La Metalectomorfosis

Por Tonatihu Blancas López. Tiempo de lectura 7 minutos.


Cuatro muros de un blanco antiséptico emanan un frío indiferente al clima de  afuera, la carencia de ornamento en el pequeño espacio refuerza la idea. Un insípido escritorio, dos lámparas en el techo que escupen de mala gana una luz neutra que inunda cada esquina de aquel espacio. Dos personas separadas por una mesa metálica que hace las veces de escritorio comparten el espacio, más no se conducen en la misma sintonía.

―No quiero presionarle doctor pero ocupo que de verdad me ayude, usted mejor que nadie sabe lo que necesito ―una voz en tono monocorde sesea la ráfaga de palabras al tiempo que se mira la cutícula levantada de las uñas―. Lo digo en serio.

El del cuerpo minúsculo, calvicie prominente y barba de perilla mira por encima de la montura de las oscuras gafas a quien le interpela del otro lado de la mesa. Sostiene el aire unos segundos, entrecruza las manos, sus pulgares comienzan a tocarse entre sí―. Si hiciera eso que usted me pide, seguramente no daríamos fin a sus problemas, sólo le ayudaría a escapar momentáneamente de los problemas que le atosigan, necesitamos encontrar medios efectivos que pongan fin a sus preocupaciones.

―Me ha repetido esa frase antes, y no ha hecho nada, por eso me atrevo a pedirle… no, más bien a exigirle que mejor firme el documento y así se libera de mí y en reciprocidad yo de usted, porque, siendo sensatos entre nosotros no hay mucha química ―dice el del pliego de solicitudes.

Tras lo que parecía una amenazante declaratoria de guerra, el ambiente en el lugar se había viciado, era denso, pesado, podría decirse que el aire en ese ambiente podía cortarse con el dedo.

―No hay ―reanudó la charla el de la bata blanca y perilla― motivo fundado para firmar ese documento a la ligera, necesito que me ayude con el papeleo, necesito que me dé más herramientas para que yo mismo lo reelabore, necesito que me cuente todo para poderle ayudar, yo más que nadie deseo que el Estado le proteja y le dé las garantías para que pueda vivir lejos de los peligros que le persiguen, por eso me es preciso conocer cada detalle de lo que le aqueja.― Coloca un dedo sobre la barbilla esperando respuesta.

―Tengo miedo doctor. Tengo miedo de que me desaparezcan, sé demasiado y hay gente que me quisiera muerto. Ya me tienen ubicado y han comenzado a intimidarme, últimamente se ha manifestado con mayor intensidad cada ataque. Me han comenzado por envenenar el agua del grifo, unas noches atrás me di cuenta que el agua sabía extraña, y empecé a sentir palpitaciones, sabía que algo estaba ocurriendo, me sentía ajeno a mí mismo, por la madrugada fui directo al baño, y ahí estaba el problema, parado frente al espejo me miro… o al menos al rostro reflejado frente a mí, de frente al cristal incliné un poco la cabeza hacia la izquierda y me observé. No me vi, no me miré; me observé por largo rato, atónito e incluso alarmado, estoy seguro que no soy yo ese que ahora aparece frente al espejo, guardo una fotografía nítida en mi mente, una imagen de mí que reconozco de toda la vida, y puedo asegurar que ese que ahora le mira de frente ya no encaja con quien solía ser.

―¿Sería posible que me pudiera escribir esto que le pasó para integrarlo al expediente con el que vamos a solicitar su protección? ―le indica el médico al tiempo que le obliga con la vista a dirigir la mirada hacia un bloc amarillo.

―No estaría motivado a hacerlo doctor, lo he intentado hacer durante las madrugadas en vela, para lograr concentrarme más:

“Para poder escribir tengo necesidades de aislamiento, pero no como un ermitaño, sino como un muerto.”

―Muy bien, no presiono a hacerlo, mejor continúe relatándome la conspiración a que ha sido sometido. ―El doctor se remueve un poco en la silla incómoda y fría, un breve hormigueo le ha empezado a ascender desde la punta de los dedos del pie izquierdo y rumbo hacia la pantorrilla.

―Al siguiente día ―continúa el aludido― acudí a la biblioteca del condado, para sacar algo de información sobre agua envenenada, y fue que pude percatarme que estaba siendo espiado, ¡una cámara justo debajo del estante donde me encontraba yo!, ¿puede creerlo? Muchas casualidades son imposibles, me regresé de inmediato a casa, observando siempre a todos lados y sintiéndome vigilado, al entrar a la casa, vi que algunos artículos no se encontraban en su lugar.

―Eso ocurrió hace dos semanas ―interrumpe el médico revolviendo los documentos que tiene en un folder debajo de sus brazos―. Justo ese día llamó al departamento de policía, quienes acudieron a su casa, inspeccionaron y dijeron que no había ninguna cámara o micrófono oculto, ¿cierto?

Una mirada fulminante y gélida es lanzada de éste, el perseguido, al médico―. Ellos están del lado del gobierno que nos espía, las cosas estaban movidas, nadie pudo percibirlo porque sólo las habían reacomodado un milímetro de su lugar original, qué casualidad que enciendo el televisor y justo en el noticiero están hablando sobre los índices de arsénico en un lago a unos 150 kilómetros por la interestatal, al sur de mi casa, estoy seguro que el gobierno puso esa nota justo para demostrar el poder que tiene sobre mí y las pocas posibilidades que tengo para hacer algo, en este preciso momento nos están escuchando, ¿cómo está usted seguro que no le han plantado micrófonos aquí? ―la voz quebrada, aterrada, la mirada inquisitiva.

―No se preocupe, si descubro que lo han hecho, este expediente ayudará a que podamos hacer algo al respecto, vamos a hacerlo juntos ―le anima el médico en tono conciliador y hasta confidencial.

