El mejor disfraz

Por Alicia González Castro

Fotografía: Los ojos sin rostro (Georges Franju, 1959)

Tiempo de lectura 4 minutos.


Desde niña soñé que al crecer sería como aquellas heroínas huecas de la televisión que se ganan la mirada de todos con el menor esfuerzo posible: una agachadita y una sonrisa como las muñecas, infladas de ego, silicona y maquillaje, siempre esperando ser salvadas por una imitación barata de un valiente, que fuera capaz de espantar esos luciferes que se ríen en mis adentros y me orillan a buscar la profundidad en lo más banal.

Una rebanada de pestañas aquí, un pellizco a las mejillas, un labial color sangre que sonría por mí y unas extensiones de cabello de sirena, son suficientes para emprender esa absurda misión de rescate  de autoestima dirigida por la pantalla chica y la gente que me rodea.

Un implícito así tienes que ser martillea mi cerebro y me condiciona a obsesionarme con alcanzar ese redondo 34d y esa talla chica que me pueden llevar a sentirme una reina sin capa ni corona.

Pero siempre he sido una prófuga de mirarme al espejo. A cierta distancia, ángulo e iluminación, la belleza es aceptable, porque no se acentúa la invasión de los defectos a cierta edad: unas sonrisas debajo de los ojos que recuerdan la multitud de noches sin dormir, los vellos que se cuelan en la barbilla si la testosterona se enamora, la visita de uno que otro aro de grasa que permanece como una postal en la piel y algunas olas porosas de naranja invadiendo las piernas.

Me gustaría reencarnar en Narciso y quedar prendida en mi reflejo para ser una flor sin espantos que se riega a sí misma. Me encantaría enfrentarme al vidrio que sabe decir la verdad mirándome los ojos y señalando mis defectos, para  degustarme a profundidad.

Sin embargo,  no puedo. Le grito a la imagen que se refleja que no entiendo el sentido de poseer un disfraz, no amarlo y adorarlo, como alguna vez dijo Hermann Hesse, todo lo contrario  huyo de él, como si los espejos fueran una estaca a punto de ser clavada en un vampiro.

El trastorno dismórfico corporal es la campana de mi cuerpo que me hace obsesionarme con los ¨defectos¨ de mi apariencia, o sino busco la imperfección personificada en las otras asociadas del gremio femenino. La calle parece un desfile de egos, longitudes y estrógenos constante, donde algunas veces se compite por llevar el mejor disfraz, incluyéndome.

No hay alternativa, la realidad solo huye de los ojos. Cuanto más consumo las postales mediáticas, más se refuerza la idea de cambiar de disfraz. Apenas entre confrontaciones en la ducha y la niebla del vapor, distingo que el verdor de mis ojos puede salvarme igual que el aparato semántico que no deja de hablar en mi cabeza: miradas y versos que se fabrican en esta ciudad corporal de lujo que apenas y se reconoce.

En medio de la niebla, después de la ducha, los dedos escriben en el espejo. Un cuadro brumoso refleja la imagen de alguien que apenas se conoce  y lee lo que mi  otro yo escribió:

Es cosa tan pequeña nuestro llanto;

son tan pequeña cosa los suspiros…

Sin embargo, por cosas tan pequeñas

vosotros y nosotras nos morirnos.

Emily Dickinson reencarna por unos instantes. Me recuerda lo miserable que me siento a veces cuando me perturba el disfraz con el que enfrento al mundo todos los días, absurda tendencia, en días en que los libros de superación personal atestan el mundo editorial. Soy una caminante ciega que en ocasiones, huye de sí misma a través de otros.

Los ojos ajenos se adueñan de mí y pretenden que compita con algoritmos de pensares que pesan y me hacen querer golpear el ego en la pared, aun así, desconozco ese potencial que entre sombras me secretea lo contrario, mientras de nueva cuenta, me miro a los ojos fijamente y siento como seres minúsculos bailan a lo largo y ancho de mi cuerpo:

La verdad es que me siento feliz

A la sombra de estos aromos en flor

Hechos a la medida de mi cuerpo.

Extraordinariamente feliz

A la luz de estas mariposas fosforescentes

Que parecen cortadas con tijeras

Hechas a la medida de mi alma.

Nicanor Parra me habla en secreto y me remite a olvidar lo que esas imágenes masivas me hacen sentir o como otros ambulantes pretenden competir conmigo o yo con ellos. Soy una ciudad bien establecida, donde las pupilas hablan más que los pezones. Soy un territorio en el que la risa y el pensamiento  son  población más flotante que las formas. Soy una capital que no necesita la aprobación de las flores para caminar, aunque estas me griten como demonios de vez en vez. Todo esto lo recuerdo mientras me miro al espejo todo ese conjunto que soy y cubro mi desnudez que tiembla, con una toalla y quiere huir corriendo a mostrarse.

El mejor disfraz es aquel que se transforma con la fiesta de la vida, pero se cuida como un jardín, diría Borges.

Esas bolsas debajo de los ojos me recuerdan las ingestas de audacia etílica por las madrugadas. Esas curvaturas en mi cuerpo, el carnaval de sabores incrustados en los dientes, pero esa mirada verde que no se despega del cristal, nada la supera.

Soy una minina parlante que se deja llevar por la fuerza del momento y se traga las historias de los demás como carroña, a veces se enferma de envidia pero luego regresa a los versos de closet que la tranquilizan, luego de lanzar el ego golpeando a la almohada y los espejos que parecen multiplicarse.

Recuesto la cabeza de lado y sonrió al fin. No hay televisión en el cuarto, esa caja estorba, y la niña buscando miradas también, lo único que busco es el faro de mi presencia entre los cristales rotos que reflejan el mejor disfraz: el que llevo dentro y siempre me acompaña.


Alicia González Castro 

Tijuana BC. Licenciada en Comunicación por la UABC. En 2010 publicó su primer poemario, Inventario de ilusiones con el sello editorial, Existir. Ha publicado en revistas culturales e independientes en México, Colombia y España como: TijuaNeo, Existir, Acequias, Frontera Esquina, Zarabanda, Literariedad, Negra tinta, entre otras.

Asimismo ha compartido su trabajo artístico en antologías poéticas como: Somos poetas ¿¡y que?! De Honda Nómada Ediciones y San Diego Poetry Annual 2011 y 2012, 2013, Por todos mis amigos y Migraciones de Arte Buhonero Ediciones. En 2013 lanzó su segundo libro de poemas: Random Poemas para leerse en desorden con la editorial Cantarsis y fue publicada en la revista Monolito y Tijuana Poética.

Fue también columnista literaria del portal Sin Embargo, colaboradora del periódico El sol de Tijuana, así como Fin de semana, filial del periódico San Diego Union Tribune. Actualmente es docente en nivel medio superior y colaboradora del suplemento cultural Identidad del periódico El mexicano, así como el portal de internet: Cultura Colectiva donde publica ensayos literarios.

 @taciturnafeliz

  1. Luis Martínez

    Qué bonita pieza literaria. Invita a reflexionar sobre los estándares sociales, voltear hacía uno mismo para encontrarse, aceptarse y despertar en la mañana a vivir todo de nuevo

  2. Julio D. Sanabria

    Excelente ensayo que mezcla narración y poesía, pero la misma narración es poesía. Y viceversa.
    Cuestiona con dureza la belleza. Pero hay belleza en las palabras…

  3. Antonio Reséndiz

    Me agrada aunque en varias partes resulta forzado y artificial.
    Quizá el deseo por emplear analogías vacuas lleva a tener contendidos forzados que se pierden en una basicidad con palabras domingueras.

Deja un comentario