De 8 a 6

Columna | Después de la crisis | Por Pedro Lucero Lopez.

Fotografía: Untitled, Chema Madoz, 2001.

Tiempo de lectura 8 minutos.


Es muy probable, casi un hecho según la manera en la que me rehuyen sus miradas en los pasillos y dejan de hablar cuando entro a servirme un café, que mis compañeros de trabajo, —o bueno, la gente que trabaja en el mismo lugar que yo— cree que soy un ente antisocial y hosco que deambula los pasillos en el mismo horario en el que ellos van a dar el 110% y a “ponerse la camiseta” de una empresa que ni siquiera se molesta en pagarles a tiempo o en aprenderse sus nombres, tan irrelevantes como sus puestos, tan fáciles de olvidar como sus rostros.

Supongo que hasta cierto punto los entiendo. No comparto su fascinación por intentar justificar sus trayectorias profesionales hablando de viajes que aún no terminan de pagar y títulos que se empolvan en la obsolescencia. Tampoco disfruto la nauseante tendencia a hablar mal de sus iguales y adular hasta punto de cromo a sus “superiores” —casi todos diez años menores que su súbditos— solo para después mendigar consideraciones no merecidas. Mucho menos me interesa fingir agrado hacia el contenido infantil y estupidizante que se empeñan en compartir por medio de correos y grupos de chat corporativo que, si bien por mera necesidad tolero, no concibo utilizarles para socializar cuando por algo muy cercano al milagro logro fingir el “muy bien, ¿y tú?” en algún encuentro inevitable en el elevador ya de por si sofocante.

Claramente puedo sentir cómo me inunda las entrañas un amargo y punzante escozor cada vez que en el irremediable momento de checar de salida alcanzo a escuchar cómo se quejan de un trabajo que ellos mismos pidieron y por el cual se empaparon las axilas en una entrevista hace no más de seis meses. Si una serie de malas decisiones y prejuicios generacionales aprisionantes se combinaron en sus tibias y moralmente subyugadas vidas para acabar orillándoles a prácticamente rogar por una oportunidad de “hacer curriculum” en una prisión de su elección, al final del día no hay otro a quien culpar más que al arremedo de humano que les reprocha del otro lado del espejo cuando por las mañanas contemplan la posibilidad de llevar ixtle en lugar de seda alrededor del cuello.

Todos, desde el practicante que se sale a fumar tres veces antes de la hora de comida, hasta el coordinador regional que ha logrado esquivar hábilmente el inminente despido por cuatro demandas de acoso sexual  —la última precisamente hacia el antes mencionado practicante— , han esbozado en más de un par de ocasiones un “te juro que ya no aguanto, estoy harto” junto al garrafón de agua que poéticamente podría rellenarse cada semana con el llanto quejumbroso de mandos medios gerenciales que cambiaron dignidad, vida e integridad por un par de miles más al mes y un upgrade casi imperceptible, de cubículo de mampara a paredes de vidrio.

Sin embargo, todos levantan la mano ansiosamente, cual un perrito hambriento de atención, cada vez que en la junta mensual de motivación y no tan sutil adoctrinamiento el gerente general pregunta quién quisiera dar la oración de apertura; irónico cómo las dos cosas más inútiles para la filosofía práctica y el pragmatismo productivo resultan las más efectivas para la moralización e impulso del rebaño nominal: orar y fraternizar. El adormecimiento del progreso individual se ve glaseado con bonos por cumplimiento de metas —ajenas, por supuesto— y picnics empresariales: Comunión y liturgia de la congregación de traje sastre y arruga prematura.

Justo despotricaba esta crítica y ácida blasfemia ejecutiva en contra de la decadencia aspiracional, cuando el dueño de los oídos atentos que me escuchaban, uno de los tres adeptos relevantes —y simpatizantes— que habían pasado por este limbo laboral, decidió aprovechar una pausa de aliento para interrumpirme:

— “Bueno, bueno, cabrón hipócrita…“, apuntó en un tono firme y hasta cierto punto estoico,

“…si tanto repudias al autómata moderno, y si tan poca cosa te parece este lugar, ¿qué haces tú aquí aparte de antagonizar a diario aquello que llevas más de dos años haciendo? Yo estoy de paso y únicamente cumpliendo un ridículo requisito burocrático para poder titularme, pero tú me llevas casi cinco años, no tienes familia que mantener y sin embargo resuelves quedarte aquí…¿por qué?”, terminó con un énfasis breve en la última sílaba y selló la cátedra con un latigazo fino que propulsó su aún prendida colilla hasta el otro lado del estacionamiento, mientras se incorporaba con la vista fija en el ventanal del segundo piso.

Este lampiño y, hasta antes de este momento, callado ejemplar de hombrecillo nacido en 1990 había logrado detener efectivamente mi discurso ponzoñoso. Francamente sentí vulnerada la carcaza del personaje más ensayado en este el tercer acto de mi vida, e incluso llegué a juzgar como muy poca la confianza entre nosotros como para que me hablara de ese modo, pero difícilmente podría pensar que no lo tenía bien merecido. Durante los tres meses que habían pasado desde su contratación, la sombra de mi nube lo cubría a diario después de comer y dar una vuelta a pie por el corporativo, y al parecer ese día terminó por colmar su paciencia y la relativa prudencia que una amistad tan reciente guarda.

