Retro-Visor

Por Tonatihu Blancas López. Foto: Premnath Thirumalaisamy, 2014. Tiempo de lectura 8 minutos.


Cuando niño solíamos ver al mundo de manera diferente, un mundo inexistente en realidad, o al menos el mundo ideal con el que la mayoría de los críos soñamos, y ello porque un núbil y ahora lejano velo de ingenuidad cubre los ojos de todo rapaz que ve pasar la vida como quien viera un capítulo del emblemático Llanero Solitario, sentados frente al televisor, dando brinquitos de emoción y esperanzados a ver el siguiente capítulo. Y esto, no es sino resultado de la manifestación, y que bueno que así sea, de la prolífica imaginación de que hemos sido dotados antes de que nuestro espíritu se corrompiera: Algún día crecerás y te darás cuenta de que la vida no funciona así, nos acribillan los padres con dicha frase cansina más a manera de mantra o quizá como venganza personal por la frustración que les ha causado crecer y enfrentarse a ese mundo que les ha retirado de tajo el velo de la felicidad, que por realmente protegernos de lo inevitable: El futuro. Y nosotros, al crecer continuamos con ese bucle interminable de amenazas disfrazadas de aleccionamiento. Al principio tememos porque los pequeños no crezcan y sufran en el mundo que hemos depravado, pero más adelante conforme esas personas, otrora niños crecen, aleccionamos con el trillado algún día crecerás y verás que las cosas no son así, o algún tipo de modificación rayana a la sentencia.

Afortunadamente los niños no comprenden, no comprendemos el mortificante apercibimiento… hasta que crecemos. Mientras tanto todo es granizado de frutas, rosetas de maíz, goma de mascar, dibujos animados por televisor, risas y juegos.

LOS DÍAS para los niños son de aventuras sin fin, acudir al colegio en efecto, se convierte en la posibilidad de crear propias historietas llenas de aventura, de azúcar, de gritos y reyertas que suelen ser solucionadas con un certero e intimidante: espejito-espejito, todo lo que me digas será para ti solito, que surte efecto para el primer crío que lo pronuncie, se convierte en poseedor de la ventaja verbal pues con ello ha logrado desarticular en gran medida cualquier intento de emblemático ataque verbal del contrincante. Así es como los niños solíamos solucionar los conflictos, luego de ello la vida continuaba con su parsimoniosa y embelesante cotidianeidad, jamás una bala era la solución de parte del niño frustrado cuando no era capaz de sostener una simplona pelea con otro mozalbete… tristemente he de recalcar: …UNA BALA NO ERA LA SOLUCIÓNNO ERA… pasado, tiempo terminado, pisoteado, magullado, corrompido, podrido.

Una pelea no significaba bajo ningún motivo haber cosechado una rencilla que no encuentra fin, inagotable, bárbara, bastaba volver a sentarse junto al imberbe oponente y continuar la vida como si nada, sin rencores, nada en nuestra cabeza engendraba tan bajo sentimiento. La vida y los juegos solían continuar y borrón y cuenta nueva.

LAS TARDES para los niños eran tal como sus mañanas escolares, un abanico de posibilidades, entre las que nunca figuraban quedarse en casa, observando por la ventana la vida jocosa, nítida y alegre de la cuadra pasar frente a tus narices, a no ser que te hayas portado mal, que no era nada extraño, y entonces sí, la pandilla se divertía afuera mientras uno hacía pucheros y prometía enmendar la conducta. Muchas veces, la palomilla entera se apersonaba en la casa del reo bajo prisión domiciliaria para pedir clemencia al verdugo-mamá-papá-abuelos o hermanos mayores según sea el caso y hacer changuitos para obtener el indulto del convicto que en esos momentos ponía cara de inocente y poder salir a disfrutar de las aventuras callejeras e inundar la cuadra entera del sonido de las risas de cantidad de niños jugando, símbolo de la socialización; el otro motivo para permanecer en casa era la siempre satanizada ya sea por mamá o por la abue (evidentemente) LLUVIA. Inmundo, ladino, pérfido mal que azotaba las colonias y las madres a grito militar clamaban y exigían la presencia de sus pequeños en casa, para, así como fueran llegando, llevarlos directo a la ducha en caso de que las malintencionadas gotas te pillaran jugando con los amigos, habiéndolos tomado de rehén ante sus siempre perversas intenciones de llenarles el cuerpo de salpicaduras de pequeños y crueles miembros yakuza húmedos, con el único fin de propagar la gripe y ¡Dios no lo quiera! provocar una pulmonía… Benditas madres y sus exageradas elucubraciones, ¿qué sería de éstas líneas sin ellas?

