéficas” como las que narra Julia Santibáñez (“En defensa de la errata…“):

Cuando [José Emilio Pacheco] en 1987 escribió un artículo quejándose de ella, puso: “La errata es el demonio de la lengua”, pero en la mesa de corrección de la revista Proceso decidieron publicar: “La errata es el dominio de la lengua”. La frase salió ganando.

II

El demonio de la lengua


¿Pero de dónde viene estemisterioso arte de equivocarse? Ese demonio de la lengua al cual seguramente se refiere José Emilio Pacheco tiene un origen antiguo y sobrenatural: su nombre es Titivillus, un demonio que trabaja bajo las órdenes directas del Diablo.

En la Edad Media, Titivillus era conocido por inducir al error a los monjes escribanos y, posteriormente, en el Renacimiento, con la invención de la imprenta, a los cajistas e impresores.

Los errores hallados por Titivillus eran introducidos en un saco sin fondo que portaba en su peluda espalda. Todas las noches Titivillus llevaba el saco al rincón más oscuro del infierno y allí registraba los errores con una tinta indeleble en un libro eterno que sería leído el Día del Juicio Final.

En otras palabras, el Diablo no quiere que escribamos correctamente, el Diablo quiere vernos arder en el infierno, y para lograrlo, envía a unos de sus súbditos para echar a perder nuestro texto.

Pero Titivillus no sólo nació en los errores ortográficos y de redacción, etc, también se le atribuyen las charlas ociosas o chismes, las malas pronunciaciones, los olvidos momentáneos, las murmuraciones, las omisiones de palabras, la falta de atención, las divagaciones, los tartamudeos, e incluso las risas sin sentido. Este demonio provoca estas situaciones para que pueda imputársele el infierno a los pecadores, en una época donde la mayor parte de la población era analfabeta, había que tener un medio de control moral para contener el uso indebido del lenguaje.

Por otro lado, la producción de la palabra escrita corría por cuenta de los monjes, y era de vital importancia que los textos fueran correcto para ser preservados como parte de la memoria de la iglesia. El problema era que todos los textos solían copiarse de un manuscrito a otro, un error en el original era arrastrado a todas las copias posteriores. Al no existir medios de copia mecánica (como la imprenta), debían copiar una y otra vez lo que se les dictaba; así, entre el aburrimiento, el cansancio y la falta de luz en los monasterios, Titivullus hacía de las suyas para provocar toda clase de errores, manchones y roturas en los manuscritos. Con las andanzas de un demonio especialista en errores de escribas, los monjes tuvieron que perfeccionar el arte de la copia. Quizá por esto se le consideró el patrón de los escribas, ya que representaba una excusa válida por la iglesia para responsabilizar al Diablo de los errores en los manuscritos.

Titivillus se hizo famoso en el teatro y en las narraciones satíricas y cómicas que criticaban la vanidad del ser humano; estas obras eran conocidas hacia finales del medioevo inglés como “Teatros de misterios”.

III

Titivillus


Titivillus (también deletreado “Tutivillus”) es referido en el mundo antiguo como “el demonio de la caligrafía”. Se dice que fue activo en la Edad Media, entrando en la scriptoria de los monasterios e introduciendo errores en el trabajo de los escribanos cada vez que su atención divagaba.

La evidencia de la historia de Titivillus, sin embargo, es difícil de desenredar. Los relatos populares modernos tienden a ser fantasiosos, mientras que los eruditos serios son reacios a comprometerse con una narración clara. Sin embargo, el mejor estudio moderno de Titivillus es erudito, es el artículo de Margaret Jennings: Tutivillus: The Literary Career of the Recording Demon (Tutivillus: La carrera literaria del demonio registrador), en Studies in Philology 74, no. 5, diciembre de 1977.

En parte, la confusión es consistente con la historia de Titivillus, que tenía un carácter elusivo desde el principio. Su figura no sólo era ambigua, sino que se formó antes de la época de los derechos de autor, por lo que fue libre para reaparecer muchas veces, cada vez con una historia embellecida por la fantasía.

Titivillus se convirtió en una figura moral importante en la Edad Medial, y fue usado por los predicadores para impresionar a sus congregaciones sobre la importancia de la práctica espiritual y la necesidad de evitar el pecado. Titivillus jugó un papel en un conjunto de historias centradas en torno a los efectos del pecado de la acedia (pereza espiritual). Entre los laicos, la acedia podía hacer que los participantes en los servicios religiosos “se movieran” o distrajeran por chismes, o simplemente entablaran una conversación ociosa mientras se hacían las oraciones, provocando que los miembros del clero acelerarán la recitación murmurando las palabras e incluso omitiendo sílabas completas.

