Un secreto involuntario… hasta la tumba.

Por Tonatihu Blancas López. Foto Manuel Delgado Tenorio. Tiempo de lectura 8 minutos..


Los pensamientos ya no le interrumpían la conciencia como era capaz de dar cuenta hasta hace media hora, en ese momento eran sólo un vestigio de zumbido en la mente, chocaban de manera intermitente entre la conciencia y la ensoñación, llegaban y se iban tan pronto como los podía percibir.

Humberto Valle había esperado sentirse aletargado desde hacía muchos minutos, pero un estado de alerta súbito le llevó a concentrarse más en sí mismo, en su sintomatología, su respiración, el latido de su corazón; había emprendido una enferma auditoría personal de cada detalle que lo hacía pensar que en cualquier momento comenzaría a interferir con su cometido.

«Veintisiete veces parpadeo por minuto», pensaba y se enfrascaba en un conteo cada vez más antinatural, hasta que caía en la cuenta de lo mucho que comenzaba a distraerse y con ello afectar el resultado de lo planeado, eso comenzaba a irritarle, se reprendía severamente y volvía a intentar fijar la vista en el techo y permanecer así el resto del tiempo; lo cual no ocurría pues, un nuevo distractor involuntario le robaba la atención.

Esa noche veraniega particularmente calurosa, Beto, apelativo con el que siempre se presentaba ante todos (odiaba su nombre, le parecía que Humberto era por sí mismo un atentado desvirtuado y grotesco, una imitación rural de Roberto) había resuelto quitarse la vida, luego de varios meses considerándolo, por fin se había decidido a hacerlo, si bien él no era uno de aquellos típicos casos psiquiátricos de televisión, o los grotescos y traumáticos de los noticiarios, tampoco era alguien que se inmutaba al hablar del tema. Su mente al parecer trabajaba bastante bien, pero sencillamente se cansó rápido de la vida; el acto automático de vivir y competir con millones no le había entusiasmado demasiado, sobre todo luego de formar parte de las estadísticas adultas; matricularse en una universidad, culminar el colegio, obtener un trabajo, y saber que los próximos 30 años tendría que ser así de repetitivo no le hacían la menor gracia ni le ilusionaban demasiado, así que, y por extraño que pareciera, una mañana luego de despertarse con el estridente y molesto sonido de la alarma programada en su equipo celular, desplazarse al sanitario ataviado sólo en calcetines, camiseta de algodón y trusas, levantar la tapa del inodoro, forzar incómodamente la erección matutina de manera perpendicular al tiempo que se encorvaba para ser más preciso durante la expulsión de la cálida y dorada orina de primera hora de la mañana, determinó que no gustaba de la vida y que estaba dispuesto a terminar con ella.

Así fue como Beto cerca de 70 días atrás, tomó la decisión de planear su vida… mejor dicho, su muerte, hasta le alegró un poco darse cuenta de lo que realmente deseaba, algunos de sus compañeros de oficina pudieron percatarse, para gran asombro suyo que ese día lo vieron más animado y optimista al trabajar.

Desde ese momento había un motivo verdadero… al menos para él, por el cual despertarse todos los días y cumplir con la rutina de su vida, le animaba liberarse de una vida que no le cubría las expectativas. De pequeño, cuando imaginaba su vida de adulto, siempre creyó que el hombre nacía para ser feliz, libre, autónomo; lo que nunca pudo asimilar era el hecho de convertirse en una suerte de animal de carga… o de oficina, mismo que por varias décadas viviría atado a una rutina que terminaría por doblegar su espíritu, « ¡No señor!, si de principio no pedí nacer, menos lo hice para ser esclavo» se decía y lo usaba como mantra personal cada día.

Morir no le resultaba del todo malo, es más, ni siquiera le parecía algo por lo que debiera preocuparse, sin embargo tampoco era su deseo hacerlo de manera irresponsable, insípida e intrascendental.

La semana siguiente de concebir la idea, acudió a una agencia funeraria a contratar un plan que diera cobertura a los gastos derivados de su deceso.

―Poca gente se preocupa desde edad temprana de estos asuntos ―dijo la promotora de ventas de la agencia funeraria―. Ha tomado usted una excelente decisión.