En el desafortunado caso de haber sido atrapado en el fuego cruzado… bueno, de la inclemente tormenta y luego del grito marcial de las madres paradas solemnemente afuera del zaguán, sombrilla en mano y en la otra una toalla (o más, según la planificación familiar que tuviera cada hogar), lo que ocurría a continuación una vez que uno entraba a casa… ojo, nunca en la historia del mundo, le era a uno permitido acceder a casa sin antes haberse restregado a conciencia los pies en el tapete y jerga colocados a la entrada; era un desfile de pingüinos hacia el baño a tomar una ducha caliente, luego de ella venía la tanda de desenfriolitos (los que significaban para los niños un premio pues eran pequeños comprimidos azucarados que le venían bien a cualquiera), arroparse y de ahí directo a la cama, no vaya a ser que ronde por la periferia el espíritu evaporado de la neumonía y lo agarre a uno desprevenido, por ello, luego del baño y del beatificado desenfriol, tocaba sí o sí, irse a la cama. Auto patentado remedio de las abnegadas madres; ni yo ni ningún amigo murió durante la redacción del presente artículo, no al menos de gripe infantil.

Cuando no llovía, la calle de la cuadra era el cuartel general de andadas, era el albergue de todas las criaturas que salían de sus madrigueras, previo pedir permiso por largos minutos hasta recibir la anuencia, eso sí, los horarios para salir a jugar se pre-acordaban y ¡ay de ti! si no lo cumplieras.

En general las calles eran seguras salvo la pavorosa premonición de ser arrollado por algún vehículo, para lo cual todos los chicos al verlo a 100 mil kilómetros de distancia previa advertencia de mamá, se subían a las banquetas a esperar que el conductor siguiera de filo del área de juegos, las calles lucían coquetas diseños varios realizados con gis o con tabique diseños del clásico stop, hoyitos, la metita, la acera y las calles eran un lugar seguro y confiable; excepto de noche, cuando a los niños maleducados o los que estaban fuera, les acechaba el viejo del costal.

LAS NOCHES para los niños comenzaban muy temprano, demasiado temprano quizá, pues las casas se abarrotaban de familias en su interior a la hora de la merienda, tradición adoptada en aquellas décadas y hoy ya perdida, pero ¿a qué hora se merendaba? Cada país marca sus horarios, en México la merienda es cerca de las 19:00 hrs. (si no me creen, recuerden la canción que igualmente nos ponían de Cri-Cri Las siete ya van a dar)

Ese momento del día (el de la merienda) era otro de los mejor recibidos (y que justo en estos momentos recuerdo y añoro con ternura y tristeza) pues marcaba el fin de un día más de ingenua felicidad, era la guinda en el pastel. La merienda consistía en las más de las veces de un bizcocho, tarta, pan dulce o galleta acompañada de leche, ya fuere fría, caliente o azucarada, en algunos casos atole, pero eso sí nunca café, los niños no toman café, les hace daño y les espanta el sueño, le oí decir a mi abuela en varias ocasiones.

Era un momento de reunión pero más de unión familiar, casi como el de la sobremesa que difícilmente se volvería a ver años después.

