La tarde y la noche

Por Silvia Santipolo. Fotografía de Mark Hurn. Tiempo de lectura 2 minutos. 


El pasado mes de mayo de 2017 nos dejó el autor argentino Abelardo Castillo. Pensé escribir “para siempre”, pero no, los escritores, por el contrario, permanecen para siempre en sus relatos, que se leerán una y muchas veces más.

Castillo no es un desconocido en Argentina, deja una obra compuesta por cuentos, novelas, teatro, poesía. Además, dictó talleres literarios y editó revistas culturales, que alimentaron el alma de nuevos y viejos lectores.

Es un deleite escuchar sus reportajes, donde manifiesta el amor por el lenguaje, sus ansias voraces de leer, su orgullo al poseer una inmensa biblioteca, dividida entre su pueblo natal, San Pedro, y su residencia en Buenos Aires, donde trabajaba y escribía.

Los medios lamentaron su fallecimiento, a la vez que, de diversas formas, recordaron textos, algunos célebres, populares, pero otros no tanto. Uno de esos cuentos es Buenos Aires azul. Más que un cuento, es una pintura de la ciudad, descripta como una mujer, una mujer en calidad de amante, con sus misterios y sus miedosas prohibiciones.

Los encuentros con esa relación clandestina, tienen que ser de noche, quizás en lugares escondidos, cuando la ciudad parece abandonada. Es en ese preciso momento, cuando se puede conocer íntimamente a la amante, a Buenos Aires, porque, según Castillo,

“Ningún hombre sabe nada de una mujer si no la miró dormir. Ese acto religioso y absolutamente incompartible de mirar a mansalva la cara de una mujer que se nos quedó dormida, mirarla hasta sentir miedo, es el verdadero acto de amor. Nadie puede saber si ama si no miró a una mujer así.”

Puertas cerradas, cortinas corridas, alguna luz indiscreta, el silencio cómplice son las muestras de una ciudad dormida, que sólo así se entrega somnolienta. Luego de esta poética figura, el autor continúa con una bellísima prosa para discrepar sobre cuál es la hora de Buenos Aires. ¿La del atardecer, como la Pampa? No, la hora de Buenos Aires es la noche, el tiempo de los amantes.

Cada lugar, cada terruño, tiene su hora. Y cada poeta sabe proyectarla en sus versos. Jorge Luis Borges concierta con Castillo: el atardecer es de la Pampa, del espacio llano. En el cuento El fin, Borges lo describe,

“La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. […] Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música…”

El transcurrir del día, influye en las vidas humanas; la sensibilidad poética, le da pasión o sosiego a sus almas.


Fuentes:


Silvia Santipolo

Tesista de Licenciatura en Historia, lectora voraz y una feliz abuela de 56 años. Participa en grupos de lectura virtuales y de un Té Literario presencial en San Cayetano, una pequeña ciudad de Argentina. 

@LectoraPeregrin

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