Titivillus surgió a partir de dos narraciones diferentes sobre este tema: uno dedicado al demonio registrador; y el otro, al demonio portador del saco. De éstos, las historias del demonio registrador son las más viejas, que datan de tiempos babilónicos. Más tarde se familiarizaron con los monasterios de los ascetas egipcios en el siglo IV A.C. Se dice que este demonio registrador frecuenta iglesias y monasterios, y anota los pecados de cualquiera que vio allí. Los pecados que recogía son llevados al infierno donde serían contados contra el culpable en el Día del Juicio. (Es interesante notar que al principio Titivillus no mostró ninguna preferencia particular por los pecados que tienen que ver con lo escrito.)

Una versión frecuentemente encontrada de esta historia describe a un diácono de la iglesia católica que rompe a reír durante el servicio de lectura del evangelio:

El sacerdote advierte la extraña risa y le reprocha al diácono, y éste se defiende diciendo que durante el servicio había visto a un demonio anotar las palabras ociosas de algunos de los miembros de la congregación: «ˆEl demonio rápidamente llenó el pergamino en el que estaba escribiendo, y para hacer más espacio, tiró de la parte superior del pergamino con sus dientes». El pergamino estaba tan sobrecargado (con el registro de tantas palabras ociosas y oraciones murmuradas) que se desgarró, y el demonio se cayó sobre su espalda, haciendo que el diácono se ríese. El sacerdote queda impresionado al escuchar y luego la historia es transmitida a la congregación para advertir sobre el peligro de una charla ociosa durante el servicio.

El otro grupo de historias de las cuales Titivillus creció de forma aún más fantasiosa, comenzó con los relatos del demonio portador del saco. César de Heisterbach en su obra del siglo XIII Dialogus Miraculorum (1230), sin nombrar a Titivillus, describió un “cierto demonio” de pie en un lugar alto cogiendo “voces tumultuosas” con su mano derecha y deslizando hábilmente, con su mano izquierda, el registro en el saco. Otros autores, como Jacques de Vitry en sus Sermones Vulgares de finales de la década de 1220, dieron cuentas de historias más embellecidas y describieron un saco grande y llenado repetidamente por el demonio. Sin embargo, estaban menos preocupados por las voces tumultuosas que, como ya se ha sugerido, no tenían la debida diligencia: sílabas murmuradas o omitidas, o pensamientos y palabras ociosas en la iglesia.

Titivillus, el demonio que llevaba el saco, apareció por primera vez por su nombre en el Tractatus de Penitentia de John of Wales (1285), en un verso que sería muy famoso en toda la Edad Media:

Fragmina verborum titivillus colligit horum
Quibus die mille vicibus se sarcinat ille.

Traducido como:

Titivillus recoge los fragmentos de estas palabras
con la que llena su saco mil veces al día.

Tanto los demonios portadores como los registradores fueron finalmente conocidos como Titivillus (o Tutivillus) en el siglo XIV. Su impacto en las congregaciones y su poder para aterrorizar a los perezosos duraron otros cien años.

Por el siglo XV, sin embargo, Titivillus se había convertido más en un demonio malvado causando estragos entre la gente por todas partes. Algunos escritores modernos afirman que fue en este punto en que él se convirtió en el demonio patrón de los escribas y fue culpado por los errores que cometieron al copiar manuscritos.

Pero, si bien es cierto que su influencia se estaba desvaneciendo en los círculos religiosos, en la dramaturgia estaba comenzando una nueva fase en su carrera. Apareció como un registrador de toda clase de pecados en Judicium del maestro de Wakefield (principios del siglo XV), aún sin ningún estatus especial como causa de error entre escritores o escribas. Titivillus era el demonio del infierno, tentando a la humanidad a descuidar por completo la atención al lenguaje correcto.

A principios del siglo XVI, Titivillus, si apareció en obras dramáticas, lo hizo sólo como un demonio entre muchos. Y cuando Shakespeare lo mencionó, era casi desconocido, su nombre había llegado a ser tal vez no más que un término general de burla. Aparece una vez en la Noche de Reyes (II, iii, 75) y en Enrique IV, parte dos. Algunos estudiosos de la obra de Shakespeare se preguntan incluso si la audiencia habría sabido a quién se estaba refiriendo.

IV

Titivillus en twitter


Ya sea que Titivillus haya sido alguna vez el demonio patrón de los escribas, que aparezca una y otra vez en un texto redactado por la prisa, o que simplemente se presente como una lucidez poética, con la invención del Internet, podemos apelar a que este demonio se mantendrá muy ocupado no sólo en nuestra escritura, sino en el devenir de las comunicaciones modernas: las redes sociales.

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