La jaula sin puerta

Columna | Después de la crisis | Por Pedro Lucero Lopez. Foto de Chema Madoz. Tiempo de lectura 5 minutos.


A diferencia de las experiencias laborales anteriores, el trabajo que tenía casi dos años desempeñando en aquel complejo ubicado exactamente donde se acaba la ciudad y comienza el monte, no me hacía sentir asqueado hasta el punto de no poder distinguir entre ataraxia y una depresión con tinte suicida. Ni el trayecto de muchos kilómetros para ir a trabajar antes de que se asomara el sol, ni el sueldo insuficiente me molestaban en lo más mínimo. Incluso puedo decir que, a la satisfacción que mi labor traía, el dinero era un extra bienvenido, y el camino a las seis de la mañana era un paisaje que en fines de semana hasta he llegado a extrañar.

Sin embargo, ese cambio que la vida me había dado en cuestiones de trabajo, si bien agradecido, no había logrado apañar del todo el resto de las mareas —y mareos— que rompían contra el interior de mi cabeza siempre que mi costumbre de sobre-pensar las cosas lograba empeorar situaciones por la pura facultad del pensamiento obsesivo que pilotea a varios de nosotros los ya no tan jóvenes. Creo que por fin dejé de escuchar el famoso “el trabajo cuesta trabajo, por eso pagan por hacerlo” que mi madre repitió a lo largo de mis veintes cuando me quejaba de los horarios de oficina, las corbatas y las guardias en sábado. En su lugar, ahora galopaba por mi frente el “no hay dicha completa” de mi padre, taladrándome el subconsciente cada vez que pensaba en las deudas del mes, en lo poco que había escrito últimamente, en lo olvidadas que tenía las reuniones familiares, en lo hueco de muchas amistades que algún día juré como eternas, o en ti, en nosotros y en que el paso del tiempo no necesariamente sedimenta la incertidumbre del pasado, sino que incluso enturbia la del futuro.

Son esas cinco voces las que al gritar su diálogo al unísono se funden en un zumbido aturdidor que me nubla el mundo cada vez que se me ocurre paladear un ápice de esa felicidad momentánea que se me atraviesa en el fugaz “aquí y ahora” de una jornada laboral casi siempre tranquila. Así es normalmente durante el día. De noche, dos horas para conciliar el sueño, y por sueño hablo de pesadillas y despertares cada tres horas. Por despertares me refiero también a abrir los ojos más cansado de lo que estaba cuando los cerré.

Un Miércoles en el que más que estar en pleno dominio de mi existencia parecía estar presenciando la película de una vida ajena —tibia y sin clímax, por cierto— el ruido mental era tan particularmente estridente que ni siquiera seguí el impulso de encender el radio o ir dando sorbos al café que de un tiempo a la fecha me da lo mismo si es bueno o insípido, amargo o dulce, frío o caliente. Casi media hora en vía rápida y ni siquiera recuerdo salir de la calle que conecta mi casa con el periférico. Al poner la alarma mientras caminaba a través de un estacionamiento eterno, el olor a pasto recién regado con agua residual logró sacarme de la catatonia matutina. Fue entonces cuando lo escuché.

Claro, aunque no tan fuerte, un pitido a la distancia captó mi atención disipando la neblina ya usual de los sentidos. Corto, agudo e intermitente viajaba desde la entrada cortándose camino a través del bullicio ensordecedor de mi monólogo interior y me afinaba el presente de cabo a rabo.  Por el patrón de repetición casi exacto que presentaba, y por parecer venir directamente desde el pasillo de las escaleras en el edificio principal, asumí que nuevamente se había descompuesto la alarma contra incendios del segundo piso. Solo al ir subiendo el primer nivel de escalones de frente al ventanal de tres niveles pude darme cuenta que la alarma del segundo piso estaba intacta y tan llena de polvo como siempre; el sonido lo perpetraba alguien más.

No menos alarmado de lo que estaría en medio de un incendio, un pájaro del tamaño de mi puño y del color de un día nublado pronunciaba en intervalos de siete segundos un grito de auxilio y desesperación desde el filo de una cornisa metálica que separaba una hoja de vidrio de la otra. Con la mirada fija en las copas de los árboles del patio central y las patas dando dos pasos laterales entre cada grito, hizo caso omiso de mi intento por asustarlo para ver si en respuesta la reacción lo hacía volar y encontrar el camino de vuelta hacia el umbral de las escaleras de la planta baja. En un principio me causó cierta gracia verlo ahí dotando a todos los casi vivos colaboradores de la empresa de una sonrisa al ser recibidos por algo tan inusual como un ave cantando en medio de una mañana de rutina exactamente igual a las demás. Supuse que eventualmente encontraría su camino de vuelta o que de alguna manera alguien lograría ayudarlo a salir.

Luego de la primer hora de trabajo, y gracias a alguna palabra aleatoria que casualmente logró llevar mi tren del pensamiento de vuelta a él, empecé a ponderar la situación en la que se encontraba y los posibles desenlaces a aquella inesperada travesía en busca del nido o el sustento. Al bajar de su morada habitual en los árboles en busca de algo de comida en el suelo o en los botes de basura, debió haber perdido el camino y al levantar vuelo con vista de frente al lugar de origen jamás espero toparse con una barrera invisible que se erigía entre él y su destino. Ahora, confundido y con miedo, se amargaba en la impotencia de no entender por qué podía ver las copas de los árboles pero no llegar a ellas. Arremetía una y otra vez hacia el frente, como su instinto lo dictaba, tentando con el pico la barrera imperceptible y buscando una respuesta a lo inconcebible de su impedimento.

La necesidad y el descuido lo habían llevado lejos del camino conveniente, el impulso inherente a su naturaleza lo llamo a emprender el ascenso en dirección errónea. No fue la intención equivocada ni una decisión consciente las que lo llevaron a entrar por sí mismo a una prisión que, aunque amplia, no deja de ser una jaula que le impide surcar el cielo y volver a casa.  Fue el hambre, fue la falta de experiencia, fue la vida. Si tan solo alcanzara a entender que la libertad está completamente en su poder. Si solo fuera capaz de entender que puede burlar por sí mismo los límites de su prisión. Solo bastaría con que atinara a dar la vuelta, a mirar hacia atrás y replantear sus pasos, para darse cuenta de que puede irse exactamente por donde llegó.

Transcurrió el día como de costumbre, entre juntas, exposiciones, fechas de entrega y risas obligadas. Me distrajo el deber y no volví a pensar en la jaula abierta hasta que al firmar de salida me dirigí a las escaleras y escuché nada más que una pareja discutiendo en voz baja a dos salas de distancia. La alarma alada había cesado y mientras bajaba al primer piso recorrí el ventanal con la mirada y luego el suelo, pero no encontré rastro alguno de él. No había forma de saber los pormenores del escape. No supe si por fin había entendido cómo salir o si algún buen samaritano se había apiadado y de alguna manera había asistido su liberación. De cualquier manera, estaba nuevamente extendiendo las alas y probablemente no volvería a perder el camino… o tal vez sí.

De camino a casa decidí desviarme y visitar a mis padres. Resolví que no había nada que podría hacer respecto a las deudas excepto irlas pagando poco a poco y dejé de sentir la necesidad de extrañar a amigos que no me extrañaban a mí. Cuando me senté frente a la computadora vi tu mensaje preguntando que tal había estado mi día, por lo que decidí retomar la inspiración y la letras contándote sobre el ave pequeña con color de nube cargada. Te escribo presionando el pico contra el vidrio, desde este lado del ventanal.

Deja un comentario