Al filo de ti

Columna | Después de la crisis | Por Pedro Lucero Lopez.

Fotografía: Untitled, Chema Madoz, 1990.

Tiempo de lectura 5 minutos.


No importa cuántas veces he intentado calcular el riesgo y medir las variables, el resultado parece siempre depender de algo más allá de mi control. Diez años han pasado, quizá un poco más, y aún así, estando al borde de terminar mis veintes, sigo sin lograr descifrar la fórmula secreta para no sufrir las consecuencias de una actividad que, como todas las características en la dulce etapa de la juventud, con la práctica se van perfeccionando. Uno podría pensar que, incluso siendo pésimo en estos menesteres, la repetición habría de capacitarme de cierta manera en ello, pero el cambio es algo que ni por constancia logro intuir, ni por inteligencia puedo discernir.

En tiempos de mi padre la escasez de opciones daba hasta cierto punto un sentido de simplicidad y tranquilidad en la resignación que hacía que el rito de paso fuera más sencillo. Casi podría decirse que uno se iba haciendo a la idea de lidiar con lo que la vida le había puesto enfrente y que acostumbrarse a lo que le había tocado a uno era al mismo tiempo ejecución de una obligación marcial y perfeccionamiento de una doctrina santísima forjada por la satisfacción del deber cumplido. No había muchas decisiones que tomar, pero sí mucha responsabilidad en hacerse cargo del asunto por sí mismo y desde que la edad lo requiriese, por más joven que el hombre se encontrara cuando la vida hubiera de reclamar su inocencia y convertirle en un hombre.

A veces siento que esto me afecta más de lo que debiera, y que sería motivo de burla si lo platico con algún otro hombre, por eso reniego en silencio, por temor a ser juzgado por el congénere. Todos parecen hacerlo de manera tan natural y sin darle mucha importancia, o al menos así quieren hacerlo parecer. Mi padre nunca tuvo esa plática conmigo y mi hermano nunca tuvo tiempo de decirme lo que se debe de hacer. Fui aprendiendo de pláticas de otros jóvenes que seguramente tampoco lo estaban haciendo bien y fui haciéndolo un poco menos titubeante -y vergonzoso- con el paso de los años. Si bien es cierto que al principio no había mucho con que trabajar, también puedo confesar que el desarrollo gradual -exponencial después de los veinte, y no antes como en los demás hombres- no hizo las cosas más fáciles, ni tampoco me llevo a dominar por completo una técnica satisfactoria.

Cuando comenzó, la falta de instrucciones y lo precario del equipo con el que la genética me había dotado eran los obvios motivos de irritación, ejecución a medias y momentos incómodos, pero después, sin la excusa de la falta de experiencia o torpeza de todo primerizo, no me quedó más que rendirme ante el hecho de que, o no era bueno para eso, o simplemente estaría -y está el hombre en general- a la merced de la incertidumbre cada vez que hay que repetir el ritual.

Pero fue en ese periodo tibio que sigue a la resignación cuando casi de golpe te me atravesaste en la cafetería y en el camino por el que trastabillaba. Habiendo caído casualmente en el mismo grupo de amigos, me costó digerirte tanto como supongo te habrá costado a ti soportarme. Aunque pensándolo bien, no pudo haber sido más de un par de semanas, el invierno aun no marcaba el fin del ciclo escolar, pero aún salía el sol lo suficiente el día que por primera vez logramos encontrarnos los labios con sabor a cerveza en una de las muchas reuniones improvisadas a las afueras de la ciudad. Cuando logré ver más allá de la chamarra fosforescente y el tinte de cabello descuidado que parecían tu uniforme, y cuando bajaste la guardia lo suficiente como para guardar el vocabulario recalcitrante que te servía de mecanismo de defensa, pude escuchar atentamente tu verdadera voz diciéndome con ternura que no importaba mi falta de experiencia previa o la inseguridad que esta me traía las primeras veces que estuvimos más cerca de lo que normalmente estábamos en público. “Relájate, no dejes que te angustie algo que algún día habrás de dominar, dijiste un día que olvidé como muchos otros, pero que me ha marcado como pocos.

Pienso en todo esto con la misma nostalgia y sepulcral seriedad cada tres semanas que, tan confundido como la primera vez, me encuentro en presencia de seis tipos distintos y cinco variaciones por cada marca. Uno pudiera pensar que años y años de preparación me habrían hecho un experto en este tipo de decisiones que a nadie más le han de tomar tanto tiempo en el supermercado como a mí. Detesto hacer el mandado, y la agonía es aún peor cuando la experiencia se alarga por casi diez minutos de estar parado frente a los anaqueles de rastrillos.

Empecé a rasurarme propiamente al entrar a la universidad, antes de eso cualquier pasada rápida de una hoja vieja de mi papá -en ocasiones sin necesitar siquiera agua o crema- lograba librarme de un ridículo arremedo de bigote que, sin previo aviso y por algo muy cercano a la generación espontánea, se convertiría en una obscura y tupida barba cerrada en tan solo unas vacaciones de verano. Sin embargo, hasta la fecha y por más bien que se vea regularmente, sigo a la merced de la incertidumbre ocasional. Por más habilidad, pericia y costumbre, por más que le invierta paciencia y dedicación, de vez en cuando tiendo a confiarme de más y termino fallando en algo que muchos otros hacen sin batallar y que no habría de dejarme marcas a esta edad.

En aquél día hablabas de lo poco que importaba para ti una barba mal rasurada y un par de cortadas paralelas en la garganta, juraste que un día habría de dominarlo y que no tenía de que preocuparme. Sin saberlo, me estabas dando una lección que he sabido aplicar en todo menos contigo. Como con la hoja triple, sigo sin lograr predecir el resultado cuando mi piel se eriza ante tu corte. Cualquier otra cosa está irremediablemente regida y sometida por mi obsesiva -y efectiva- compulsión de controlarlo todo, de verlo todo y de premeditarlo todo, excepto las dos variables que a pesar de los años siguen dejándome inerte ante la impotencia de sentirme fuera de control. Intento decir que entre y la navaja no hay mucha diferencia, que con una tanto como con la otra, quedo siempre a la deriva, esperando lo mejor pero con la certeza de que habré de ver sangre en el lavabo si así lo disponen la suerte y el caos, tiranos renuentes que reinan aún la tercera parte de mis días sin que logre someterlos a mi necia voluntad.

Te digo que entre tú y la navaja he de seguirme enfrentando a mis reproches frente al espejo. Un día tal vez me cuelgue la barba hasta el ombligo, pero mientras tanto e irremediablemente, seguiré como siempre, al filo de ti.

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