El amor en los tiempos de Salvador Elizondo

Por Nancy Hernández García. Tiempo de lectura 11 minutos.


“La apariencia de las mujeres rara vez coincide

con los sentimientos que nos despiertan”

Salvador Elizondo

Quizá el título de este ensayo parezca descabellado y se crea que no guarda alguna relación con la producción literaria de Salvador Elizondo, pues él no solía hablar de amor; su obra tiene temáticas como el erotismo, el sadismo, el sexo, la identidad, la ciencia, la pintura, la fotografía, pero no habla de amor. Bien, yo me atrevo a decir que Salvador Elizondo sí habla de amor.

Elizondo vio la luz primera de la vida en el año de 1932, en la Ciudad de México, pero también vio la luz de muchas otras ciudades, experiencias que le sirvieron para tener una visión más cosmopolita que costumbrista y que refleja en su literatura. Es en su tierna infancia cuando comienza este cosmopolitismo al ir a vivir a Alemania, regresó a México siendo aún un niño, mas los viajes continuaron en la adolescencia, la juventud y la edad madura, en los que ya iba acompañado de su adorada esposa Paulina Lavista. Los viajes lo convirtieron en un hombre conocedor, de mundo pero también hicieron una gran aportación al escritor: la posibilidad de que el escenario de sus cuentos y sus novelas fuera cualquier sitio, imaginario o real o combinando ambas posibilidades; no hay un lugar concreto porque se trata de lugares literarios y en la literatura todo es posible.

Otro elemento que le proporcionó su estancia en varias ciudades del mundo fue el dominio de varios idiomas: alemán, que aprendió y tuvo casi como lengua materna; inglés, francés, italiano y a últimas fechas, también se interesó en el conocimiento del chino. Estos idiomas le serían de gran utilidad ya que, además de genial escritor fue sensacional traductor. Gracias a su trabajo de traducción fue que se tuvieron en México las mejores versiones españolas de autores universales, pero su trabajo no sólo fue de traducción sino también de un estudio profundo de aquello que estaba haciendo legible al lector en español. Sin embargo, su calidad de políglota también le dio un giro a la literatura mexicana pues, no es raro encontrar citas, algunas líneas, pequeños o grandes fragmentos en alguno de los idiomas que hablaba en sus novelas y en sus cuentos. Todo esto como parte de su afición por el lenguaje, que a veces también funge como protagonista. 

Una vez planteada la importancia de los viajes, los idiomas y el lenguaje explicaré por qué afirmo que Salvador Elizondo sí habla de amor. Sucede que todas las personas somos incapaces de huir de la acertada flecha de Cupido y más aún de escapar de los caprichos de Venus, el amor es un gran motor y generador de milagros; y nuestro escritor no sería la excepción, tan es así que en su vida personal hubo muchos encuentros con el amor, se enamoró incontable cantidad de veces; su amor por la escritura y la literatura también cuenta.

Él mismo, en su Autobiografía precoz, comparte con sus lectores sus enamoramientos y también los desencantos vividos. Ahí cuenta que estaba enamorado de su nana alemana, que luego se enamoró de la mujer que sería la madre de sus hijas, de la carismática conductora de televisión Pepita Gomís y de muchas otras bellas mujeres que se cruzaron en su camino. Esta autobiografía, aunque con mucho trabajo literario, es un buen comienzo para entrar a la vida y obra de uno de los más grandes escritores que ha dado México al mundo. El texto es precoz, sí, pero creo que ahí radica su éxito, ya que Salvador nos narra sus primeros años y a eso hay que agregarle que “infancia es destino”. Desde pequeño mostró un carácter nervioso y para calmarlo su madre le recitaba poesía (así nació su amor a la poesía), al mismo tiempo se despertó en él un sentimiento de admiración y veneración por la belleza femenina que pone frente al lector cuando habla de la blanca belleza de su nana alemana, de cuánto le encantaban sus trenzas rubias y que era tan bella que ni siquiera se atrevía a tocarla sin algún motivo. Algunos años más tarde se enamora de una linda joven a la que espiaba mientras tocaba el piano, aún de espaldas le parecía atractiva. Vivió un amor intermitente a su lado y como fruto de ello nacieron sus hijas. La autobiografía termina cuando él aún es muy joven, treinta y tres años.

Eso fue en su vida personal, en la obra literaria está el cuento “Puente de piedra” en el que alude al tema amoroso, a la pareja de novios jóvenes, al deseo y a la timidez propia de esa edad. La primera línea: “‘Tienes que venir al picnic’, le había dicho, ‘ésa será como la prueba de fuego de tus sentimientos’”, pone de manifiesto que este es un cuento diferente a los demás, que en él no se hablará de ciencia y experimentos sino de algo mucho más simple y a la vez más complejo que la ciencia: el amor.

