Voluptuosa búsqueda: lo amoroso

Por Luis Enrique Escobar. Foto: Psique reanimada por el beso del amor, una escultura de Antonio Canova. Museo del Louvre, París. Tiempo de lectura 7 minutos.


La cursilería y sus iteraciones

De muy buena fuente sé que la comedia es un género trágico, y la tragedia uno cómico. Es irrelevante el posible reparo académico, la rígida distinción por la que la jerarquía de las categorías literarias ordena, a la comedia y a la tragedia, en espacios bien distintos. La razón es que a lo largo de la vida, las experiencias no se separan de esa forma. Mucho menos en lo que toca al amor. Empiezo.

El amor es de esas palabras cuyas resonancias complican fácilmente las definiciones; al menos las empalman, es una y otra cosa. Puede ser una emoción, un concepto, una relación a estudiar. Motivo artístico, argumento narrativo. El amor es desmesura, una dolencia. También origen de chismes inmejorables. El amor es un detonador de la conversación, de la empatía, de la memoria.

La primera causa de lo anterior es que el amor es condición universal de los humanos, y según pareciera, de algunas otras especies animales. Todos lo hemos vivido. La segunda causa, es que es un misterio. Tenemos más dudas y temor que certezas. De ambas causas resulta que lo vivido hace siglos por personas en espacios muy distantes, se reformula en nuestras circunstancias. De ahí la cercanía con cosas de otros mundos, de otras situaciones.

De ahí la preservación en rincones rurales de medio mundo, de leyendas de amantes frustrados o fatídicos. Pero de la universalidad y misterio del amor vienen también cosas menos afables: la consagración del 14 de febrero, el éxito de las páginas de consejos románticos, de “coaches” de relaciones y una buena parte de los libros más vendidos. Tal mercantilización se corresponde con una urgencia de traslación, de comprensibilidad. Hay mucho en juego para rondar a ciegas.

Toda persona necesita verse en el espejo del amor ajeno, sea por la ficción, por el consejo de una revista o por la plática sobre conocidos y amigos. Colmar esta necesidad sirve a modo de confirmación, de guía, de advertencia. De cualquier forma, la sensibilidad romántica contemporánea donde estos espejos tienen alguna importancia, es inescapable. Estamos imbuidos de sus modos reconocibles de relacionarse, de sus palabras cargadas de significado, de sus prácticas socialmente sancionadas.

Hay objetos que capturan esta sensibilidad, que usados del modo establecido, escenifican los sentimientos que asociamos al amor: los ramos de flores (rosas rojas), cenas con velas, cartas con textos a mano, joyería fina con el clímax de anillos con diamantes y demás. Regalos inesperados o celebratorios. Es un catálogo de la cursilería, y por lo tanto, de lo trillado y de lo ridículo. Pero a sabiendas de serlo, están presentes en todo sitio. El amor también es un cupido regordete, que carga chocolates y peluches.

Pero de la cursilería y el ridículo hay que aclarar un punto: los artículos que pueden parecer así, ganan su validez y permanencia no por el objeto en tanto sí, sino en su cualidad simbólica, condensatoria. Son usados por todo mundo en muchas ocasiones, porque a pesar de cursis, comunican muy rápidamente un propósito. Los detalles o regalos, no por ser ridículos son menos veraces en su función, en su intención. Por su legitimidad se esperan y por ésta se ofrendan. Tanto como el cliché, lo cursi es insustituible.

El circo de las pasiones

Tal como vemos una y otra vez la entrega de regalos, para luego hacerla nosotros mismos, y recibirlos con gusto o hastío; con frecuencia parecida repetimos pautas del sentimentalismo. Pasamos del éxtasis al pozo, pensándonos únicos, cuando la excepcionalidad de la experiencia amorosa es personalísima. Nada es más visto que un corazón roto. Es por cada caso, y como fruto del azar, que tales experiencias que nos desbordan adquieren algún sentido duradero.

En este mismo sentido, fallar y lastimar emocionalmente nos enardecen cuando nos toca sufrir, pero al causar el sufrimiento, no nos preocupamos demasiado en un principio. Cuando mucho, y sólo luego de algún tiempo, podemos experimentar remordimiento, culpa. Y a veces ni eso. Sólo nosotros sufrimos.

Esta sensación relativa al dolor, a la decepción, permite justificarse ante sí mismos a quienes se sienten buenas personas en lo fundamental, indebidamente tratadas por sus semejantes. Es decir, todo mundo. En la actitud victimizante en que todos caen cada tanto, así sea sólo por momentos para sobrevivir psicológicamente, hay una radical incomprensión de lo hecho en el pasado por sí mismos. Burlar y ser burlado es parte de la condición humana: ser a veces víctima y en otras, victimario. En ocasiones galán y en otras pretendiente frustrado; a veces amada, y otras aborrecida. Lo mismo tipazo o patán, zorra o fiel dama. Para quienes sufren es la tragedia, para quienes lo observan, es un remedo cómico, algo conocido.

Aunque no debemos engañarnos, hay que ver las cosas con honestidad. No todos vivimos a partes iguales los opuestos papeles de la comedia humana. Quienes son feos y gordos vivirán menos ocasiones como seductores, que quienes son apuestos y de cuerpos esculpidos. Lo mismo las mujeres atractivas; en más ocasiones serán galanteadas y aún amadas, que rechazadas. Dispondrán de pretendientes con mayor facilidad que las deschistadas. Aquí dinero, posición, apellido o pasaporte bien pueden alterar un poco las regularidades; y hacer de las contradicciones anecdóticas, posibles ejemplos a emular por la codicia o servir de consuelo a los poco agraciados.