―La vida no la tenemos comprada, no sabemos si moriremos habiendo conocido bisnietos, o quizá una mañana como cualquier otra, quizá el próximo agosto 13 ―respondió como si cualquier cosa, habiendo develado así parte de sus planes y añadió―: Es mejor no dejar con esos gastos a la familia que suficiente tendrá con sobrellevar la pérdida.

Acto seguido, firmaron el contrato y los siguientes dos meses fueron suficientes para pagar la totalidad de los servicios en un paquete modesto pero eficiente.

El joven suicida, Beto Valle, contaba con veinticuatro años pero le habían bastado los dos últimos luego de terminar los estudios y trabajar para darse cuenta que nunca sería feliz en un sistema de ordenanza social, razón que le hizo establecer una más de sus decisiones; no deseaba hacer nada escandaloso, no vislumbraba litros de sangre regada o cosas por el estilo, pero tampoco abandonaría esta vida insípida sin dejar huella tras de sí. De forma que se decidió por los neurolépticos y por la trillada pero siempre recurrida nota suicida.

La dificultad para conseguir antipsicóticos o neurolépticos, le resultaba literalmente como arrebatarle un dulce a un niño, o para ser más específicos, como quitarle el bastón a un anciano. Su bisabuela, viejecita octogenaria, deprimida con el ‘mundo moderno’ y que desde hacía tiempo padecía trastornos del sueño, llevaba años que le habían prescrito la toma de Sinogan. Así que, no le resultó complicado abusar de la condición mental de la senil dama, en un descuido sustrajo cuatro frascos de veinte comprimidos del medicamento del interior del maletín de cuero que hacía la función de botica ambulante de la anciana. 

«Obstáculo mayor resuelto», se dijo al tiempo que metía los frascos a su mochila y se despedía de su abuela luego de una fugaz visita.

El último de sus planes era dejar una nota suicida, «Vaya eso suena muy mal», auguró que no le gustaba el nombre, prefería la acepción romántica de ‘nota póstuma’. Así también decidió que la escribiría hasta el día del evento.

El día del suicidio, temprano, desayunó como cualquier otro día, se portó como cualquier otro día y actuó como cualquier otro día, es decir, aburrido e irritable. Por la tarde se despidió de sus padres haciendo especial hincapié en que saldría con sus amigos y no regresaría hasta el siguiente día, necesitaba asegurarse de que sus padres no irrumpirían en medio de la madrugada a su recamara y echarían sus planes a perder. Su padre tenía la costumbre de dormir siempre con el televisor encendido y no notaría extraño cualquier ruido que emergiera de la planta baja, para ser más precisos de su habitación. Al filo de las 22:00 hrs. se despidió de sus padres, prometió cuidarse y les aseguró que al salir echaría llave a la cerradura para que ya no tuvieran que bajar a cerrar, y así lo hizo, sólo que se encargó de cerrar por dentro.

Una vez asegurada la coartada, se dirigió a su habitación, cerró sin echar el pestillo, pues sí deseaba quitarse la vida, pero también deseaba ser encontrado fácilmente, sacó su ordenador portátil y escribió prácticamente al primer intento y sin detenerse la nota final, llevaba un mes entero pensando en las líneas que deseaba plasmar, tanto que logró memorizarla sin mayor problema.

Colocó la computadora en la mesa de noche, a un costado de su cama, abrió el cajón de la misma, extrajo los cuatro frascos de Sinogan, formó un cuenco con la mano izquierda y vació uno a uno el contenido sobre su palma abombada, con sumo cuidado de no tirar ningún comprimido. No elevó ninguna oración al cielo, no emitió un último pensamiento, echó atrás la cabeza, abrió la boca y se vació el contenido de la mano mientras con la otra tomaba un vaso con agua, lo llevó a sus labios y por sorprendente que pareciera lo apuró de un solo trago y con ello la multitud de píldoras viajó a través de su garganta.

Se giró sobre el borde de la cama, se recostó sobre la almohada, entrelazó los dedos y observó fijamente al techo. Al cabo de un par de minutos comenzó por escuchar su respiración… nada, sentir sus latidos… nada, contar sus parpadeos… nada, se dio cuenta de cómo empezaba a razonar la hasta ese momento inexistente presencia de síntomas, se reprendía y volvía a intentar poner la mente en blanco para dejarse ir sin retenerse.

