La muerte del “arte”

Por Nancy Hernández García. Tiempo de lectura 5 minutos.

Foto de Javier Tinajero R.


El arte es para consolar a

aquellos que están rotos por la vida.

Vincent van Gogh

El arte está en crisis. Ésa es una frase común, casi trillada, desde el siglo pasado, pero ahora se ha convertido en un zumbido. El siglo xxi es muy joven, vivimos apenas los primeros 17 años y la realidad nos ha puesto ya frente a esta crisis del arte, visible y tangible.

Si retrocedemos en el tiempo, veremos que el arte era una forma de representar al hombre, en diferentes circunstancias, desde la época de las cavernas. Las pinturas rupestres muestran figuras humanas: el hombre cazando, por ejemplo. Siglos después aparecen el retrato y el autorretrato, incluso los dioses son humanizados; la pintura tiene como centro al Hombre: cuestión narcisista. Hasta que pintores osados descomponen la figura humana o la desaparecen por completo para sólo mostrar el paisaje o formas geométricas o nada (color y textura).

Este asunto no quedó fuera de la literatura, manifestación artística al fin y al cabo, y en 1996 Álvaro Enrigue publica La muerte de un instalador (novela ganadora del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela de ese año), en donde con un uso magistral de la ironía y el humor negro confronta a Aristóteles Brumell-Villaseñor, “el millonario”, y a Sebastián Vaca, “el instalador”. Aristóteles es heredero de una gran fortuna que sigue aumentando con su negocio: compra y venta de obras de arte. El joven millonario es excéntrico, proveniente de una familia no convencional, sin embargo, no dedica su vida al ocio —por lo menos no enteramente—  y lee, escucha música clásica, contempla pinturas… Entre sus pasatiempos está el apoyar a artistas, es el mecenas que muchos anhelan y pocos consiguen.

No obstante, este acto no es para nada generoso. El millonario Aristóteles Brumell utiliza su fortuna para crear y destruir artistas. Él es el único juez; en ese sentido, incluso puede verse como una especie de “vengador” del arte, es decir, lo que él considera arte son las pinturas de artistas consagrados a través de los siglos, cuadros que la crítica (y él mismo) considera verdadero arte y aborrece el arte contemporáneo (representado por las instalaciones), por ende, también detesta a su creador.

Desde esta perspectiva, la novela no sólo relata la difícil relación entre un mecenas y su artista, sino que también exhorta al lector a plantearse seriamente muchas preguntas, la más importante, si es que pueden jerarquizarse, ¿Qué es arte? —¿qué es lo que yo, individuo, considero arte?—… Sí, es difícil de responder, además de que si buscamos la opinión de expertos quizá no coincidamos o sean definiciones rancias. No obstante, recurrí al filósofo José Ortega y Gasset (con cuyas ideas concuerdo y me parecen vigentes) quien dice que “el arte es ante todo artificio” y su función es provocarnos una emoción que nos revele nuevas e infinitas perspectivas al ver un cuadro o al leer una novela. Por lo tanto, el arte es todo aquello que el artista ha traído a nuestra realidad, aquello que antes no vimos hasta que él nos lo mostró de una manera particular. No imitación sino creación, apropiación. Así lo entendió Cézanne: “Realizar, es decir, convertir en cosa lo que por sí mismo no lo es”.

A la luz de estas ideas sobre el arte, la lectura de La muerte de un instalador se torna un poco más clara en cuanto a la ideología de Aristóteles Brumell y su odio por el instalador, que no es un sentimiento nacido de alguna rencilla personal sino por una cuestión de estética. Lo considera inferior en todos sentidos y aun así pretende llevarlo a lo más bajo que se pueda. Planea meticulosamente todo, cómo destruirlo como “artista” y como hombre; de modo que el instalador se convierte poco a poco en la propia obra de arte de Aristóteles Brumell. El lector contempla la degradación del instalador: ése fue el precio que pagó por contribuir en la degeneración del arte. La paradoja es que la muerte del artista es, al final de cuentas, su mejor obra… sin embargo, el crédito no es todo suyo pues su mecenas planea todo para que el funeral sea una suerte de instalación en la que la pieza más importante es el cadáver de Sebastián Vaca, el instalador.

La tensión entre lo que podría parecer una idea añeja del arte (encarnada en Aristóteles Brumell) y la vanguardia artística (Sebastián Vaca) permea también en el lector y no porque se trate de elegir un bando, sino de convicciones: ¿en serio todo lo que nos venden como arte, lo es? Pero lo que más rescato de esta novela es la fuerte crítica a las instituciones encargadas de manejar los recursos del arte, es decir, la novela también plantea que las becas son partícipes de la degradación del arte. En la primera página, Aristóteles, Sebastián y un pintor sostienen una conversación en la que el pintor afirma:

[…] no es que te contradiga, pero la instalación es pasajera; sólo nos representa en la medida en que desconfía del futuro… una vez que pase de moda la subvención pública para los artistas jóvenes, el fin del género habrá llegado: no hay instalacionistas sin becas.

Esta opinión es muy importante para la lectura, es una clave, puesto que señala a las instituciones gubernamentales como las principales culpables de este “arte”. Los artistas plásticos son, prácticamente, creadores a partir del ocio, pero este ocio es soso, tan simple como lo que produce.

Desde luego, las artes plásticas, como todas las artes, han cambiado a lo largo de los años, pero a veces sí parece que no hay propuestas, que falta novedad y en el afán del artista por demostrar su carácter artístico (talento), termina haciendo lo contrario y el efecto en el espectador es que éste busque (desesperadamente) un poco de arte, o sea, inevitablemente vuelve a las pinturas/esculturas/grabados, etc. que sí tienen tal carácter. Este problema no es exclusivo de las artes pláticas, también atañe a la literatura: en los primeros 17 años del siglo hemos sido testigos de cambios muy bruscos —por no decir degradantes—  en las formas establecidas de los géneros literarios; la poesía es donde esta cuestión es super evidente. Escribir poesía no es renglonear las frases, ni tampoco amontonar palabras sin sentido (como tampoco pintar es salpicar de pintura un lienzo o dar brochazos por doquier)…

En el arte, en general, debe haber una estética, una poética… una sensibilidad. Se debe (de)mostrar que detrás de ese objeto artístico (pintura, canción, melodía, cuento, poema, escultura, etc.) está un ser humano que ha creado para la humanidad una pieza única en el mundo, que creó algo que no existía, que dijo “de otro modo lo mismo”. En eso consiste la sensibilidad de un artista: es capaz de remover emociones, por eso es un ser único. Lo artístico es aquello que no se puede reproducir; en el momento en que yo puedo hacerlo, pierde su valor, se banaliza. Ése es el problema del arte plástico actual y las instalaciones: un objeto no se convierte en arte porque esté en una sala de museo. Eso sólo es sacarlo de contexto y meterlo con calzador en otro.

La muerte de un instalador es una novela que invita a una reflexión sobre las Humanidades en nuestro tiempo, ya que a pesar de que fue escrita a finales del siglo anterior, mantiene su vigencia precisamente porque trata de manera (muy) crítica la crisis del arte, y los lectores comprobamos que ese problema aún no tiene solución y, los más pesimistas, pensamos que el arte va rumbo a su destrucción; los optimistas dicen que “se está transformando”.

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