Calaveras de azúcar en la postrimería

Por Tonatihu Blancas López. Tiempo de lectura 8 minutos.


¿Por qué necesariamente hay que dejarlos ir?

Recostada sobre el cálido regazo de su madre, Dany le observa con ojos cristalinos, impávidos, dubitativos. Dentro de su cabeza, como la cabeza de cualquier criatura de 7 años, muchas son las dudas y más aún la fantasía que las acompaña, por ello es indispensable dar un fundamento sólido a toda información recibida, ya que sólo así comprenden mejor el extraño mundo que les rodea.

Acariciándole los espiralados cabellos, su madre le mira con dulzura, su voz contenida tiene un melodioso y sedante efecto.

― Porque si no, siempre van a estar tristes y no encontrarán la manera de encontrar la paz y la libertad. ¿Te gustaría que papá y Manu siempre estuvieran tristes, vagando, lamentándose?

Un pequeño mohín se apodera del rostro de la cándida niña, la duda sembrada en su cabeza le recorre unos segundos más.

―No. Yo quiero que sean siempre felices, pero… también me gusta sentirlos cerca de mí. Los extraño mucho.

La noche de aquel dos de noviembre se acercaba al final, las celebraciones veían la postrimería de muchas horas de preparación y convivencia. El cálido aroma a parafina, a cempaxúchitl, a copal, penetraba con ira implacable, colándose en las fosas nasales.

La vista al panteón… a cualquier panteón en la tierra del águila y la serpiente resulta soporífera, sus colores cálidos cuyo predominio lo tiene el naranja, la luz tenue de las miles de veladoras, el humo que cosquillea en la nariz y enjuga los ojos con los vapores del copal, del incienso, de las brasas incandescentes, los cientos, miles de personas desfilando entre las tumbas, las lápidas recién aseadas, adornadas, iluminadas, el pan de muerto sobre las losas y el azúcar desperdigándose en derredor, fotos, comida, barullo… no es de extrañarse que a la muerte le guste apersonarse en estos sitios porque es recibida como una celebridad, como una dama de la socialité.

Los mercados locales abarrotados de todo cuanto se ha de ocupar en las ofrendas a los deudos, es época de ventas pero también de ofertas. Te compro la flor de cempasúchil y te ofrezco mi hogar para recibir incluso a una que otra ánima en pena. Es la promesa muda en cada hogar. Las manos febriles preparan diversos platillos, cortan los tallos de las flores, cempasúchil, pata de elefante, nubes, algunos ocupan otros tipos no tradicionales, finalmente… cada quien pone su toque particular. Los manteles que colocarán en las ofrendas domésticas son planchados con esmero.

En casa, cuando los niños llegan al hogar son recibidos por una bofetada olfativa, la mezcla de olores en el interior provoca recuerdos permanentes que te acompañan por el resto de los días, es un olor inconfundible, es un olor que es más que un olor, es un oleaje de recuerdos, hacen que por la mente se proyecten escenas completas de recuerdos vívidos y añorados al tiempo que se aspira con fuerza ese aroma a tradición ancestral.

― ¡Deja ahí niño que no es para ti!

Se puede escuchar en algún hogar; de hecho en cualquier hogar, al descubrir al curioso infante acercarse a la ofrenda y, luego de quedar paralizado ante tal atractiva visión, intentar pinchar, pellizcar, hurtar algo de lo colocado ahí, merodear para no ser descubierto y hacerse ya de un fruto, ya de un pedazo de pan, o aunque sea de un caramelo. Invariablemente la guardiana de la casa habrá (eventualmente, tarde o temprano siempre caen) de descubrir al salteador de ofrendas ametrallándole con tal sentencia, con grito estridente de por medio.

Al ser descubierto el delincuente juvenil, saqueador de tributos, torna la mirada, antes cautivada, ahora apenada, ¿quién en su sano juicio se atrevería a robarle a los muertos?, hasta los niños en México saben que de cierto modo,  hay algo malo en ello. Es por eso que la mirada cambia, quizá no por haber intentado (o en el mejor de los casos haber logrado comer) algo de lo expuesto, sino por recordar a quien estaba destinado. Pero la guardiana, llámese madre, abuela o tía, no posee el corazón más frío sobre la faz de la tierra; al reflejarse en los párvulos ojos el arrepentimiento, el tono de voz cambia.

― Ya mañana que se hayan ido puedes comerte lo que quieras de la ofrenda. ―La voz dulcificada que invita a esperar unas horas más.

― ¿Puedo comerme el pan grande? ― Ante tal ofrecimiento, los niños son especialistas en cargar con la tajada más grande de la tarta, el no ya lo tienen ganado, nada les cuesta ir a por el .

― Sí, podrás comerte el pan más grande. ―La voz baja dos decibeles y se inunda de ternura y cariño.

Cada casa es un altar, es un sitio de culto, los hogares durante los primeros días de noviembre se convierten en oratorios, confesionarios, paño de lágrimas, baúl de los recuerdos. Durante estas fechas es que se permite, incluso se acepta la convivencia entre vivos y muertos, invitarlos a casa y dialogar con ellos; ofrecerles un monólogo cuyo silencio no se toma a mal.

Los días de visita a los panteones prescriben, la primera noche, la de la madrugada del primero de noviembre, las puertas están abiertas de par en par, se ofician misas de media noche, el lleno es total durante ese primer día, más en el segundo la anuencia disminuye considerablemente, muchas familias ya no acuden porque han cumplido con su obligación cristiana, incluso con la no cristina sino moral o emotivo consanguínea, y el segundo día suele haber menos gente en los panteones. Las puertas cierran más temprano.

