Signos negros

Fotografía: Ulises Carrión, Reading II, 1974.

Tiempo de lectura 3 minutos.


Por Nancy Hernández García

“El poeta es un ser partido porque aspira al conocimiento

y a la severidad en el vértigo de las corrientes cotidianas.”

Luis García Montero

La poesía es de por sí infinita. Lo abstracto y lo concreto, lo real y los sueños se dan cita en este lugar de encuentro. El tiempo todo se reúne en el mismo espacio gracias a ella: pasado, presente y futuro son en poesía la eternidad hecha palabra. Sólo en la poesía existe el tiempo sin tiempo y al mismo tiempo es todos los tiempos. La felicidad y la amargura también caben en ella; da cuenta de la belleza pero no olvida el horror del que el Hombre es capaz. La poesía es, pues, una lucha encarnizada porque la memoria persista.

El oficio de poeta es de los más duros, más ajeno que propio, pues el poeta está condenado a cantar las dichas y pesares de sus semejantes, como bien lo dice Juan Gelman en su “Arte poética”

Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,

como un amo implacable

me obliga a trabajar de día, de noche,

con dolor, con amor,

bajo la lluvia, en la catástrofe,

cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,

cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,

las lágrimas, los pañuelos saludadores,

las promesas en medio del otoño o del fuego,

los besos del encuentro, los besos del adiós,

todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,

rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.

El poeta se debe a los demás, es decir, toma, por un momento, el lugar del otro con todo lo que eso significa y desde allí habla, porque la poesía es colectiva y, por lo tanto, debería ser anónima, como siempre lo propuso José Emilio Pacheco: la poesía, ese lugar de encuentro con la experiencia ajena en la que poeta y lector, juntos, hacen los poemas; importa el poema, no el poeta. En la “Carta a George B. Moore”, Pacheco hace, como lo anuncia, una “defensa del anonimato”, pide que se regrese a los tiempos en que el poeta era la voz de la tribu, la voz de los sin voz, y en un acto de extraordinaria generosidad escribe:

Si le gustaron mis versos

qué más da que sean míos / de otros / de nadie.

En realidad los poemas que leyó son de usted:

Usted, su autor, que los inventa al leerlos.

Así, el lector tiene todo el derecho de sentir los poemas tan suyos como su propio ser. Lo escrito, si ha llegado hasta él es porque así tenía que ser: recogió una de las miles de botellas echadas al mar y le pertenece. La poesía es también un regalo.

Pero es duro el oficio de poeta, no tiene un horario, por eso es todavía más apremiante, porque exige la vida entera del poeta: tiene que estar dispuesto a escribir a cualquier hora, por todos los motivos, posibles e imposibles. Debe cantar aunque la lira esté rota, recomenzar diariamente como Sísifo y volver a nombrar las cosas si es necesario. En este punto, el poeta puede compararse con el niño: ambos mantienen el asombro intacto y se maravillan por lo extraordinario de lo que para los demás es ya ordinario, tienen los sentidos listos para percibir… la creatividad es una herramienta indispensable, ya que tiene que renovarse millones de veces para decirnos con nuevas palabras, con nuevas formas y de otro modo, lo mismo. Las historias de amor, por ejemplo, no varían mucho, lo diferente son los nombres, por esta razón el poeta lucha fieramente con la escritura y trabaja incansablemente con el lenguaje para que de nuevo nazcan escenas que nos parezcan novedosas; el poeta hace que lo rancio nos sepa dulce y su repetición sea original ante nuestros ojos.

Sin embargo, este noble oficio, al que los lectores de poesía le debemos tantas y tantas horas de placer, no es fácil

Y es que los poetas, eso también se sabe, tienen además la obligación profesional de estar siempre enamorados, siempre en espera de la amada, ésta o aquella, la que se fue y volverá, la que nunca llegó pero siempre vuelve, la que ellos sueñan o las que los sueñan a ellos, la amada que nunca debe envejecer.

Las palabras de José de la Colina nos dicen el porqué, y al mismo tiempo despiertan en uno la empatía por el sino del poeta, que tiene todo en contra: el sufrimiento en su realidad y muchos poetas dan fe de ello, dice Pacheco.

Y si encima de todo pasamos de largo ante un libro de poesía, si ni siquiera por mera curiosidad lo hojeamos para emitir nuestra sesuda crítica… ¡Cuánto dolor, cuánta rabia causamos al poeta con esta infame actitud!

Hay que acercarse a los libros de poesía, que siempre nos tendrán un verso, un poema, una palabra que nos marque para toda la vida. Hagamos, pues, que la poesía sea más que signos negros en la página blanca.

  1. Piense lo que piense el creador de una obra o, en su caso, el público de su época, el auténtico ser de su obra es lo que ella misma alcanza a decir, y esto sobrepasa por principio cualquier limitación histórica. En este sentido la obra de arte posee un presente intemporal. Pero esto no significa que no plantee una tarea de comprensión y que no se pueda hallar en la obra su procedencia histórica

    -Gadamer

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