Vagabunda

Por Nancy Hernández García. Foto de Pascual Borzelli. Tiempo de lectura 4 minutos.


“Las mujeres no somos más que

nuestro cuerpo. En él empezamos

y en él terminamos, él provoca y

guarda nuestros sentimientos.”

“Paloma” (De ánima, Juan García Ponce)

De la pluma de Luis Spota (Ciudad de México, 1925-1985) se desprende una historia apasionante, fuerte, intensa, violenta…

Al tener esta novela entre sus manos, el lector está frente a un verdadero drama y al mismo tiempo es seducido por la bella pero perversa Flor, la femme fatale del trópico mexicano. Este personaje es el más inquietante de todos. Después de una pelea entre Carioco, su amante en turno, y otro sujeto a bordo de la lancha de aquél, entre el forcejeo y la confusión, Flor cae al mar, Carioco asesina al otro hombre y la cree muerta así que sigue su camino. Este es el primer crimen que ocasiona la belleza de esta mujer. Hasta cierto punto la escena no importa tanto, sólo porque es el indicio del destino de Flor y los que la rodean.

Su llegada a Puerto Gaviota, y con ello a la vida de los Ávila, es triunfal: las olas del mar la llevaron hasta la playa, como si de Venus se tratara, y se quedó allí, tendida sobre la arena, casi desnuda pues su vestido estaba destrozado:

—Te la hicieron buena, ¿no? Tu amigo debe ser muy tosco. Te ha dejado la ropa más rota que una bandera…

le dice Mario Ávila, el cojo, quien la encuentra esa mañana.

Poco a poco se va conformando la imagen de la sensual mujer. De su pasado se ignora todo, sólo se sabe que es una prostituta de puerto, sin escrúpulos ni sentimientos; nada la conmueve, siempre actúa para conseguir su beneficio, ¿su moneda? un cuerpo hermoso, capaz de enloquecer a padre e hijo: “anormalmente bella de cara y cuerpo”. Mario, el cojo, que era pintor la describe así: 

—Eres maravillosa, Flor. Tienes armonía divina en las líneas de tu cuerpo, ritmo en tus músculos, plasticidad total…

La novela está narrada de un modo ágil, las páginas se pasan con rapidez pues uno se interesa por saber el destino de Flor y los Ávila; casi toda la novela es ella quien tiene la sartén por el mango, sale ilesa de sus intrigas, se enreda con Pascual Ávila, el padre de esta familia de hombres, como la serpiente que es, lo seduce hasta conseguir transformarlo y hacer que vea únicamente lo que ella quiere que vea. Su contraparte es Perla, la esposa de Miguel Ávila, el hijo mayor; ella se da cuenta de la maldad de Flor desde el primer instante, sin embargo, nada podía hacer, sus esfuerzos porque el viejo Pascual y Miguel se dieran cuenta de las intenciones y sucios juegos de la vagabunda fueron más que inútiles y la causa de su propia muerte.

Perla descubre que su marido también ha caído en las garras de esta astuta mujer y los confronta, hace un intento desesperado por tratar de abrirle los ojos a Miguel, defiende a su familia con uñas y dientes, pero nada consigue. Miguel enloquece y la mata. Su muerte es la segunda ocasionada por Flor. Para guardar las apariencias Pascual monta un circo: una muerte falsa frente a todo el pueblo y un velorio pomposo; con eso también defendía a su hijo y así todo estaría bien: él, Pascual Ávila, se casaría con Flor… sería feliz con ella y sus hijos continuarían con sus vidas. Flor no ocuparía el lugar de Perla, sino que sería la señora de la casa, la mujer de Pascual Ávila, pero pronto se vio que había un abismo entre la forma de ser mujer de Perla y la de Flor.

Mientras que Perla era la encargada del aseo de la casa, preparar la comida, cuidar la cantina y atender a la familia, olvidándose de ella misma, Flor ignoraba el trabajo doméstico por completo, era un Narciso: “Flor no sabía cocinar ni hacer otra cosa que embellecerse.”

Digna hija de Lilith que más que atraer, hechiza. Perversa y fascinante al mismo tiempo o fascinante por perversa; incluso desde un cuadro:

De pronto aquella figura parecía animarse; un extraño fulgor centelleaba en sus ojos; sus manos se desprendían de la tela, llamándolo, atrayéndolo hacia los duros, pulidos, desnudos senos.

Como ya lo dije, Flor y Perla son las dos caras de la moneda. La primera rinde un culto religioso a la belleza pero no alberga ningún buen sentimiento. En cambio, Perla se fue opacando poco a poco por la suciedad en la que los Ávila la habían sumergido, no obstante, queda un poco del brillo de Perla… lo lleva en su nombre; Mario es el único que lo ve.

Perla tenía pureza hasta en su nombre…

—¿Y Flor no es un nombre puro? Las flores son símbolo de inocencia. Se le llevan a la madre y se le llevan a los santos.

—En la selva hay una flor que come carne, que come insectos y bichos. Es una flor que huele mal, a carroña siempre. Cuando la miras, te fascina. Es, por fuera, la más bella de todas. Cuando te aproximas, su peste azota tu cara… De esas flores eres tú, Flor…

Flor bien lo sabía, su destino no tenía nada bueno, era oscuro aunque para ella sólo brillaba el dinero; el lugar y el hombre no importaban. Sabía que no soportaría tener un marido, la vida doméstica no le hacía ninguna gracia, pero también se lamentaba: “¡Si supieran qué duro es tener que vestirse y desvestirse varias veces cada noche!”

Indudablemente Vagabunda es una novela estupenda. Flor, la vagabunda, es una magnífica femme fatale salida de los mares mexicanos.

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