La humana literatura

Por Nancy Hernández García. Tiempo de lectura 4 minutos.


“Cuando uno escribe debe abrirse

las venas, romperse el alma”

Marco Antonio Campos

¿Qué es literatura?, ¿de qué está hecha?, ¿por qué gusta o disgusta?, ¿en qué radica su belleza o fealdad? Todavía más: ¿para qué sirve la literatura? Ésas son algunas de las preguntas que me hago muy a menudo. La respuesta es distinta cada vez, pero hay algo invariable: la literatura tiene que ser algo placentero, leer o escribir debe ser una experiencia de gozo absoluto.

En los pocos años que llevo dedicándome de manera profesional a la literatura y con la guía de los extraordinarios profesores que me encontré en el camino, he ahondado cada vez más en la inmensidad de la literatura  ̶ y quisiera una vida más por cada libro y autor descubierto; una no es suficiente para abarcarla en su totalidad ̶ , aprendí a examinar guardando distancia  ̶ y otras veces no tanto porque uno lee lo que le gusta, y la emoción siempre gana. La vida es muy corta para desperdiciarla leyendo cosas que no nos gustan ̶ ; memorizo fragmentos, diálogos, versos, anécdotas, y también guardo en lo más profundo personajes entrañables como Carlitos o Florentino Ariza… es que justamente eso es lo que me gusta de la literatura: es un universo en el que todo es posible, en donde sueño y realidad (lo que para cada quien sea la realidad) se conjugan hasta confundirse, es una manera de vivir, de humanizarnos.

A pesar de todo lo anterior, la literatura no se salva de los “eruditos”, de los pseudoliteratos, de gente que la arruina llenándola de frases hechas que nada le dicen al lector, de críticos que no descubren nada y caen en obviedades o, lo que es peor, dejan al descubierto su ignorancia y mala leche hacia el escritor puesto en escrutinio. No obstante estos inconvenientes, se muestra más  ̶ gracias a los dioses ̶  la cara amable de la moneda, ésa en la que se nota la humanidad del escritor.

Y es que la literatura también es eso: humanidad, porque está hecha de emociones, sentimientos, sensaciones, recuerdos, pensamientos, además de imaginación, claro está. Pocas son las plumas que se atreven a escribir utilizando la fórmula entrañas + imaginación; lo primero da buena parte del texto, el argumento, y lo segundo revela el dominio del oficio. Palabra tras palabra, en lucha encarnizada con el lenguaje, es como se forja el estilo del escritor, y quien se jacte de ser uno y bueno, debe hacer sentir al lector que ha llegado a un lugar cálido, añorado…

Todo este hilo de cavilaciones para llegar a Cristina Pacheco, cuya escritura es clara muestra de lo antes dicho. Cristina es una escritora con gran facilidad para la palabra y un enorme carisma; todos los fines de semana, desde hace ya varios años, podemos sintonizar sus dos programas, que aunque distintos, van hermanados, pues, nos acerca a rincones poco explorados no sólo de la cultura, sino de la cotidianidad. Los viernes a las 20:00 horas, en canal Once, asiste puntual a la cita con su entrevistado del día; Conversando con Cristina Pacheco, programa por el que han desfilado grandes personalidades de todos los ámbitos, desde poetas hasta políticos, activistas, y Aquí nos tocó vivir, que no es otra cosa que una radiografía del entorno, en donde hablan personas de carne y hueso, que no cuidan una postura políticamente correcta, todo lo contrario, se muestran espontáneos, naturales. Eso sería en lo que respecta a la palabra dicha, pero en la palabra escrita, todos los domingos aparece una nueva historia en su columna “Mar de Historias”, en La Jornada. Y allí, en ese mar el lector puede recoger historias conmovedoras, no porque sean cursis y facilonas ̶ falta que los inquisidores de José Emilio Pacheco no le perdonaban y, al ser Cristina su esposa, podría pensarse “que su escritura se contagió” de aquello ̶ , sino porque en esas historias laten corazones humanos.

Me impresiona la capacidad de Cristina Pacheco para entregar cada domingo una historia nueva, en verdad esa columna es un mar… Lo que me gusta mucho es que uno puede reconocer a los personajes en cualquier persona que encontremos en la calle, son personas comunes a las que no les sucede nada fantástico (en el sentido literario del término), sino que, justamente en su ser ordinarios es donde radica el valor de esas historias. En los muchos años de recorrer la Ciudad de México, de entrevistar a sus habitantes y turistas, Cristina ha aprendido su sencillo idioma, su manera franca y directa para comunicarse con el otro sin la necesidad de palabras largas y difíciles de pronunciar, pues la sencillez de sus narraciones así lo demuestra (además, también, de darnos cuenta del minucioso trabajo escritural, cosa que seguramente sí aprendió de José Emilio Pacheco). Las historias del “Mar de Historias” son pequeños cuadros o escenas de la vida cotidiana en ésta o en cualquier ciudad, pues, aunque los personajes tienen nombre, puede ser nuestro vecino, nuestros amigos, nuestros familiares, incluso nosotros mismos una mañana, tomando café con algún amigo.

En estos difíciles tiempos en los que los medios de comunicación y la Internet nos atiborran de información basura, de noticias alarmistas, deberíamos buscar textos como los de Cristina: amenos y esperanzadores, que nos muestran la belleza de la cotidianidad, a la que ya no miramos quizá por la monotonía de las rutinas diarias, por simple indiferencia o por la razón que sea. Pero siempre es bueno tomarse un momento para ver a quiénes tenemos alrededor. Leer “Mar de Historias” es altamente recomendable cuando sintamos que el peso de la realidad que nos muestran los noticieros y periódicos es insoportable, pues allí, debajo de esas letras encontraremos que late un corazón, y quizá nos devuelva un poco la fe en la humanidad.

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