Perdió la noción del tiempo, quizá fuera una hora y media después, cuando distraído se percató del calor en sus mejillas y orejas, del zumbido ensordecedor dentro de su cabeza, del aturdimiento, de la vista nublada que no le dejaba admirar el techo, los músculos relajados y sueltos, un repentino pero adormilado cosquilleo caliente y espasmódico en el estómago, la razón se alejaba de su cabeza, era muy parecido a empezar a quedarse dormido. Por breves momentos le llegaban como un destello a la mente algunos segundos de lucidez y se percataba que estaba muriendo, lo sentía, no había vuelta atrás, el proceso estaba en marcha. Nuevamente la razón y la conciencia se alejaban y reinaba un estado involuntario de somnolencia. Una vez más en su mente y oídos se activaba el estado de alerta, pese a que no podía controlar los músculos ni la vista, el cerebro volvía a funcionar nítidamente por segundos haciéndole notar como se apagaba su vida. «La nota que les dejé aminorará el dolor por mi decisión, y junto con ella descubrirán las cuentas bancarias en las que les he dejado lo que he podido juntar, así como los documentos de los seguros contratados y la facturación de los gastos funerarios», pensó, y al instante siguiente volvía a ser un vegetal de respiraciones débiles y latidos exiguos. Pocos segundos después el cerebro luchando por no desconectarse entraba en estado de alerta y con ello sus pensamientos se arremolinaban y reinaban en su cabeza. Un bajón en la energía eléctrica escupió una débil corriente al cargador de la computadora, y con ella se activó la pantalla en espera… de soslayo, por el rabillo del ojo, que ya no distinguía lo que veía, su cerebro le permitió al ojo captar el recuadro encendido de la pantalla del ordenador, un nuevo estado de alerta se apoderó de lo poco que quedaba de sí, pasó del estado de alerta al estado de alarma… de pánico. «¡Mierda!, no desconfiguré la contraseña para desbloquear la pantalla, nadie la sabe, no podrán ver la nota y las cuentas bancarias, ¿cómo pude cometer ese estúpido…»

La pantalla de la computadora se apagó y al mismo tiempo el cerebro de Humberto dejó de funcionar. 


Tonatihu Blancas

Hasta 1999 estudió la licenciatura en Biología en la Fes-Iztacala, pero la huelga le obligó a abandonar y a realizar cambios de fondo. Es biólogo frustrado más no deprimido.

Posteriormente estudió la licenciatura en Periodismo, y más recientemente la licenciatura en Derecho, actividades que desarrolla de manera intermitente. ¡Habrase visto tal combinación!, sin mencionar la Maestría en Docencia basada en Competencias  que cursó pues desde 2004 y a la par de sus actividades profesionales se desempeña como servidor público adscrito a la SEP.

Realizó estudios de doblaje de voz en Allegro Servicio Publicitario de Love Santini y trabajó realizando loops bajo la dirección de Juan Carralero.

Trabajó como editor y reportero para la extinta Tele10 México de Ecatepec Estado de México.

Colaboró en 2014 con la televisora australiana Seven Network, para el programa Sunday night en la elaboración de un reportaje que retrata las tradiciones mexiquenses.

Apasionado de la lectura y de las letras, publicó su libro “El fuego de la vida” en 2017.

  @beranitt

  1. Está genial!!!!El talento no se puede ocultar ,lo único que no me gusto ,fue la posible fecha que da para su muerte!!Estare al pendiente de otra de tus publicaciones 😘

    • Antonio Reséndiz

      Más de acuerdo no podría estar, hay talento y una forma de organizar las ideas en la cabeza que se nota a leguas. Me gusta su forma ácida de describir a un mundo aún más corrosivo que el relato.
      Acabo de leerlo en un ensayo y me parece excelente la manera en la que usa ambos recursos, el periodístico y el literario.
      Ojalá podamos ver más de él en la revista.
      Tienen muy buenas plumas. Hay algunos otros participantes que me gustan también mucho.

      Aplausos y felicitaciones revista amarcafé.

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