Los protagonistas, él y ella, tendrán una cita en el bosque para que ella crea en las buenas intenciones de él. Estarán solos por primera vez, pero la soledad no será la del cuarto de hotel de paso sino que estará ambientada en el bosque a la sombra de las grandes copas de los árboles. Aceptarán ir a ese picnic aunque les gusten más los lugares cubiertos como los cafés y el cine; la circunstancia en la que se verán es propicia para el amor, incluso romántica.

Ella, obviamente, estaba muy nerviosa por esa salida y lo que implicaba, ellos dos solos en el bosque: tendrían que interactuar siendo ellos mismos para mostrarse tal cual al otro, por eso pasaba de la alegría al llanto con gran facilidad, esta situación era muy inestable. Por supuesto que ella trataba de hacer a un lado sus nervios y reprimía, hasta donde le era posible, el miedo que sentía; ese miedo no es otra cosa que el miedo que todos sentimos frente a lo desconocido, y aquí se trataba de mostrar los sentimientos, es decir, ella tenía que hacerle notar a él que lo quería y él tenía que demostrarle su correspondencia. Además, ella creía que había hecho mal al aceptar la invitación al picnic, sentía culpa pues, siendo una señorita decente no tenía por qué verse con un hombre en un lugar abierto pero alejado de la ciudad, en donde podía pasar cualquier cosa si se dejaban llevar por el deseo.

Al contrario de ella, él tenía puesta toda su fe en ese paseo. A pesar de que no le gustaba la idea de que la cita transcurriera en un bosque porque detestaba la naturaleza y porque sabía que en ese bosque era escenario de actos como: perros que acudían a devorar los restos de la comida de los picnics, mujeres gordas que usaban pantalones, empleados deplorables jugando futbol con sus hijos y adolescentes tocando canciones de moda con su guitarra. Mientras ella sentía, él pensaba. Esta es una de las grandes diferencias entre los géneros: las mujeres somos más sensitivas, pero también tenemos la capacidad de analizar las situaciones y ver los puntos a favor y en contra; ellos son instintivos, pero se piensan más las cosas, no porque de verdad analicen sino porque tienden a esperar señales de ellas. Este es el punto donde el cazador se convierte en presa.

Él, como buen anfitrión y como todo un caballero, se encargó de elegir el mejor lugar para su salida. El sitio debía tener el clima adecuado para que el vino que beberían no ejerciera efectos inesperados en ellos, tenía que ser el adecuado para poder charlar (para lo que él tenía que platicar con ella), adecuado para poder detenerse durante la caminata “para recoger una piña y poder exclamar: ‘¡Mira, está llena de piñones!’”, y el único ruido que los interrumpiera sería el del arroyo. Sin duda era el escenario perfecto para una cita romántica, que además tenía la posibilidad de ser inolvidable (si salía de acuerdo a los planes). Pero aquí no cabía la posibilidad de fallar, todo tenía que ser perfecto y único (sin la posibilidad de ser o de no ser) porque “de la perfección de un instante dependía la realización de un sueño”.

En el cuento todo tiene la posibilidad de ser o la posibilidad de no ser, por ejemplo, si llovía tendrían que encerrarse en el coche y escuchar el radio, pero también podrían besarse o no, o sólo mirar caer la lluvia sin decirse nada. En este sentido, el silencio es importante pues, muchas veces dice más que la voz; interpretarlo es un juego peligroso en el que se puede acertar o no a lo que el otro piensa, puede ser que mientras se le vea a los ojos se descubran todos los secretos que guarda… todo puede pasar si se guarda silencio o si se habla.

Cada instante es importante por su calidad de único y porque es parte del tiempo mismo, es decir, un instante no es otra cosa que una pequeña cantidad de tiempo, es un pedacito milimétrico de eternidad y el buen o mal sabor de boca que nos deje depende del suceso, que podemos modificar o crear, como en este caso lo hace él al planear el picnic en el que le hablará de sus sentimientos. Nada mejor para encapsular instantes que una cámara fotográfica. Por eso él llevó una con película ultrasensible para poder captar a la mujer claramente a pesar de la poca luz. Una vez que llegaron a Puente de piedra él decidió fotografiarla sentada dentro del coche, porque su pose, y ella en sí, era bella. La captó de muchas maneras: haciendo caras serias y caras chistosas, pero la mejor fotografía fue la que tomó cuando él le dijo que la amaba y ella se turbó. Ésa fue la mejor foto porque no hubo pose, sino la expresión natural de la sorpresa.

