Por Javier Febo Santiago

Tiempo de lectura 2 minutos.


Para continuar escribiendo del amor, debe darse un sorbo nada exiguo de whiskey. Jack Daniel’s, por supuesto.  No odia a los norteamericanos gracias a ese elixir confeccionado en Tennessee. No debería odiar a nadie, pero tampoco cree que debamos amar al prójimo como a nosotros mismos. Amar es de humano, como también odiar. Jesucristo se equivocó, me dijo una vez. Sé, que se quedó con ganas de seguir hablando del particular. Pero me imagino que pensó, ¿para qué? No vale la pena. No puede tapar el cielo con las manos; ha odiado, sí, pero ha amado más.  Aunque dicen algunos filósofos, que el amor es una etiqueta. A juzgar por tal teoría, el amor, pues, no tiene una definición contundente. Existe una nutrida serie de sentimientos a los que etiquetamos con la palabra amor…, según José Antonio Marina en su libro, El laberinto sentimental. La verdad, Javier no sabe si creerle. Le aturde esa teoría. Etiquetar una serie de sentimientos con la palabra amor, se ha prestado para el terrorismo, la corrupción y la confusión. El amor, ¿una etiqueta? Tiene sentido, pensándolo bien. Algunos matan por amor, otros se suicidan por amor, y los más astutos, mienten por amor.  Si ellos dicen que lo hacen por amor, a Javier le toca mirar el horizonte con las manos en los bolsillos.   

Olvidémonos del amor, piensa Javier, mientras se echa a la boca un pedazo de queso manchego.  Ahora piensa en el queso manchego. En la idea del queso manchego. En la leche, en la oveja, y en el loco o en la loca que lo confeccionó por primera vez. También en los que se envenenaron.  Luego de quince minutos cavilando acerca del queso, la esposa lo interrumpe. Se reviste de paciencia para tratarla con delicadeza. Hace una hora le pidió que no lo interrumpiera. Nunca le hace caso. 

Carmen, se dice: En esta casa mando yo. Si quiere escribir con tranquilidad, que se compre una casa o se vaya al carajo. Él escribe, y yo barro y mapeo. Él escribe, y yo cocino y friego. Él escribe, y yo, no me cuesta más remedio que masturbarme.  Escribir y escribir.  Ninguna novela ha cambiado al mundo.  ¿Qué tiene que cambiar?  Somos bestias y seguiremos siendo bestias.  Lleva escribiendo esa novela desde hace como cinco años. Y lo peor de todo no es el tiempo que le dedica a esa labor de inocente, no; es su vanidad. Se cree que escribir palabras lo pone por encima de los demás.  ¡Qué pendejo!

¿Qué quieres Carmen?

Que bañes a Estrellita.  Apesta.

No ves que estoy escribiendo, mi amor. La perrita puede esperar.

La perrita no puede esperar, ni yo tampoco.

Javier, se dice: En estos términos no podré aspirar jamás a escribir como Brontë, Munro, Garro, o Tolstoi.  Si ella supiera que la literatura es importante para descifrar los engaños, entenderlos y dejar de soportarlos.  Los engaños no tienen frenos.  Van en busca de los espacios vacíos para llenarlos de plagas, de pestes, de pobrezas, de mala educación y de todo lo que te puedas imaginar que no es bueno. A través de los buenos escritores, lees de muchos problemas con sus diversas respuestas, desenlaces, y finales. El leer y escribir me ha apartado de la negligencia que tenía de dejar una marca en este mundo. Esa marca primitiva que seguimos plasmando y cultivando los responsables de vivir. 

¿Cómo etiquetar lo que siento ahora mismo por mi esposa?  Amor no es.   


Javier Febo Santiago.

Trujillo Alto, Puerto Rico. Febrero 8, de 2018.

Twitter: @JavierFeboStgo

 

   

  1. Elizabeth Cagwin

    El tiempo sugerido de lectura es un par de minutos. Digerirlo me tomará el resto de la tarde.
    🖒🖒

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