La infinita resta

Por Maximiliano Sauza Durán. Tiempo de lectura 4 minutos.


I


(Pero si no había calle que no fuera un río. No había ni una palabra que no estuviera turbada por la noche. Ya no había adónde ir. ¿Cómo podría, entonces, el aire carecer de todo lo conocido?)

Caminé y me di cuenta de que la ciudad había cambiado. Reconocí en la ausencia total de palabras la ausencia total del mundo. Éramos solamente la noche y yo los que compartíamos esta ciudad en ruinas. Me dediqué a caminar: pasar entre los charcos y los cántaros llenos y vacíos del cielo. No había ni un alma allí afuera. Ni siquiera reconocía la calle enorme por la que caminaba. Transitaba mi sombra con el ritmo de los arroyos en la calle. (Ya con lluvia el aire deja de penetrar los nervios, el frío se vuelve una especie de coraza. Pero aquel frío era algo más. Aquella lluvia era más un augurio, un presagio de no-sé-qué verdad oculta en el naufragio que era yo mismo.)

Recordé, de pronto, a Gombrowicz: “No hubiese sido héroe de no haber sido cobarde”. ¡Ay!, la cobardía. El deambular y estremecer de los nervios con tedioso augurio. Ay, los cobardes y nuestro miedo. “Pero el miedo es también a veces un homenaje”, diría Gombrowicz.

Caminé, cargando mi miedo-homenaje, mis floridos diálogos con fantasmas que he creado; caminé y la ciudad se llenó de fantasmas: todo se volvió una infantil batalla de holas y adioses, de retornos, de mágicos instantes perdidos en los arroyos-calles. Llegó a mí la Asimetría de la que alguna vez fui uno de los que escribieron una ficción.

Llegué a la puerta de mi casa, ese rincón que es el fin total de la calle. Como vivo en el tercer piso, comencé a subir las escaleras. Al ascender sobre los peldaños me sentí de nuevo como un héroe. Como una iguana que de pronto es de nuevo dinosaurio. (Ay, tan héroe y tan cobarde, tan lleno de palabras.) Metí la llave en el cerrojo y abrí la puerta, percatándome de que todo cuanto yo veía seguía siendo como una pintura donde el color negro imperaba y relucientes barullos naranjas penetraban como luz por la ventana.

¿Todo muy chejoviano? Efectivamente: Todo estaba lleno de vacíos. Pero en esos vacíos se desbordaba la propia invención de mí mismo. Empezando por mi nombre: ¿cuál es, o, mejor dicho, cuál era mi nombre en aquel entonces? Porque uno es todo lo que pierde. Todo a lo que se entrega. Todo lo que ha sido alguna vez y que retorna cuando más lo niega. ¿Todo eso abarcaba mi nombre, pero, cuál era mi nombre? ¿Acaso Sergio?  Y así, llegó ante mí una negra magia que invocó una sombra anónima: la mía:

El tiempo, que no es otra cosa que un flujo zigzagueante de olvidos y recuerdos, anula en definitiva, la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria.

Un alegato no menos extraño invadió territorios inhabitables. Las sombras, que no son más que extensiones de nuestras almas, esa noche no dejaron que conciliara el sueño.

II


Y no pude dormir esa noche. Salí del departamento y subí a la terraza del edificio. La luna estaba sobre el Cofre de Perote, enorme, como una pelota de golf atrapada por una telaraña frente a mi rostro estático. Las nubes se enmarcaban perfectas: blancas del borde, grises del contorno, negro su total contenido. El Cofre, por su parte, tendido y desplomado, colapsado por su suerte ígnea de gitano asesinado, tan claro como si fuera el medio que marca el fin y el inicio de la tierra, se encontraba allí, como absuelto de aire, de tiempo. 

Las horas anteriores existieron sólo para desembocar en ese instante.

Mis ojos, a diferencia del cielo, se nublaron como ráfagas japonesas de tsunamis inciertos. Los anónimos instantes se unieron en y yo era el mago que las dominaba: como en el cuento de Chéjov (¿era mi cuento favorito, acaso, El estudiante?): “ligado al presente por una cadena ininterrumpida de acontecimientos […] al tocar uno de ellos, había vibrado el otro.”

Y yo seguí sin dormir esa noche. Me encontraba tendido, anonadado de tantos yos en ese nocturno indescifrable. Uno es una suma mermada por infinitas restas, esa infinita resta de la que ahora soy fruto me ataba a un yo que ya existió, pero que sigue anónimo y desconocido, es alguien con quien nunca he estrechado la mano o bebido un café o platicado sobre libros. (¿Existí en Chéjov, en Tolstoi, en los pececillos rojos de Matisse? No lo sé, pero si la historia es esa cadena y yo estoy ahora en un extremo, y si ahora, tocando esa cadena, vibra el otro lado de la historia, y si al vibrar están vibrando Chéjov y Tolstoi y los pececillos rojos de Matisse, entonces ¿en qué lado de la cadena me encuentro? ¿Soy el inicio o acaso el final de esa cadena de momentos atados que no sólo cruje sino que también susurra cada vez que se agita, incluso con el más mínimo contacto? ¿O acaso soy únicamente una argolla de la cadena, que no está en ningún extremo, y me encuentro conmigo como el resultado de una vibración que nunca empieza y nunca acaba? Pues desde esa noche detecto una ausencia que ni mi alma ni mi sombra (si es que no son la misma cosa o, al menos, producto de la misma causa) podían entender.

Y después, no sé cómo, amaneció, como si todo lo que hubiese dicho no pudiera invertir el vaivén de las sombras de la noche. Me dio sueño y me fui a dormir con el crepúsculo, esa enorme alma que se muere cuando simplemente se aleja.

A Sergio Pitol

Xalapa, 31 de junio de 2017


Maximiliano Sauza Durán 

Arqueólogo egresado de la Universidad Veracruzana. Autor del libro de cuentos Los monstruos de marzo (2016).

@MaxSauza

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