Cuando duermo

Columna | Después de la crisis | Por Pedro Lucero Lopez.

Fotografía: Glass tears, Man Ray, 1932.

Tiempo de lectura 2 minutos.


En mis sueños eres otra. No te sulfures; en esencia eres tú, pero menos humana, más hipotética. Tu cara siempre cambia; no por la de alguien más en mi vida, sino que rara vez distingo si eres tú quien me sonríe de aquél lado. Sin embargo, el guión dicta tu nombre y lo acepto sin refutar. La actriz importa poco si tu papel es fielmente interpretado. Creo que en el enunciado anterior se resume el significado entero de todo este escrito y se me desnuda el inconsciente con el que navego nuestra relación, pero he de seguir; ya sabes, siempre hablo de más.

Contrario a lo que Freud pudiera pensar, no busco satisfacer viscerales pasiones reprimidas fantaseando con la idea de un macho alfa que puede tener a una mujer distinta cada noche —mínimo durante el sueño— sin la culpabilidad de ser infiel, ya que a todas las creo tú. Les hablo como a ti, las embalsamo con saliva como a ti y les sonrío al final como un imbécil, igual que a ti. Y es que el truco en verdad no está en la cara, sea diferente o igual a la que portas despierta, sino en las expresiones que intuyo en ella cuando después de pelear aquí nos reímos allá.

Hablando de fijaciones y de psicólogos austriacos, no siempre estás desnuda y perdida entre alientos cuando te veo dormido. En ocasiones únicamente estas ahí, sentada conmigo odiando a los demás con una sonrisa, o bien, platicando plácidamente como en cliché de mejores amigos de serie americana; como lo que nunca hemos sido: ni mejores, ni amigos. Es curioso, pero cuando estás conmigo de esa manera me siento como quien después de una grave contusión sufre de amnesia temporal y su memoria regresa hasta el último momento agradable que recuerda; como si el cerebro conscientemente quisiera empañar su propio registro y aferrarse con fuerza a un momento clave antes del resto de sinsabores.

Cuando las líneas de tu cuerpo y el mío son inciertas y escandalosas sobre el escenario onírico, todo se ejecuta con la misma forma y vigor que aquí abajo. La selecta convexidad de tus atributos se enjuaga igual: con una neblina de aliento y sudor compartido que a la vez sofoca y da vida; mi manos se tensan y adoptan el mismo resguardo de siempre: la izquierda sobre el hombro, la derecha en el doblez entre tu muslo y cintura. Pero cuando no hay palpitación ni secreción en el encuentro, todo es apacible y se tiñe de la tibieza de aquella felicidad que dictó nuestros primeros 300 días, cuando tu infortunio y el mío encontraron sin querer un acuerdo que reconcilió lo improbable de nuestros caminos.

En mis sueños eres otra, supongo ahora sabes por qué. En ellos nunca nos separó la duda después de que la presión nos ahogara en incertidumbres heredadas. En ellos nunca amargaron los celos nuestras bebidas de miércoles por la tarde. En mis sueños no te has ido al otro lado del mundo a buscar respuestas a preguntas que nuestra monotonía ignoraba. En ellos nunca te hiere mi sarcasmo, jamás me arrepiento después de serte sincero y nunca ruedas los ojos cuando es tu turno de hablar. En mis sueños no encontraste en tierras lejanas los pedazos de ti que un día confesaste a gritos que yo te había hecho olvidar. En ellos eres otra porque nunca dejé de parecerte interesante. En ellos nunca dudé de ti. En mis sueños eres otra porque soñar es idealizar el sentimiento y abandonar la razón. En mis sueños tu cara cambia porque no coincide con la de aquí. En mis sueños sí estás leyendo esto, en ellos nunca te perdí.

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