Celebración del deseo

Por Nancy Hernández García. 

Fotografía: MogadorMarruecos, 2014.

Tiempo de lectura 5 minutos.


“El que tiene imaginación, con qué

facilidad saca de la nada un mundo”

Gustavo Adolfo Bécquer

En agosto pasado Los nombres del aire cumplió tres décadas de vida, mismo tiempo que su autor, Alberto Ruy Sánchez (México, 1951), lleva trabajando en lo que entonces se propuso, más que como un proyecto de trabajo, como uno de vida. Ruy Sánchez inició un recorrido por un sendero poco o nada visitado, que a la larga lo haría destacar de entre sus compañeros de generación: el erotismo.

La palabra “erotismo” suele escandalizar a quien la escucha; gracias a la censura religiosa que cargamos como un lastre desde hace siglos, el erotismo resulta una especie de demonio que aparece para alejarnos de Dios, no obstante, este mismo demonio nos acerca a nosotros mismos, pues es una forma más de conocimiento del ser. Por lo menos así lo entiende Ruy Sánchez. El erotismo no es otra cosa que el amor sensual o corporal, la religión en la que se venera al cuerpo como dios y templo sagrado al mismo tiempo. Sobre este asunto, valdría la pena echarle un vistazo al luminoso ensayo La llama doble, del poeta Octavio Paz, ahí habla de las diferencias entre el amor en Oriente y Occidente; mientras que en el Oriente el erotismo es una manifestación más del amor, celebratoria y llena de complicidad entre los amantes, en Occidente es motivo de culpa y un boleto seguro para el Infierno; aunque concluye que amor y erotismo, la llama doble, conforman la misma moneda. Es por eso que Alberto Ruy Sánchez resulta un raro escritor mexicano —en palabras del propio Paz—. 

Los nombres del aire es una fascinante novela erótica que indaga en la sensualidad femenina. La primera del ahora famoso “Quinteto de Mogador”, proyecto que le ha tomado al autor treinta años de escritura (las otras novelas son En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, Nueve veces el asombro y La mano del fuego). Con esta empresa, Ruy Sánchez se propuso algo realmente interesante: recorrer el pantanoso camino del erotismo desde las letras mexicanas, pero al mismo desde fuera, es decir, desde la otredad de los personajes, como una especie de desdoblamiento que no fragmenta sino que los refleja simétricamente.

Como lo anota el subtítulo de la novela, en estas páginas se da una mirada a la sensualidad femenina. Fatma, la adolescente protagonista de la novela, un día despierta cambiada, ya no es la chica que solía ser, ahora se pasa el tiempo mirando por su ventana hacia el horizonte, las olas del mar y sus horas de tranquilidad, siempre con los ojos puestos en un invisible punto fijo, que nadie logra descubrir aunque siga el hilo de la mirada de Fatma. Las habladurías no se hacen esperar: la gente decía que miraba hacia el mar porque esperaba reunirse con sus padres, muertos en un naufragio, o que seguía el llamado de un misterioso ser que la llamaba desde la lejanía. Algo había nuevo en ella y nadie sabía exactamente qué era, ni siquiera Aisha, su abuela, que leía las cartas, podía descifrar qué era lo que pasaba en el interior de su nieta:

Un mar secreto la estaba modelando: eso hacían pensar sus nuevos gestos.

Fatma, fija en su ventana, como atrapada entre dos nubes, respirando en el mar la sal de sus anhelos, era como una duna sumergida bajo la más alta marea de sus sueños.

Parecía que un mundo nuevo había surgido en su cuerpo, poseyéndola lentamente, de la misma manera en que la noche se va evaporando de todos los rincones de una casa.

La primera persona en darse cuenta de que algo raro sucedía fue su abuela. Sólo tuvo que verla unos instantes para estar segura de que una fuerza nueva, tal vez maligna, estaba dentro de ella. Inmediatamente se puso a averiguar qué era lo que había violado la tranquilidad de su nieta y echado a volar su mirada como un pájaro al que por primera vez le abren la jaula.

¡Eso era! Los cambios en el comportamiento y apariencia de Fatma provenían de su interior, de lo más profundo de su ser, y me parece bello que Ruy Sánchez aborde el tema del despertar sexual de esta adolescente de una manera poética, pues, la recubre con un velo de misterio, que es lo que la hace enigmática y atractiva para los hombres que ven cómo va convirtiéndose en mujer. De eso se trata, Fatma se está convirtiendo en una hermosa mujer, pero parece que hay algo más y es justamente lo que los demás quieren descubrir, ¿qué hay de nuevo en Fatma? ¿de dónde viene?

Pues el misterio de Fatma es el deseo, ha dejado de ser una niña y ahora se descubre a sí misma como mujer, también explora la sensualidad desde su propia intimidad, es por eso que ahora todo, paisajes y objetos, tienen otros colores y texturas desde su perspectiva. Al mismo tiempo, se reconoce como una mujer que no se siente atraída por el sexo opuesto, sino que siente fascinación por la mujer, una en especial, Kadiya. Sin embargo, la novela no es propiamente de tema lésbico, pues la trama no es sobre un amorío entre Fatma y Kadiya, ahonda, dibuja el deseo en un mosaico geométrico, muy árabe. Así, una interpretación puede ser que Fatma y Kadiya son símbolos, aquella representa a la mujer y la otra el deseo, por eso es que Fatma la puede sentir aunque esté lejos y también la reconoce en el hammam, la persigue porque el solo roce de su piel la enciende, y Fatma quiere prolongar esa sensación, entonces la busca en todos lados y en todas las personas:

Sin saberlo, Fatma ya era presa de una geometría implacable: era un punto con destino, una línea del arabesco universal; era un dibujo de espuma en el mar del deseo, una marea callada obedeciendo a la luna.

El ambiente y las atmósferas creadas por Ruy Sánchez son elementos que se agradecen en su narrativa; inventa, a partir de una ciudad que existe, otra que es al mismo tiempo un espacio geográfico y uno sensitivo, Mogador se ofrece como una ciudad costera misteriosa, para transitar, admirar y asombrarse. En Mogador tienen lugar las sensaciones que despiertan los aromas del incienso, las caricias del vapor en el hammam, el asombro de descubrirse a sí mismo a través de otro, de ahí que Ruy Sánchez hable de una geometría del deseo, pues los personajes se desdoblan para conformar la unidad. La metáfora que hace entre la ciudad de Mogador y la mujer es preciosa; las concibe a ambas como espacios que pueden recorrerse, en los que el transeúnte atento encontrará detalles distintos cada vez aunque pase por el mismo sitio y sin embargo, nunca logrará descubrir todos sus secretos, ambas, ciudad y mujer, se entregan sin entregarse por completo, siempre queda algo que se guardan para sí. Y dentro de la ciudad, un espacio microscópico en el que habita el deseo: el hammam, la casa del cuerpo, de la desnudez, de los sentidos.

Los nombres del aire es una novela que se disfruta de principio a fin, el lector es atraído hacia Mogador, espacio fantasioso, de ensueño, como salido de Las mil y una noches, en donde imperan las sensaciones, el deseo, el erotismo y la hipnótica geometría de los mosaicos árabes. Mogador es la ciudad del deseo, un lugar para el recreo y el asombro.

  1. Interesante reseña. Me ha motivado a acercarme a su autor cuyas obras dejarán de ser nuevas para mí gracias a ti.

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