Un día como cualquier otro

Fotografía: Hielo, Chema Madoz.


Columna | Después de la crisis

Por Pedro Lucero Lopez.

Tiempo de lectura 2 minutos.


«¿Crees que soy poco romántico?» Hace mucho tiempo no decía algo que me hiciera sentir tan vulnerable. Para muchos hombres, el justificarse por medio de la cruel realidad mercadológica de esta fecha ha sido excusa suficiente para pasar completamente por alto este día en el que se comercializa exponencialmente el erotismo y se le disfraza entre corazones. Otros muy seguros de sí mismos declaman entre amistades y conocidos un discurso bien ensayado «Yo soy romántico y caballeroso todo el año, me parece absurdo darle calidad de especial a este día». Sin embargo, la mayoría tiene como común denominador la supuesta “rudeza” irrefutable del género masculino, algo con lo que de generación en generación hemos sido aleccionados: yo soy hombre, los hombres no somos así. Sentimentalismos a las mujeres.

Pues si alguien tiene salida original, soy yo. No solo soy de bolsillo ligero, sino que ese día es cumpleaños de mi madre. De cualquier manera, año con año lo has entendido y cuando se puede “festejamos” un día antes o tal vez un día después. Cuando no, tus ojos reiteran dulce y pacíficamente que no es necesario.

Es cierto, soy poco detallista y hasta cierto punto un poco seco en algunos detalles que toda mujer habría de recibir siempre, mucho más en esta fecha cuando la fábula Hollywoodense de la comedia romántica ejerce más presión que nunca. En parte por crianza, en parte por un amargura de carácter, y en parte por sinsabores de mi vida antes de ti, llegué a convertirme en el hosco y no-tan-digno hijo de mi padre, pero me alegra ver que de alguna manera pudiste ver más allá de ese mecanismo de defensa y resolviste quedarte todo este tiempo. A veces te quejas, entre mentira y verdad, entre juego y en serio, lo sé y al mismo tiempo nunca estoy del todo seguro.

Te quiero. Tal vez no lo diga frecuentemente porque me parece, en el mejor de los casos, redundante, pero me gusta pensar que lo sientes cuando lo dicen mis acciones, mi sonrisa, mis preocupaciones. Tal vez no agarre tu mano lo suficiente, pero es que no te siento como pertenencia que custodiar, ni como infante que dirigir; me gusta ver que caminemos como independientes que deciden vacilar sin rumbo en ocasiones, pero juntos siempre, aunque las formas cambien y el clima arrecie. Tal vez no entienda las indirectas tan directas que disparas exigiendo un abrazo; soy distraído y casi siempre estoy en otro o en muchos lugares a la vez, pero siempre contigo, al pendiente de tu frió y tu calor, de tu logro y tu inquietud. Aunque la genética que castiga mis facciones haga parecer que no devoro con entusiasmo lo que sale de tu boca, todo lo hago mío, lo considero menester compartido.

Mariachi nunca y serenata solo una desde las bocinas de una camioneta ajena, pero muy sincera, muy sentida. Siempre se me hizo más bello haberte dedicado tantas veces aquella que era solo para ti, ya fuera con público o susurrada en secreto como cuando nos conocimos, cuando caíste en mí y yo en ti.

Es curioso, no recuerdo haberte escrito una carta antes, al igual que no recuerdo jamás un silencio incómodo. Las primeras nunca fueron nuestro estilo, lo segundo parece nunca haberse presentado, siempre es lleno y apacible, a veces dice más que cuando hablamos… solo a veces.

Es por eso que espero que sientas estos párrafos como un garbanzo de a libra, uno especial y uno que ojalá te sincronice el palpitar con el ritmo con el que escribo en este teclado. Porque aparte de esto no tengo más, al menos nada más que valga la pena o que se muestre ante ti tan sincero. Solo esto, un “te quiero” y el triple beso antes de despedirnos.

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