Hojas de latte

Columna | Después de la crisis | Por Pedro Lucero Lopez. Tiempo de lectura 4 minutos.

Foto de Luis Talavera.


T uve que darle a alguien dinero para que cuidara mi camioneta en la vía pública bajo la premisa de que no está segura de noche y bajo la lógica infalible de que diez pesos en la mano de un completo desconocido habrían de protegerla. El maldito sistema del parquímetro podrá extinguirse al caer el sol, pero su equivalente nocturno parece aún más extraño y a la vez irónicamente menos odiado por el ciudadano promedio. El frío me congela de la nariz para arriba durante casi cuatro cuadras mientras pienso en lo extraño que me resulta que un local comercial no tenga ni un solo lugar para estacionarse. Pero luego, casi inmediatamente me redime la imagen de un montón de bicicletas acomodadas junto a la vitrina del lugar. El raro soy yo, según veo. A estos lugares se viene con todo y consciencia por el medio ambiente, gorro tejido y cigarro artesanal. Al tirar la última bocanada sacudo la cabeza queriendo deshacerme de la punzante idea de que acabo de convertirme en la voz crítica con la que mi padre firma todo comentario sobre la juventud de estos tiempos.

Hablando de convertirme en mi padre, con desdén suelto el billete para pagar el doble de lo que normalmente pagaría por un café, o por cualquier bebida, en realidad. Me despido con un “gracias” que muy apenas logré fingir refunfuñando con la mirada en el ticket y la quijada tiesa. Dentro de mí ignoro a la voz del otro yo decir: “Discúlpenlo, no sabe lo que hace y no habla por todos nosotros acá adentro”

La mesa recién barnizada, tan pequeña como mi libreta, se mecía estúpida e incesante cada vez que me apoyaba para escribir. Sobre ella cabían apenas la taza de café —tibio para colmo—, una revista local de cortesía y servilletas sucias del ocupante anterior que mi joven y distraída mesera no se había molestado en quitar por estar perdida en el celular. “¿Necesita azúcar, señor?” me dijo sin despegar los ojos de la pantalla de siete pulgadas. No supe qué me ofendió más, si el inferido “usted” de la boca de alguien a lo mucho dos años menor que yo, o la  suposición de que alguien habría de arruinar un capuchino italiano echándole azúcar refinada como un campesino cualquiera.

Es claro para ella, para mí, y para el resto de los ocupantes, que no pertenezco a un lugar como este, pero lo mínimo que pido a cambio de su escandaloso precio por una taza, es el beneficio de la duda. Doy el primer sorbo y me arrepiento de inmediato. No solo de haber pagado tanto por agua tibia, sino de que en ese momento sea yo la viva imagen del beatnik solitario que alguna vez mi burla mereció. “Pensándolo bien, dos sobres de azúcar por favor”. Uno para el capuchino y otro para lo que callo.

Casi cinco centímetros de diferencia entre una pata y otra hacen que mi letra baile borracha entre los márgenes. Resoplando la nariz como toro viejo, volteo constantemente a la silla de al lado buscando encontrar con quien compartir la indignación de la mesa, del café, de mi trabajo, de la mesera, del clima, de los músicos que llegan cuarenta minutos tarde, tardan quince en afinarse y treinta en dignarse a empezar después de haber saludado a todos sus amigos, que por cierto conforman fácilmente la mitad de la audiencia de un establecimiento comercial disfrazado de cultura para atraer a las víctimas de la satírica y asquerosa moda de lo retro que escurre entre las calles del centro histórico como epidemia europea del siglo 16. Debí pedir tres sobres, no dos.

Cinco centímetros, ¡maldita sea! Hace rato que debería haber hecho algo al respecto, pero algo primo de la inercia me lo impedía. Creo que hablo de la mesa y al mismo tiempo del hecho de tener solo una chamarra donde debería postrarse tu familiar y cómoda apatía.

Los lentes de pasta coronan el cliché del inconforme en tiempos de nada, de la generación del “casi”. Casi artistas, casi revolucionarios, casi libres, casi intelectuales, casi amorales, casi vivos.  ¿Qué me está pasando? Siento latente el impulso de salir a fumar pero logro frenarme de poner la cereza al pastel de esta escena de cine de arte y de presupuesto corto. La taza está ya vacía y sin embargo, creo que habría de darle uso al segundo sobre de azúcar.

Rompe de pronto el silencio una nota mal pisada del contrabajo que, ante su pequeño artífice, asemejara una montaña de madera. Logró engancharme de golpe y flotando entre las sillas me postré sobre los tambores que parecían ser apenas acariciados. Por un momento, el trío logró perderme lejos de ahí. Lejos de la pluma, la libreta, del dolor de cabeza, de la taza vacía y de la mesa tambaleante… incluso de ti, hasta que sentí vibrar el muslo un par de veces. Por entrega más que por destreza, por un momento olvidé atender la alerta en el teléfono. Las ojeras del guitarrista, clavadas en un trémolo bien ecualizado, burlaban casi por completo el hecho de que el nervio envolvía a aquella melodía por poco bien ejecutada.

Vibra el muslo de nuevo y bajo del estupor de un jazz joven y ansioso de vuelta hasta mi asiento. De nuevo la mesa, el azúcar, la chamarra y tú. Estoy tan confundido como el baterista que pierde el ritmo por querer improvisar como los grandes. ¿Qué demonios quiere aparentar?, ¿que lo joven no quita lo habilidoso?, ¿qué trato YO de ocultar?, ¿que la soledad no rompe la entereza?, ¿que la soberbia llena el vacío de tu silla? Creo que necesito una taza más, aunque lo dudo un par de veces por temor a perder el sueño otra vez esta noche. Aunque, pensándolo bien y en vista de las circunstancias, la cafeína sería un cambio refrescante a la razón común de mis insomnios.

“Otra por favor señorita”. Otra taza, otra mesa, otra libreta y otra pluma. Misma banda, pero solo un sobre de azúcar esta vez.

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