Recuerdos teológicos

Por Maximiliano Sauza Durán. Foto: Morris Engel, 1949. Tiempo de lectura 4 minutos.


Las clases de Primera Comunión iniciaban a las cuatro pe eme. Eran los martes y los jueves. Lo recuerdas bien porque tus padres te obligaban a ir y tenías que dejar pendiente los episodios de tus caricaturas favoritas. Recuerdas cómo Apaseo el Alto aún era un pueblo pequeño y seguro. Te recuerdas yendo con tu mochilita de Pikachú, la cual te decían las monjas que no llevaras a las clases porque ese monito amarillo era del diablo.

Ibas caminando de tu casa al atrio parroquial del centro. Te acompañaba ese monito diabólico y una libretita con notas del Credo y del Ángelus. Quince o veinte niños se reunían contigo y escuchaban los sermones de la Madre Toñita: “A ver niños, cantemos El amor de Dios”, y de repente todos a coro cantaban: El amor de Dios es maravilloso / El amor de Dios es maravilloso / El amor de Dios es maravillosoooooo / Grande es el amor de Dios… La orgía infantil se acompañaba de bailes y juegos. Marianita también iba. Aún no te gustaban las muchachas, ¡ah, pero a ella cómo le gustabas! ¿Recuerdas? Quiso ser tu novia durante toda tu estancia en la primaria Juana de Arco. (De niña, Mariana era flaquita, tenía los dientes chuecos y usaba gafas de botellón.  Era la niña más distraída de todo el colegio. Beto, Juan y tú siempre la molestaban. Solías jalarle la trenza y ponerle apodos ofensivos. No supiste nada de ella cuando te fuiste a estudiar la preparatoria a Celaya. Pasaron doce o trece años, estuviste ausente más tiempo que eso, y después te la encontraste en la calle. Sabías por otras lenguas que ahora Mariana era hermosa, pero no te imaginaste que fuera una de las más bellas mujeres que habías visto. Le pediste su teléfono y te lo dio, quisiste invitarla a salir alguna vez, pero siempre tuvo excusas para no verte. Perdió el interés en ti cuando floreció, como la mariposa que una vez que ha extendido sus alas olvida que en algún momento fue crisálida. Marianita: la chica que se enamoró de ti en la edad en que todo amor es imposible. Ahora ella era quien elegía de entre su séquito de pretendientes. Ya no estaba enamorada de ese muchachito que la molestaba en el colegio. Su venganza fue florecer).

Y sí. Allí estaba ella. Y Beto y Juan: tus compinches de las tardes y los recesos. Ellos no ponían nunca atención, ni en la escuela ni en el catequismo. En cambio tú, vaya que en verdad le temías a Dios. La Madre Toñita lo recalcaba siempre: “Dios nos ama y por ello mandó a su Hijo, hecho hombre, a morir en la Santa Cruz, y así salvó a toda la humanidad”.

Tú nunca habías pecado. Pero te aterraste cuando supiste que naciste pecador. Que gracias a que Adán y Eva desobedecieron a Dios, todos estábamos cometiendo el Pecado Original. Dios te expulsó de un paraíso que jamás conociste. El primero de todos los paraísos perdidos. Y sentiste culpa. Sentías culpa de existir. Te sentías indefenso, y sólo la Comunión con Cristo te salvaba del fuego infernal.

“¿Por qué Dios me hizo pecador y luego envió a su Hijo a morir en la tierra para salvarme del pecado?”, pensabas la incongruencia de los hechos y se lo preguntabas a la Madre Toñita. Ella te respondía: “Porque los Misterios de la Salvación son un plan divino”. Dudar de todo era obtener membresía directa al infierno. Un día eras un niño que veía caricaturas y al siguiente eras un pecador que cargaba una culpa desde tiempos primigenios. Saber la verdad era lo peor que te pasaba. Y así cada día temiste más y más de Dios. Temías de aquel ser omnipotente que te ama tato que mandó matar a su hijo para demostrarte que ese amor sobrepasa todos los amores.

Y te compadeciste. Te dio tanta lástima escuchar sobre la traición de Judas. El beso que le dios a Cristo. La señal para embaucar al Hijo de Dios. Te dio lástima escuchar que lo cambió por unas cuantas monedas.  Pero no sentiste enojo, sentiste lástima. Le preguntaste a la Madre Toñita si ese Judas Iscariote se fue al infierno o no. Te respondió que por supuesto que sí. Allí todos se rieron de ti, de tu lógica. Incluso Beto y Juan se burlaban inmisericordes. Todos reían porque ¿cómo podrías pensar que Judas no estaría en el infierno, si fue él quien traicionó a Cristo Jesús? Pero no te importó la mofa. Volviste a preguntar: “¿Qué no todo es un plan divino?”

Tú mejor que nadie lo sabías. Si Dios tiene un plan para todos, en el caso de Judas ese plan era el traicionar a Cristo, entregarlo a las autoridades, hacerlo morir y, gracias a ello, salvar a toda la humanidad. ¿Cómo podría Dios mandar al infierno a un hombre cuyo destino era hacer el trabajo sucio necesario para salvar al mundo entero? Recuerdas que lo dijiste con otras palabras. Con palabras de un niño de ocho o nueve años. La Madre Toñita quedó atónita. Tus compañeritos también. Un silencio imperó en el pequeño salón parroquial donde tomaban clases de catecismo en el Atrio de San Andrés.

Después de reflexionarlo por un momento, la Madre Toñita por fin te respondió: “Porque los Misterios de la Salvación son un plan divino.”


Maximiliano Sauza Durán 

Arqueólogo egresado de la Universidad Veracruzana. Autor del libro de cuentos Los monstruos de marzo (2016).

@MaxSauza

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