“Hola de nuevo”

Columna | Después de la crisis | Por Pedro Lucero Lopez. Tiempo de lectura 2 minutos.


Nunca pensé sentir tanta felicidad al toparme con alguien caminando; tropezando sería un gerundio más acertado. Sorprendido, temblando y al borde del llanto, siento cómo me inunda un sentimiento tan enervante y a la vez tan familiar. Creo que no me había dado cuenta de cuánto te extrañaba hasta ahora que te vuelvo a ver frente mis ojos, tan incrédulos como húmedos. Pareciera que ha pasado una eternidad desde la última vez que estuvimos juntos, y sin embargo hoy lo siento un deja vú, de esos que dan miedo y maravillan a la vez.

El ir y venir de la baja vida me orilló a bloquear tu recuerdo, me convenció de dejarte ir y de vivir en el aquí y el ahora. Peor error no pude haber cometido. Pero no te preocupes, fue ese trastabillar el que, con tiempo y descaro de sobra, vino a traerme de nuevo hasta tu presencia; por eso creo que, de ser necesario, he de volver a cometerlo, cuando menos una última vez.

Poco importa ahora, mientras tanto no pensemos en eso. Abrázame tan fuerte como cuando te conocí, y déjame disfrutarte como la última vez, cuando entre la locura de la carne te perdí. No fui el mismo desde entonces. Me olvidé de guardarte, más por necesidad que por ganas. Entre el bullicio me distraje, o al menos así bauticé al verbo de no hacerte mi verbo, de no sentir tu ausencia y el dolor de la separación, aquella separación que muchas veces juré como la última.

Por un tiempo funcionó: seguí existiendo sin sentirte. Existiendo, así de simple. Sin poder conjugarle en “vivir”, pero existiendo al fin. Tu recuerdo pasó a ser un casi mudo suspiro del viento en las noches de mi eterno otoño, una queda voz en un idioma que si bien un día supe, después olvidé. Ya no me amasaba el dolor, ya no te embestía sin freno la melancolía, ya ni siquiera un recuerdo vago de ti en mi consciencia languidecía. 

Hasta que un día, gris e insípido como cualquier otro, distraído y en lo profundo de mi tibio pensar creí verte entre las nubes. Una vez en la escuela pensé reconocerte en un pasillo, pasando sonriente entre los demás y decidí no mirar, escondí cobardemente la cara como niño en la falda de su madre. Me negué a creerlo y apreté fuerte los ojos, pero el sol me obligo a abrirlos para confirmar la sospecha. Con tranquilidad pasabas por encima de mi orgullo sin siquiera voltear, como si fueras estoicamente marchando otra vez por mis días, marcando el paso, reclamando posesión de mi alma.

Indignado y con miedo a claudicar, empecé a buscar alternativas, a tocar otras puertas, a buscar otro camino y a probar con otro amor. Inútil intento. Me enterré en la más profunda de las muertes, para ver si al menos pereciendo tendría un poco de control sobre mis manos, sobre ti, sobre todo esto. No sirvió de nada, el olor de tu presencia, como una vieja herida, me obligo a doblar las manos, a aceptar que estabas —y que estás— aún aquí; muy dentro, en cálido silencio, esperando en reposo para invadirme el aliento, para volver a hacerme volver. Resolví la falta de alternativas y entregado a una abrasiva e inminente derrota tuve que aceptarlo: Eras tú, aquí retomando las riendas que ante nadie más cedí.

Nunca dejé de extrañarte en verdad, te amo como siempre, me has domado una vez más. Reproches, llanto y demás clichés sobran en este reencuentro; no más. Por mi parte todo queda atrás, me entrego a ti de nuevo, tuyo siempre he sido, tuyo siempre fui. Solo una cosa te pido, de rodillas como con nadie más: no me vuelvas a dejar. No sé si tenga ya la fuerza para otra vida, para una muerte más.

Carta de Pedro, para Pedro.

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