Ensayo Revista

Adultos vs niños

Fotografía: 1940’s hot dog stand, de Stanley Kubrick

Por Nancy Hernández García

Tiempo de lectura 6 minutos.


Los niños, personajes incómodos de la literatura…

No es tan común encontrar niños en la literatura ya sea como protagonistas o como personajes más o menos relevantes dentro de la historia; haciendo a un lado la literatura infantil o juvenil, en donde sí son los reyes de la narración. Esta situación me inquieta; los personajes infantiles son los grandes marginados, pero ¿por qué? Es difícil saberlo, si incluso en la vida real no tendemos a prestar mucha atención a los sentimientos y necesidades de los niños, cómo iba a ser distinto en la literatura si ésta es  ̶ o pretende ser ̶  un reflejo de aquélla.

Este es un tema en el que no he ahondado tanto como quisiera, pero noto que la construcción de la figura infantil es un asunto que no interesa tanto a los escritores. Por citar algunos ejemplos de nuestras letras, diré que en la narrativa de José Emilio Pacheco los niños son personajes frecuentes; Salvador Elizondo es el otro autor mexicano que configura este tipo de personaje, por lo menos en dos textos: Elsinore. Un cuaderno, nouvelle en la que el escritor ficcionaliza sus recuerdos de adolescencia. Lo que deja ver que los niños son personajes poco frecuentes en la literatura mexicana, y más o menos pasa lo mismo en la universal; motivo por el que resultan interesantes cuando aparecen.

Así llegamos a Brennendes Geheimnis, nouvelle del escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942), traducida como Ardiente secreto, título que resulta muy sugerente respecto al contenido y lo menos que uno se imagina es que se encontrará con la historia de un niño de doce años que busca ganarse un lugar en el complicado mundo de los adultos.

Edgar, un niño perteneciente a la alta clase social vienesa, hijo único, con una madre joven y hermosa, pero que ha hecho a un lado el ser mujer para ser esposa y madre, y un padre por demás interesado y ocupado en los negocios, es el protagonista de esta historia. Su carácter, aún en formación, se presenta como el de un niño mimado, enfermizo, sin embargo, lucha por encajar en el mundo, por encontrar su propia voz, pues está harto de obedecer las órdenes de su madre: Edgar, vete a la cama; Edgar, cállate. Situación que lo hace, además, sentirse como un estorbo e incluso que lo tratan como un tonto, incapaz de comprender cualquier cosa que no tenga que ver con él. En medio de esta lucha interna (el niño está dejando la infancia para pasar a la adolescencia, lo que le daría algunas ventajas en el trato) y para mejorar su salud, el padre lo envía, junto con su madre, a Semmering, allí conoce al barón, un atractivo y seductor millonario que huía del compromiso pero aprovechaba cualquier oportunidad de aventura. 

Un hotel lujoso pero bastante aburrido en Semmering es el escenario en el que se sitúa esta historia. Una noche el barón descubre a su presa, Mathilde, la hermosa madre de Edgar; el niño era el medio para llegar a ella. Así, como el depredador que va tras su presa, el barón se hace amigo de Edgar, conquista su confianza y en poco tiempo se convierte en una figura de respeto para él. ¿Cómo lo hizo? Fácilmente: le dio a Edgar lo que nadie más hasta ese momento: atención. El barón empezó a tratar a Edgar como su igual, pero guardando la debida distancia entre un niño y un adulto, se interesó en sus problemas y en sus sentimientos, lo escuchó. De este modo, Edgar se sintió comprendido por un adulto, había empatía entre el barón y él, así que lo introduce a su círculo de afectos naturalmente; el barón comienza a ver resultados de su plan y una vez hecho el vínculo, él se encarga de ganarse la simpatía de Mathilde. 