Aún temprano, pero luego de la merienda, que en la mayoría de las casas era a partir de las 20:00 horas y antes de las 21:00, llegaba la hora de batallar para que esos pequeños torbellinos (que a su paso dejan tiradero más rápido de lo que le tomaba a las mamás decir pero cuando venga tu padre verás) fueran a la cama, labor titánica es verdad, más la orden de ir a la cama era irrefutable, pero dormir… bueno, ese era otro cuento, los pequeños al ver la silueta de sus padres reflejada en la base de la puerta, aprendieron a cerrar los ojos, sin apretar demasiado ni parpadear tanto como para poderse simular en brazos de Morfeo.

Dormir para los niños era un castigo pues la magia de estar despierto y crear, así como recrear un mundo paralelo era más divertido que la fantasía propia de los sueños.       

Diversión, caricaturas, bicicleta, bote pateado, casa del árbol, sobremesa, tareas del colegio, televisor con perilla, teléfono de disco, fines de semana y picnics, las vacaciones familiares, las tortas en el recreo… eran temas de recurrencia y normalidad para esa generación de niños setenteros y ochenteros.

Para los chicos de los noventas quizá habría de incluir dragon ball, naruto, todo tipo de series televisivas, dvd, netflix, spotify y mucha inseguridad de todo tipo.

Inseguridad que vi crecer al ritmo de mi propia vida y que hoy aterra y secuestra los párpados en nuestros hogares.

Ahora reclamo severamente a mis maestros, sí esos que educaron con jalón de patilla y reglazo; que insistieron tanto en hacerme pensar y predecir con tareas tituladas: Cuando sea grande… crecí esperando llegar a la luna armado de nada más que un casco hecho de caja de cartón, con comerme una tarta del tamaño así de grande (me recuerdo y visualizo trazando un arco gigante con los brazos y extendiéndolos al borde del dolor), con volar como Superman, entre muchos otros vaticinios que nunca acontecieron. La edad adulta llegó a mí como bofetada sin apenas darme cuenta, ahora luzco más como mi padre, aquel hombre de los recuerdos que saturan mi mente en estos instantes. Hace años que la inocencia giró en redondo abandonándome a mi suerte. Los tormentos del presente consisten en una cruda realidad colmada de deudas, miedos a salir a la calle, inicios de achaques físicos, ocupaciones y obligaciones de todo tipo, despertares tormentosos a las 5:00 a.m., gastos, compras, deudas y pagos, pagos y más pagos. ¿Cómo habrá hecho papá para ocultar todo esto de mi vista de tutifruti y campamentos de verano?

Me voy a permitir hacer una confesión, voy a transportarme del pasado al presente y de ahí al pasado, no me juzguen loco, ahora mismo me explico. Anoche miraba a mi hija dormir, admirando su rostro tranquilo, he suspirado al notar su respiración en ese pecho minúsculo inflamarse, me invade el pánico al pensar en lo que le deparará el futuro… algún día crecerá… Pero mientras eso ocurre, la miro dormir luego de un día más que caluroso en el que le hemos puesto la alberca inflable para mitigar el tormentoso bochorno, eso sí, fue a la cama no sin antes desfilar por la ducha y haber recibido su obligada dotación de dos desenfriolitos.


Tonatihu Blancas

Hasta 1999 estudió la licenciatura en Biología en la Fes-Iztacala, pero la huelga le obligó a abandonar y a realizar cambios de fondo. Es biólogo frustrado más no deprimido.

Posteriormente estudió la licenciatura en Periodismo, y más recientemente la licenciatura en Derecho, actividades que desarrolla de manera intermitente. ¡Habrase visto tal combinación!, sin mencionar la Maestría en Docencia basada en Competencias  que cursó pues desde 2004 y a la par de sus actividades profesionales se desempeña como servidor público adscrito a la SEP.

Realizó estudios de doblaje de voz en Allegro Servicio Publicitario de Love Santini y trabajó realizando loops bajo la dirección de Juan Carralero.

Trabajó como editor y reportero para la extinta Tele10 México de Ecatepec Estado de México.

Colaboró en 2014 con la televisora australiana Seven Network, para el programa Sunday night en la elaboración de un reportaje que retrata las tradiciones mexiquenses.

Apasionado de la lectura y de las letras, publicó su libro “El fuego de la vida” en 2017.

  @beranitt

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