Otra regularidad de importancia, por multiplicar los contactos humanos, depende de la personalidad. A nadie se le oculta el poder magnético de quien destaca por su desenfado, por su presencia, por su simpatía, por su conversación o por su seguridad. Estas cosas pesan distinto en hombres y mujeres, pero ausentes o presentes sirven para desequilibrar con mucha fuerza las ventajas o desventajas de los atributos físicos.

En lo que toca a la inteligencia, considero que cualquiera entiende cuando alguien la posee en alguna de sus manifestaciones principales (aunque definirla sea un enredo). Recordarán entonces, que en los malentendidos emocionales, sexuales y conexos, la inteligencia no da ventaja alguna e incluso puede hacer más vulnerable a quien la tiene. Sospecho que las personas sobresalientemente inteligentes rara vez tienen muchas parejas, o se van al contrario y viven un interminable carrusel de relaciones. Pues adiestran las condiciones previas al amor (el cortejo) y su emoción natural, pero no su realización (que a todos aterra), y mucho menos sus consecuencias (muchas veces impredecibles).

Algo incontrolable, llamémosle suerte o destino, nos hace vivir los extremos pasionales; sean con la misma persona o con personas varias, y en posiciones siempre cambiantes. Es un gozo y un agobio que nos persigue por años, a veces para siempre. La búsqueda del amor, es un placer doliente.

Los enamorados

Los enamorados ignoran qué es lo que siente su contraparte. Es en buena medida un ejercicio de la imaginación, pero a diferencia de otros muchos, es un juego compartido. Para paliar la ignorancia sobre la contraparte, usamos metáforas, frases aprendidas en algún momento de la infancia y primera juventud. Acudimos a cursilerías. O sencillamente atendemos la respuesta a los detalles que dedicamos, pensando que agradarán o aliviarán alguna necesidad (material o figurada). Buscamos a la contraparte en estas ofrendas.

También vemos el fondo de la mirada opuesta para asegurarnos que hay algo. Pero es un voto, una aspiración a que ambos sientan lo mismo. Y eso no es así, no puede serlo. A lo más que se acerca esa igualdad imposible de sentimientos, es que éstos sean de intensidad semejante, simétrica. Una intensidad inconfundible.

Gracias a La llama doble sabemos que esa intensidad es el umbral previo a la pregunta irresoluble del amante: ¿quién eres? Pregunta sin respuesta. Vértice del tiempo, por tratarse del fondo elemental de cada uno de nosotros, porque inquiere ante la última de las máscaras con que embozamos nuestra persona: la máscara secreta. Y el secreto indevelable es El rostro.

Y de éste no vemos sino un atisbo, que revela de nos, cuanto nos es revelado de la contraparte. Y sólo ocurre con alguna duración efímera cuando la cópula es amor en acto. O es aún más huidizo y fragmentario, pues la confirmación de amor ocurre por una serie larguísima de pedruscos mínimos de afecto. En una imagen: lo entrevisto es como el sol entre las hojas de las copas de los árboles. Luz imperfecta, belleza en los negativos. Su manifestación eficiente, la inconfundible energía, es la sed compartida por la persona amada, la saciedad imposible del pelo, del mirar y la piel de la contraparte. Ahí la realización.

Para explicarme vuelvo a las plantas: lo dicho apenas es el fruto colorido, o la florescencia magnífica. La raíz del amor es el deseo de ser deseado, de ser frenéticamente deseado. Su origen es la angustia por sentirse en la apetencia del otro. Una suerte de expectativa, de licencia para soltar amarras. Evidente cuando se recuerda insistentemente al otro, en una fantasía de futuro común, de alternativas posibles, y en la memoria minuciosa de pequeñeces. Si este deseo contrario no se comprueba, no habrá simetría posible.

Puede haber sexo, compañía, atracción, familiaridad y hasta afecto. Y de alguna de ellas, o su combinación, pueden establecerse toda la gama de ayuntamientos humanos. Pero si la unión no alcanza un cúmulo equilibrado de qué se siente, quiere, espera e intuye, el amor no será. Sólo las hojas, sin luz, en lo alto de las copas. Y ello, es lástima para alguno.

Lo que distingue al sentimiento amoroso es una energía no mundana, que sólo aparece, ascendentemente, por la afinidad de personalidades, la amistad profunda, la confianza, el desenfreno del sexo, el afecto incondicional y ese arrebato casi doloroso de las emociones. En ello junto, pero sobre todo en el arrebato, y no en la ternura, que una mascota bien puede sustituir parcialmente, o en el sexo, que se puede comprar, es que la experiencia amorosa cobra vida. Existe, como debilidad, como vulnerabilidad escogida.

Amar es liberación de incondicionalidad y búsqueda del absoluto que toda persona lleva dentro, que sale muy pocas veces en su vida, y sólo para los elegidos. Amar es entrega y suma, algo cercano a la devoción. La experiencia decisiva para todos. Sólo la energía del estar juntos, la voracidad insaciable del otro y por el otro que comparten a solas quienes se aman, así sea breve, tormentosa; o apacible y cómodamente, justifica nuestras vidas.


Luis Enrique Escobar

Nacido en la Ciudad de México en 1991, le gusta discutir y reír.

@LuisenEscobar 

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