Lo erótico también aparece aquí. El día de la cita él va a recogerla a casa de una amiga; estaba vestida de un modo poco femenino y él sintió un desencanto momentáneo al verla con pantalones y una camisa ligera, totalmente diferente a lo que esperaba: “Hubiera preferido una falda de tela escocesa, un saco de tweed, unos mocasines de cuero rojizo que fueran como la premonición de un bosque de pinos.” El hecho de que ella estuviera cómoda antes que ad hoc con el picnic en el bosque hace que él no la reconozca totalmente, es decir, siente que no es la bella mujer a la que ama, después, cuando la reconoce, tiene un pensamiento que nos devela un gran secreto masculino: “La apariencia de las mujeres rara vez coincide con los sentimientos que nos inspiran.” Otro elemento erótico es  tener el conocimiento de que ella le pertenece; primero le pregunta “¿Verdad que eres mía?” y luego le pide, imperativamente, que le diga que es suya y a esas frases agrega una más: “Dime que me amas”. Ella no responde directamente a ninguna. En la primera pregunta finge estar dormida, tampoco dice lo que él le ordena pero piensa por qué se lo pregunta (seguramente ella se lo hacía saber de distintas maneras que resultaban sutiles, imperceptibles para él que sentía la necesidad de escucharlo de su boca. Necesitaba que ella repitiera que era suya para que él por fin lo creyera) y al otro imperativo responde con un beso. Las caricias, los besos y las preguntas aunados al bello escenario son en sí un suceso erótico, es el preámbulo del siguiente paso o incluso podría interpretarse como la relación sexual misma pues, es la unión de la piel, de los labios, de las palabras, de las miradas y él siente placer al verla como la mira y sabiendo que la está dominando, que efectivamente es suya y que no la dejará ir, y que por supuesto que ella también lo ama.

El paseo tenía una finalidad, la de afrontar su relación. En el momento en que él se lo propuso faltaban varios días para el domingo, el día del picnic, y en ese tiempo ambos tendrían que pensar muy bien en su relación que “había sido una relación mantenida bajo la lluvia, en la ventisca que hacía golpear las  puertas, sombreada de nubarrones y agitada de presurosas carreras para llegar a la portezuela del coche cuando empezaban a caer las primeras gotas del chubasco.” Esta idealización nos indica que el noviazgo se dio en el verano, que es el tiempo de lluvias. Y el verano siempre es testigo de los idilios que se dan en su calor bochornoso, pero también es la estación en la que los paseos son más románticos bajo la lluvia, es la época que ve nacer amores fugaces y amores duraderos o amores de cada verano, que se interrumpen con la llegada del otoño pero se reanudan al siguiente verano.

Hasta aquí todo era perfecto, pero él no contaba con que su lindo paseo se vería perturbado con la aparición de un albino demente, que rompe esta atmosfera romántica. Su aparición impide la posibilidad de que el picnic fuera inolvidable por bello y que pasara cualquier cosa que hubiera podido ocurrir pues, asusta tanto a la joven que se van y no hablan en todo el trayecto de regreso. Al llegar se despiden pero de un modo tan desanimado, cada uno pensando cosas distintas. Según el final, existe la posibilidad, yo lectora tuve la sensación, de que después de ese picnic jamás volvieron a verse, pues Elizondo nos dice que cuando llegaron a la casa de la amiga de ella, “aún estaba pálida y así la recordaría por siempre”; esta frase me hace pensar que finalmente no afrontaron su relación, que fue un amor de verano.

La historia de este amor es única, rara, incomprensible e impredecible. La explicación que tengo es que siendo un cuento escrito por Salvador Elizondo no podría ser de otra manera, también por aquello de la posibilidad. Sin embargo, sí nos cuenta una historia de amor, claro, no es el típico enamoramiento idealizado en el que la doncella espera al valiente caballero que la hará feliz por siempre; más bien es una historia que podría se real; el hecho de que los personajes no tengan nombre y sólo sean “él” y “ella” ya abre cabida a la posibilidad de que sea la historia de cualquiera de los lectores, puede haber empatía o identificación con la situación y los personajes. La necesidad que él siente por escuchar que ella le pertenece y que lo ama, puede deberse al presentimiento de que es la última vez que la verá y trata de aferrarse a ella, a su olor, a su rostro, a su piel, para poder recordarla por siempre y también por eso la fotografía de todas las maneras, inclusive cuando él le dice que la ama y ella se queda atónita, pues esa fotografía le recordará la cara que puso cuando le dijo “te amo”, el instante no sólo estará grabado en su mente, también será tangible porque lo encerró para siempre en la foto.

Pues bien, el amor en los tiempos de Salvador Elizondo no fue distinto de lo que los jóvenes conocemos como amor actualmente, al contrario, precisamente por tratarse de un tema universal es que la historia no es ajena ni extraña, por más locamente que esté narrada, me parece que Elizondo se adelantó a su tiempo o que somos herederos de los sicodélicos sesentas (época en la que aparece Narda o el verano, volumen que recoge este cuento). Tal vez el amor se ha vivido de la misma manera a lo largo de la Historia, tal vez es un pensamiento más de Pao Cheng. Lo único cierto aquí es que Salvador Elizondo también era un enamorado del amor, y no sólo de sus demás aficiones a las que se entregaba con pasión, en palabras de su viuda, Paulina Lavista: “Salvador no era un lujurioso sino un enamorado de la belleza de las mujeres.  Se enamoraba y se desenamoraba con rapidez. Era muy romántico”. La lectura y el análisis de “Puente de piedra” han comprobado esas palabras, que en ningún momento dudé, sólo que nada de lo que había leído del escritor me lo hacía evidente.

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