Sólo resta el cierre de las ofrendas puestas en casa, y luego de allí un año más de espera para volver a entablar ese diálogo cercano, esa muestra de afecto para con los que se adelantan.

Entre muchos otros detalles, se cree que, y pese a que a muchas personas el dolor por la partida dura todo el año, justo en esas fechas es cuando se da un lazo más significativo pues de algún lugar desconocido, alguien cuyo nombre o rostro también son desconocidos, otorga anuencia para que muertos y vivos, sí, en ese orden, compartan, convivan, se reencuentren, es por ello que las familias se esmeran por recibir a los suyos deleitándolos con sus guisos preferidos, llamándoles de vuelta a casa iluminando las ofrendas con la luz vacilante de las veladoras, guiándole los pasos con pequeños caminos de pétalos naranja hacia las ofrendas, agua y sal para mitigarles la sed y evitar que se corrompa el alma en el viaje de ida y vuelta… muchas son las creencias y los elementos que componen la ofrenda. Durante estos días, las familias se esmeran por cubrir cada detalle pues saben, sin saber de qué modo, cómo, por qué, que sus seres logran regresar. Y los muertos, agradecen los recibimientos.

Hay un sentimiento de cariño y nostalgia mutuo, el de aquellos que continúan en la tierra de los vivos y el de los que ahora permanecen en la de los muertos. Los vivos pensando que quizá el ritual sea verdad y que son visitados por sus familiares difuntos, y los muertos añorando poder hacerse escuchar por aquellos a los que ven pero que no logran tocar ni hacerse reconocer.

Para los vivos es cómodo creer que así funcionan las relaciones entre los planos dimensionales, pensar que es verídica la versión del día de muertos, así se permiten lavar culpas y expiar el pasado resquebrajado, redimirse con los ausentes.

Para los muertos resulta más importante que los vivos continúen creyéndolo así, es la única manera de continuar la conexión, de regresar año tras año, de verlos en silencio, de acariciarlos sin tacto. Se acostumbran a ello aunque no dejen de aspirar a volver a hacerlo algún día… aunque el día llega en efecto, justo cuando se reúne uno en ese terreno neutro para todos, en el que los dolores son recuerdos y las alegrías también.

Así transcurren las 48 horas un año más, el permiso se acerca a su fin, luego de ello, cada quien a su cada donde y con su cada cual, un año más de separación, de necesidad del otro, de nostalgia por los vacíos, de dolor por la partida, y justo éste año no puede ser la excepción, la media noche del segundo día está por llegar y con ella se irán sentimientos encontrados; un dejo de melancolía se cuela en el rostro de las familias, difícil es desprenderse año tras año de los seres con los que ya no se comparten historias, reyertas, confidencias, travesuras…

― Mami, pero yo no quiero despedirme de ellos, extraño mucho a papá y a Manu. ―La voz quebrada y los ojos enjugados, el rostro encendido se transfigura en una mueca, en un puchero.

Dany, mi Dany preciosa, has de dejarlos ir, no los ancles a tu memoria y les robes la posibilidad de tener paz por todo el siguiente año. ―Las explicaciones no logran calmar el sentimiento, lo últimos años han dejado de perder efecto.

El pabilo de las veladoras crepita.

― ¿Mamá cuándo volveremos a ver a Papá y a Manu? ―Más que una pregunta, la pequeña buscaba confortarse con una respuesta alentadora de esas que invitan a la imaginación a volar y cubrir en un grueso manto de fantasía la realidad.

― No lo sé amor… no lo sé, sólo tengo seguro que algún día hemos de reencontrarnos nuevamente. ―La respuesta es tan sincera que las palabras se estampan contra el rostro de forma violenta. No dan esperanza ni proveen de consuelo.

La veladora en el vaso de cristal se ha consumido en casi su totalidad.

―Pero no quiero dejarlos ir. ―La voz al borde del llanto se interpone a la fortaleza.

― Debes hacerlo, sino no podrán continuar sus caminos. Algún día nos reencontraremos y nos recibiremos con brazos abiertos y corazones felices.

Manu, levanta el vaso de la veladora, se lo acerca a los labios, sopla con lágrimas en los ojos, en la ofrenda doméstica las fotos de Dany y mamá dejan de iluminarse.

Mamá abraza con fuerza a Dany, el permiso se les ha terminado. Todo se vuelve oscuridad nuevamente.


Tonatihu Blancas

Hasta 1999 estudió la licenciatura en Biología en la Fes-Iztacala, pero la huelga le obligó a abandonar y a realizar cambios de fondo. Es biólogo frustrado más no deprimido.

Posteriormente estudió la licenciatura en Periodismo, y más recientemente la licenciatura en Derecho, actividades que desarrolla de manera intermitente. ¡Habrase visto tal combinación!, sin mencionar la Maestría en Docencia basada en Competencias  que cursó pues desde 2004 y a la par de sus actividades profesionales se desempeña como servidor público adscrito a la SEP.

Realizó estudios de doblaje de voz en Allegro Servicio Publicitario de Love Santini y trabajó realizando loops bajo la dirección de Juan Carralero.

Trabajó como editor y reportero para la extinta Tele10 México de Ecatepec Estado de México.

Colaboró en 2014 con la televisora australiana Seven Network, para el programa Sunday night en la elaboración de un reportaje que retrata las tradiciones mexiquenses.

Apasionado de la lectura y de las letras, publicó su libro “El fuego de la vida” en 2017.

  @beranitt

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