No pude evitar fruncir el ceño de manera que mostrara asombro y ofensa al mismo tiempo, acompañé el gesto con un ademán un tanto exagerado mientras prendía el segundo cigarrillo que parecía ahora necesidad más que antojo, y empecé a calcular una respuesta que ni yo mismo había formulado antes, al menos no conscientemente. Ahora, completamente a la expectativa, el mecanismo de defensa con el que pilotee mi entera adolescencia brotó nuevamente desde mi subconsciente como un instinto primitivo que, al tener mucho tiempo en reposo, habría de explotar ahora ante mi compañero con redoblada furia.

Alcancé a echar mano de la civilizada madurez que la edad requiere en este tipo de confrontaciones y me abstuve de seguir el impulso visceral de levantarme y escupir un “que te valga madre”. Después, mi vulnerada autoestima intentó recurrir a la estrategia pasivo—agresiva que durante la carrera me llevo a ser odiado por profesores y aplaudido por mis amigos; pensé en elaborar una entretejida respuesta abstracta que se mostrara inteligente y que con un tinte sarcástico lo hiciera centrar la atención en sus propias inseguridades; algún día perfeccioné esa peligrosa y frágil herramienta, pero de un tiempo a la fecha ya me sabe barata y a la vez extenuante de aplicar.

En cambio, me quedé callado y utilizando las bocanadas como muletillas que justificaran los casi treinta segundos de silencio incómodo que parecían una eternidad, le di la razón y analicé la aberrante ironía de todo el asunto antes de contestarle. Debí haberle dicho que fueron las circunstancias las que me arrojaron aquí antes de que me diera cuenta, que en un parpadeo se me fueron los años en los que se sueña y que las decisiones por necesidad acaban por decidir por quien se supone las debe tomar; pero mi orgullo rara vez se justifica ante quien me conoce, mucho menos ante alguien que apenas hace poco empezó a hablarme de “tú”.

Debí confesarle que cuando tuve la oportunidad de irme lejos a probar suerte con una aventura prometedora me detuve por alguien que después no se detuvo por mí, que perdí las fuerzas antes de siquiera haber empezado y que me llenó la amargura el alma hasta el punto de sentirme diez años más viejo de lo que era; pero nadie tiene por que saber de mi lado frágil en cuestiones de esperanza y sentimientos, mucho menos quien me había visto vestirme de rudeza y apatía desde que me conoció. Pude haber explicado paso a paso el plan de capitalización temporal que me llevaría a hacer experiencia un rato y a juntar un poco de dinero para después incursionar en un plan de negocios —en aquel entonces viable y visionario— que me llevaría a recorrer el noble camino hacia la tan publicitada “libertad financiera”, que lo de este corporativo esclavizante era algo pasajero, un medio, no un fin, y que habría de usarlo solo como trampolín curricular y monetario; pero, si ni siquiera ante mí mismo podía aceptar que me había ganado la ilusión de la estabilidad y la comodidad ejecutiva, mucho menos iba a bajar bandera frente a alguien que estaba ahora justo donde estuve yo hace dos segundos.

Quise confesar que todo el veneno que esparcía entre dientes por las paredes del corporativo era solo un ejercicio de catarsis, un réquiem solemne y permanente para mi juventud, y que en realidad en algún punto de este declive de la voluntad había encontrado belleza en mi labor, que a diferencia de los desperdicios de aliento que cobraban por hacer mal su trabajo y quejarse, yo sí empecé a disfrutar el olor a trapeador y café que desde el pasillo me iba despertando hasta llegar a mi ratonera, que aprendí a tolerar a algunos para disfrutar de mí mismo, que un día logré entender que lo que hago tiene sentido al menos para mí y que aprendí a disfrutar la rutina hasta el punto de encontrar serenidad incluso en el asqueroso tráfico vespertino de regreso a mi departamento; pero no pude, el personaje había protagonizado tanto el drama fatídico de mi vida entre escritorios que negarlo o convertirlo en mártir ya no era una opción plausible para la trama.

Pude haber dicho cualquiera de esas cosas, o todas ellas si acaso mi oyente quisiera escucharlas y yo quisiera vaciarme y contarlas, pero no era el momento, no era el lugar y nada cambiaría en verdad. Sabía que no iba a verlo por mucho tiempo más y eso, aunado al hecho de que no me interesaba lo suficiente como para justificar ante su juicio los últimos años de mi vida, me hizo llegar a la conclusión de que las explicaciones se las debo al viento y de que los oídos simples merecen palabras simples:

— “El horario es cómodo y las prestaciones son buenas…” —mentí tan hábilmente como siempre y pude ver que mi respuesta le era suficiente como para dejar de fingir interés y volver a ver la hora en su celular.

— “…aparte, como están las cosas, ¿quién va a querer soltar algo seguro para andar buscando empezar de cero en otro lado? No me sorprendería que después de titularte acabaras aceptando un escritorio al lado del mío” —por venganza o por descuido inyecté en su mente el veneno que vaticinaba una realidad palpitante en el futuro de un joven que se había atrevido a pensar que me conocía, o que por alguna razón sus probabilidades no eran las mismas que las del resto de su generación. Volteó nuevamente a ver su teléfono y comenzó a caminar lentamente hacía la puerta del recibidor. Esa fue la última vez que hablamos, después de eso dedicaba sus horas de comida a hablar por teléfono en los pasillos y a adelantar trabajo para salir antes que los demás al final del turno. Un par de semanas después liberaron su contrato y pudo pedir su titulación. Pensé que no nos volveríamos a ver y, al ser totalmente irrelevante para el resto de mis días, le deseé lo mejor y lo olvidé con singular facilidad; al menos hasta ayer que el gerente general decidió omitir la oración de inicio para presentárnoslo como el reemplazo del supervisor de mi división.

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