Cuando los libros queman

Por Silvia Santipolo. Tiempo de lectura 3 minutos.


Las historias con libros nos gustan a la mayoría de los lectores. Pero también mirar videos en los que se caracterizan esas historias, es una ocupación agradable. Proveer de imágenes a nuestra mente, adicionarle sonido a la que ya leímos, es enriquecedor. Quizás se asemeje a lo que nos figuramos en el momento de la lectura o quizás no.  Los protagonistas, las voces, la luz, la escena en general, pueden hacer que percibamos mejor los resquicios de una narración.

Claro que también puede ocurrir lo contrario, pero no vamos a entrar en el debate de qué es preferible, las páginas del libro o el film. Apartada de ese debate, les relato una experiencia personal.

El cuento de Jorge Luis Borges, El libro de arena, tiene su representación en la película Los libros y la noche, de Tristán Bauer. Estrenada en el año 2000, es una buena adaptación, que logra recrear un ambiente propio, delicado y misterioso a la vez. Una de sus escenas me impactó: el personaje, entre decidido y asustado, abandona con rapidez un libro entre los estantes.

Me recordó instantáneamente algo, pero no supe qué. ¿Tenía ese momento tan grabado de cuando leí el cuento? ¿O me hizo acordar a otra cosa?

Releí El libro de arena. En él, el anciano protagonista compra un libro sagrado, infinito, muy raro. Sus carillas están numeradas arbitrariamente, no guardan el orden lógico. En los márgenes tiene pequeñas figuras, pero si el libro se cierra, al abrirse en la misma página, las ilustraciones ya no están. Es imposible hallar la primera o la última hoja:

“Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

−Ahora busque el final.

También fracasé…”

El anciano comienza a inquietarse con la posesión del monstruoso libro, puede que se lo roben, puede que en realidad no sea infinito. Las dudas lo llevan a aislarse de sus escasos amigos, a preocuparse tanto que, por fin, decide deshacerse de él. Le quema las manos. Así llegamos a la escena que les mencioné.

Libro en mano, el personaje se dirige a la Biblioteca Nacional, donde trabajó hasta jubilarse. Si el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque, la Biblioteca, que cuenta con novecientos mil ejemplares, es el sitio ideal para esconderlo. En un descuido de los empleados, se introduce en el sótano y deja el libro, tratando de no prestar atención al punto exacto del anaquel donde lo coloca, con el afán de perderlo para siempre.

Al terminar de leer el cuento, salí a caminar. Un fugaz recuerdo iba y venía en mi memoria, pero era así, fugaz. No pude atraparlo. ¿Qué me resonaba de esa escena? Me cuesta creer en los déjà vu…tenía que ser otra cosa. Y así fue. Días después, ya sin buscarlo, como dicen que ocurre con nuestros esquivos pensamientos, rememoré un suceso similar, también de la literatura, como es obvio.

A la sazón, les sigo contando.

David Martín es el protagonista de El juego del ángel de Carlos Ruiz Zafón. Escribe por encargo un libro en el que intenta crear una nueva religión. Pero la tarea lo lleva por un camino tortuoso, diabólico. Su jefe es un ser extraño, con algo de malévolo. Mientras avanza en la escritura, su vida y la de sus conocidos comienzan a estar en peligro. Al igual que en El libro de arena, el manuscrito de David quema sus manos.

Por eso, entre desesperado y abatido, se encamina hacia el Cementerio de los Libros Olvidados, un edificio del que pocos conocen su contenido. Allí se guardan de a miles no sólo los libros, sino junto a ellos, se dice, el alma de quien lo escribió y de quienes lo leyeron. Un espacio inmenso, laberíntico, mágico.

Buscando un lugar donde abandonar su escrito para siempre, camina sin rumbo por los pasadizos, hasta sentirse casi extraviado entre los ensortijados túneles. Al fin, en una pequeña sala:

“Avisté un hueco entre dos lomos de cuero negro y, sin pensarlo, hundí la carpeta del patrón.”

Entonces sí, logré relacionar las dos acciones literarias. Dos libros sagrados o malditos a la vez, dos personajes atormentados, dos decisiones finales, dos espacios olvidados que anidan escritos de características extraordinarias.

Aunque, claro, no puedo eludir otro interrogante: ¿se inspiró Ruiz Zafón en Borges? No lo sé. Las historias con libros son inextricables, pero siempre hermosas.


Fuentes:


Silvia Santipolo

Tesista de Licenciatura en Historia, lectora voraz y una feliz abuela de 56 años. Participa en grupos de lectura virtuales y de un Té Literario presencial en San Cayetano, una pequeña ciudad de Argentina. 

@LectoraPeregrin

Deja un comentario