Marchito

Por Habebeh Arias Gáber

Tiempo de lectura 4 minutos.


Los velorios nunca han sido mis lugares favoritos porque la nostalgia que flota en el aire atraviesa mi piel y me cala los huesos. Este velorio es diferente; se sugiere un ambiente fresco y natural, aunque nos encontremos en la medianía de la urbe. Toda la flora que rodea el ataúd de mi abuelo transmite el sufrimiento de una pérdida. Están de luto.

Veo a mis familiares llorar por el difunto, sin embargo, yo no comparto este sentimiento. Intento distraerme, pero no dejo de pensar y recordar aquellas pocas veces que estuve cerca de él, en las cuales notaba aspectos de su persona que me inquietaban… algo especial entre él y sus artilugios medicinales. Por ejemplo, recuerdo alguna consulta en su casa. Ahí se encontraba Berenice, una viejita muy agradable, de estatura media y tez morena. Su largo cabello entrecano, iba sujetado por una larga trenza y listones de colores. La relación de esta señora con mi abuelo, iba más allá de su matrimonio, eran muy similares en sus movimientos, hablaban casi a la par con un tono en exceso coordinado, como si estuvieran en algún tipo de coro; y siempre que terminaban de decir algo se hacían entre ellos una especie de mirada de complicidad. Aunque muy pequeña, pude entender desde el primer momento porqué no resultó exitosa la relación de mi abuela con él y en cambio, esta señora llevaba casi toda la vida a su lado.

Después de ponernos al día con nuestras vidas y de papá repetirle varias veces mi nombre y el de mi hermana, mi abuelo por fin procedió a revisarme. Yo iba resfriada y la enfermedad parecía haberse quedado estacionada en mi sistema inmunológico desde hace meses. Mi abuelo le preguntó a mi padre si me había dado algún tipo de medicamento y él le contestó que sí, los que había recetado el doctor, por lo que el viejo pareció enojado y me pidió que lo acompañara a su patio.

En el exterior de su casa había un vivero, muy pequeño en realidad, pero con muchas flores y plantas de varias especies. Me pidió que escogiera tres: las que llamaran más mi atención. Ahora me cuesta recordar con exactitud su aspecto, pero  recuerdo que fueron sus olores los que atraparon mi atención. Él las cortó con sumo cuidado y delicadeza, e incluso parecía pedirles permiso para proceder. Casi podría jurar que les susurraba cosas en secreto. Al entrar, pidió a doña Berenice que prepara un té con las flores que había elegido su nieta”. Cuando estuvo lista la infusión, mi papá pidió probarla antes; ya que por regla de mamá, tenía que probar todo lo que mi hermana y yo ingiriéramos. Mi abuelo se negó rotundamente, alegando que de lo contrario yo no me curaría, puesto que esas flores me habían elegido y no a él. Papá, al verlo muy alterado y totalmente decidido a no permitir tal acción, prefirió dejarlo pasar.

En el té se adivinaba una sabrosura dulce como si su preparación hubiera sido a base de miel. Sin embargo, en ningún momento recordaba haber visto a doña Berenice agregar algún tipo de endulzante. Cuando le pregunté la razón de este peculiar sabor, me dijo que era la simple amabilidad con que lo había preparado y las ganas que tenía mi abuelo de que me curara. Como si nada, al día siguiente ya no había rastro alguno de resfriado en mi cuerpo.

Algunas otras veces regresé a su casa de visita, pero fue hasta el día en que, por accidente, me abrí la ceja, que volví a tener la inquietud y tal vez, certeza, de que en esa casa ocurrían cosas fuera de lo común. En esa ocasión, mi madre se encontraba histérica por aquél incidente, ya que no quería que fuera al hospital a que me costuraran y me dejaran una cicatriz horrible en el rostro; por lo que mi padre decidió hablarle a su papá para ver si podía ayudarnos en algo. Inmediatamente, al llegar a su casa, mi abuelo comenzó a desmoronar unas pastillas parecidas a una aspirina gigante, pero de consistencia viscosa y brillante. Limpió la herida con un pañito remojado en un líquido extraño que tenía olor a flores con alcohol, y después espolvoreó las pastillas sobre mi ceja expuesta. En ese momento, la hemorragia se detuvo, y explicó a mis papás que tendrían que ponerme todos los días ese polvo, hasta que la herida cicatrizara por completo.

Justo cuando ya íbamos de salida, llegó Berenice con una muñeca de trapo para mí. Me dijo que la había confeccionado para que me ayudara a soportar el dolor, no solo de ese día, sino para aquellos dolores que provoca a ratos la vida, y también para que pudiera conciliar el sueño con facilidad cuando volviera a pasar por momentos difíciles. La muñeca estaba rellena de una mezcla de arena, plantas, flores, y raíces secas, que emanaban un delicioso olor natural. Si cerraba los ojos y juntaba la muñeca a mi nariz, no podía evitar entrar en un estado de tranquilidad e inmediatamente me dormía. En el pecho, por la parte derecha de la muñeca, había una pequeña piedra de cuarzo perfectamente tallada y pulida, en forma de corazón, uno real; no como aquellos que se dibujan inocentemente en los cuadernos escolares y, si se ponía a la muñeca en contra luz, brillaba de distintos colores como si tuviera un pedacito de arcoíris guardado al fondo.

De repente, vuelvo otra vez a la sala con el ataúd enfrente de mí. Ese salto a mis recuerdos fue un intento por comprender a ese hombre que yacía, y  por el cual, no sentía gran interés hasta ese momento. Aunque ya fuera tarde, decidí acercarme a la caja fúnebre y asomarme en la abertura del ataúd para ver una última vez al muerto. Con miedo, voy recorriendo lentamente cada centímetro de su cara y logró enfocar mi mirada en sus facciones mixtecas. Los ramos de flores a sus espaldas, proyectan una sombra en exceso real en el rostro de mi abuelo: cada pétalo, cada raíz y cada tallo parecen estar tatuados en su piel. Entonces comprendo que él y la naturaleza siempre fueron uno, y que ese olor a tierra mojada en su cuerpo, nunca fue casualidad.


Habebeh Arias Gáber

(Distrito Federal, 1996) Estudiante de Literatura latinoamericana en la UADY. Primeriza en publicar. Gana dinero gracias a las redes sociales.

@1habebeh

  1. Excelente Hebebeh, me encantó. Muchas felicidades preciosa!!!

  2. María castillo

    Me complace ver y leer a una nena que conozco y quiero y lo orgullosa que estoy de ella

  3. Realmente buena. No tengo más palabras. Felicidades Habebeh.

  4. Sahia Arias Gaber

    Increíblemente hermoso, creo saber quién fue la inspiración para tan bonito relato. Te amo, eres muy buena y me llena de orgullo leerte.
    Mi apoyo siempre.

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