Cuando el barón y Mathilde estrechan su amistad, Edgar siente celos de él y la relación con su madre se tambalea, por un lado, la ama porque es su madre pero también la odia porque nuevamente lo hace a un lado y esta vez por el barón, un completo desconocido; al mismo tiempo y como era lógico, Edgar se siente traicionado por el barón, porque le hizo creer que era su amigo, sin embargo también lo hizo a un lado para tratar con Mathilde. Una vez más el niño es expulsado del mundo de los adultos y no entiende por qué. No obstante, se da cuenta de que entre su madre y su supuesto amigo hay un comportamiento extraño, percibe la culpa de la madre… intuye que ocultan algo, algo propio de los adultos.

Con la curiosidad a flor de piel más el enfado y toda una revolución de sentimientos y sensaciones internas, Edgar decide seguirlos una noche. Mathilde creyó que el niño dormía y acudió a la cita con el barón, quien no se había conformado con su presencia y prácticamente la acorrala para que ceda al deseo sexual, pues la atracción entre ellos era evidente. El barón, como buen conquistador, va llevando a Mathilde poco a poco hasta un lugar apartado en el que podrían consumar su pasión. Paralelamente Edgar los sigue, entre sombras, es testigo mudo de lo que pasa entre ellos. El niño no alcanza a comprender bien a bien lo que pasa, pero intuye que es algo que está mal aunque sea normal entre adultos. A pesar de la circunstancia, está a punto de descubrir ese gran secreto de los adultos. De pronto su madre decide que es mejor regresar al hotel, el barón no logra convencerla y se queda con las ganas de poseerla. Edgar regresa a su habitación y finge dormir para que su madre no se dé cuenta de que la espió; de pronto escucha una discusión en el pasillo. La voz de una mujer, que enérgica se opone a un hombre, obliga a Edgar a salir de la cama para defender a su madre. Lo que sigue es una pelea a golpe limpio con el barón, ambos liberan su coraje y repudio por el otro.

Esa escena borrosa en la mente del niño se queda grabada para siempre, es determinante porque sabe que de verdad defendió a su madre de las garras de un truhán y al mismo tiempo, madre e hijo, comparten un secreto, pues ella estuvo a punto de cometer una infidelidad. Todo esto le deja un amargo sabor de boca a Edgar, lo confunde más respecto a sus propios sentimientos hacia sus padres y los adultos en general, impulsivamente escapa a casa de la abuela y es allí donde todo comienza a ponerse en su lugar. El viaje hasta casa de la abuela lo enfrenta con la realidad: si el dinero que llevaba en el bolsillo sería suficiente para llegar a su destino, cómo eran los viajes en tercera clase, tenía miedo hasta de su propia sombra…

Los días vividos en Semmering finalmente terminan por formar el carácter de Edgar, descubre la maldad de los demás, su propio coraje, lo complicado que puede ser el matrimonio monótono y también que entre los adultos surgen pasiones casi incontrolables que pueden llegar a ser desastrosas. Años después, como dice la voz narrativa, entiende por qué los adultos excluyen a los niños en ciertos momentos. El beso que su madre le da en los labios antes de dormir, después de todo este enredo, le revela por fin el ardiente secreto de los adultos.

Ardiente secreto adentra al lector a la intimidad de su pequeño protagonista y los desafíos que enfrenta en la transición de la infancia a la adolescencia, pasando un poco por la cuestión social pues, Edgar, un niño que siempre lo ha tenido todo, experimenta mucho miedo al salir solo a la calle y hacer un viaje (corto); hasta ese momento no sabía el valor del dinero ni que había personas en situaciones menos afortunadas. La configuración de este personaje es extraordinaria, el autor logra transmitir la angustia, enfado y demás sentimientos de Edgar a lo largo de la narración. Uno de verdad llega a sentir empatía por él y queda la reflexión de cómo hacemos a un lado a los niños, de pronto nos parecen seres incapaces de sentir tales pasiones y frustraciones, sus lágrimas y sus tragedias nos parecen insignificantes, ignorando el enorme daño que eso les causa.

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