―No puede usted hacerlo, cuando se dan cuenta que están siendo vigilados, todos se acobardan, se dejan llevar, se pierden de sí, pero la solución está en nosotros:

“Hasta que no tomen conciencia no se rebelarán, y sin rebelarse no podrán tomar conciencia.”

―Definitivamente estás viviendo un infierno ―la inflexión en la voz del médico no denota la pasión necesaria para dar fortaleza al mensaje―. Vamos a arreglar esto juntos.

―Doctor, por favor, no intente ser lo que no desea ser: mi amigo ―comienza sin rodeos y mirándolo ferozmente a los ojos―. Únicamente tiene que firmar un documento y así yo solicitaré el asilo político en otro país, sólo requiero estampe su firma y todos ganamos, yo desaparezco de este sitio y usted no vuelve a verme, desafortunadamente dependo de usted como autoridad institucional para poder aspirar a obtener la protección de una de mayor alcance, firme y desaparezco de su vida, lo que me ocurra de aquí en adelante es asunto mío no debe sentirse culpable, no pretenda sentirse preocupado por mí, ni hacerme creer que soy de su incumbencia o hasta su amigo, sé lo que trata de hacer pero conozco a los de su clase así como las artimañas que usan:

“Cuando estamos frente a una persona, podemos fingirle cariño, pero una vez lejos de ella, sabemos muy bien cuáles son nuestros verdaderos sentimientos; de modo que si en la soledad juzgas a tu pareja como tonta, inmadura o torpe; si te ríes un poco de su recuerdo y, en ocasiones, hasta compartes esa burla con tus amistades o familiares, no existe en absoluto intimidad emocional.”

―Muy bien amigo ―se asegura de remarcar ésta última palabra―, usted gana, me ha pillado ―levanta las manos mostrando las palmas, fingiendo rendirse al estilo del viejo oeste―. No puedo sino darle la razón, usted gana. ¡Ande, deme ese papel antes de que me arrepienta! ―Le extiende una mano.

―Está haciendo lo correcto doctor, nadie podrá recriminarle nunca su decisión ―le coloca un folder arrugado y viejo sobre la mano al doctor―. Pero, no ponga esa cara doctor, esto será bueno para ambos. Brindemos por su decisión ¿le parece?, espero que tenga algo mejor que la vez pasada.

―Pensé que nunca lo pediría. ―Saca de la bolsa de la bata un par de frascos con comprimidos y dos botellas pequeñas con agua, mismas que las coloca frente al paciente.

―¿Nuevamente psicotrópicos?, ¿algún día podrá traer un whisky barato decente? ―destapa el frasco, coloca los comprimidos sobre la palma contraria y los apura dando largos sorbos de agua.

Se queda un par de minutos sentado viendo directamente al doctor sin mediar palabra, repentinamente se levanta de la silla, se gira en redondo y se dirige a la puerta, da un par de tumbos inclinándose a la derecha, los comprimidos han comenzado a surtir efecto.

El médico observa el contenido del folder, sólo hojas desprendidas de libros en su interior. Las reacomoda y coloca dentro del expediente del paciente psiquiátrico. Fija una fecha para que conduzcan nuevamente al paciente a su consultorio.

―Pensé que teníamos un avance ―comienza por decir a solas en el consultorio―, la semana pasada creyó que su vida giraba en torno a El nombre de la rosa, Un mundo feliz y El psicoanalista. ―Revisa las hojas de libros desprendidas de la sesión anterior.

Ingresa las nuevas hojas en el expediente asegurándolas con un clip metálico.

― He de aceptar que ésta ocasión nuestro antiguo profesor de literatura, Doctor honoris causa en la Sorbona al menos se enfocó en historias interesantes al abordar el contenido de La metamorfosis y 1984 ―anexa las hojas sueltas de los libros en el expediente haciendo pequeñas anotaciones al calce ―. ¡Hasta pronto Kafka, buenas noches Orwell! ―Dice mientras coloca con desdén una última hoja anotando en ella una nota breve, arruga la nariz con desprecio.

―Todo iba muy bien, sin embargo hemos retrocedido viejo amigo―levanta el expediente observando la última hoja del expediente. ―Me hubiera sentido feliz hasta ahí, incluso le hubiera concedido un par más de libertades pero tenías que echar todo a perder… ¿verdad? O sea… ¿Juventud en éxtasis? Agreguemos Lexapro y Depakote a ese cóctel de Prozac, Rispedal, Ritalín, Keppra, Remeron y Neurontin. ―Dice al tiempo que agrega nuevos medicamentos en el expediente―. ¡Bon apetit y… hasta la vista baby!


Tonatihu Blancas

Hasta 1999 estudió la licenciatura en Biología en la Fes-Iztacala, pero la huelga le obligó a abandonar y a realizar cambios de fondo. Es biólogo frustrado más no deprimido.

Posteriormente estudió la licenciatura en Periodismo, y más recientemente la licenciatura en Derecho, actividades que desarrolla de manera intermitente. ¡Habrase visto tal combinación!, sin mencionar la Maestría en Docencia basada en Competencias  que cursó pues desde 2004 y a la par de sus actividades profesionales se desempeña como servidor público adscrito a la SEP.

Realizó estudios de doblaje de voz en Allegro Servicio Publicitario de Love Santini y trabajó realizando loops bajo la dirección de Juan Carralero.

Trabajó como editor y reportero para la extinta Tele10 México de Ecatepec Estado de México.

Colaboró en 2014 con la televisora australiana Seven Network, para el programa Sunday night en la elaboración de un reportaje que retrata las tradiciones mexiquenses.

Apasionado de la lectura y de las letras, publicó su libro “El fuego de la vida” en 2017.

  @beranitt

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