Cuento Revista

Invierno

Fotografía de: Robert Couse-Baker

Un cuento de Hernán Vera Álvarez

(Argentina, 1977)

Tiempo de lectura 5 minutos.


El resplandor de la nieve caía sobre la ventana del comedor mientras Adriana permanecía en silencio, detrás de las cortinas, los ojos perdidos en el horizonte como si fuera el día un largo e invisible ocaso.

Todavía en la cocina Carlos tomaba el café negro que tanto disfrutaba en invierno. A veces jugaba con su cigarrillo cuando el humo y ese sabor de los granos tostados, molidos se diría para el único hombre de la casa, se mezclaba en la garganta y era otra oportunidad para gustar de una rápida bocanada de Imparciales.

Había olvidado la sexta entre los papeles de la oficina y ahora extendía la sobremesa en el punto exacto que a ella como a él esa distracción los separaba, todavía lejos, de enfrentar lo que posponían una y otra vez. Hasta cansarse.

Lamentaba no haber leído la crítica de La Prensa que por ser lunes había llegado a horario desde Buenos Aires, aunque hubiese escuchado el partido acompañado del relato de Carlos Juvenal, agradeciendo los ímpetus al referí, las reflexiones, gravitando la voz como a él nunca le salía.

A pesar de todo, no estaba aburrido como para llenar con la televisión el momento: fumaba y tomaba café negro, era suficiente. Su esposa había cocinado lo que él pidió por teléfono como una orden, en el descanso de la tarde mientras hablaba con Gómez y afirmaba que Julieta era una verdadera sorpresa en la cama.

Hacía poco que ella trabajaba en la oficina de Correos, pero mucho menos tardaron los hombres en verse enfrentados en una carrera silenciosa por saber quién sería el que pudiese conquistarla. 

Alguno pensó que el cadete o el de la ventanilla de pagos, dueños de soltería y juventud, tendrían menos inconvenientes, la oportunidad que decide quiénes son los que eligen o se quedan eternos de escepticismo y abandono. Pero los días sucedieron y lo que en principio fue curiosidad, saludos, alguna educación que los más viejos habían guardado de la juventud como consentidas órdenes morales, luego quedó traspapelado por las menudencias cotidianas.

La presencia de una nueva compañera, no muy linda pero no tan fea como para rechazar el instinto que dormía en Carlos, sin embargo, hizo que argumentara en él acciones que rápidamente tomaron ventaja entre los demás.

Nadie de la oficina excepto Gómez imaginaba que ella vivía una temporada amorosa con Carlos. Era eso: una temporada. Otra vez la rutina volvería pese a los juegos eróticos y una piel joven a quien abrazar en invierno, porque aún con el fracaso de su matrimonio no deseaba los vaivenes de la pasión ni mucho menos el cuidado intensivo que merece el amor para no morir.

Entretanto, Adriana continuaba detrás de las cortinas observando la inmovilidad de la calle escoltada de faroles, de luz polvorosa que la misma ciudad sentía frágil cuando la nieve caía entre los árboles y se disolvía en la bruma.

Carlos apagó su cigarrillo contra el cenicero metálico. Estuvo sentado un tiempo; había comido demasiado, se reprochó, con los ojos y no con el estómago. Se sentía pesado, como si estuviera viejo. Hasta creyó que las manos eran de otro al mirárselas. Si no juntaba fuerzas seguiría toda la noche en la cocina y debía levantarse temprano a trabajar. En la mesa quedaban algunos platos y la taza de café blanca hasta el fondo.

—Hasta mañana —dijo perdiéndose hacia su cuarto. No escuchó respuesta, o no lo notó.

A un lado de la cama, sobre el piso, estaba a medio leer el libro de mecánica que Julieta le había regalado para celebrar su cumpleaños. No quiso abrirlo cansado. Se hundió directamente en las sábanas. Al cabo de unos minutos tuvo frío. Era invierno; y un cosquilleo recorría sus piernas. Carlos tenía escaso abrigo y con el pasar de la noche bajaría la temperatura.

Se molestó al levantarse de la cama, pensó por qué su mujer no se habría dado cuenta del detalle. A tientas en la oscuridad abrió el armario y no encontró nada.

—¿Adriana me querés decir adónde metiste la frazada que tengo frío? – gritó.

—¡Arriba del botinero, es la nueva que compré! –contestó y enseguida se mordió el labio inferior.    

Era una manta negra y pesada, con una línea bordó que dibujaba los contornos. Carlos agradeció tenerla; se acostó tapando lentamente su cuerpo. Experimentó una sensación de alivio en el calor que daba esa tela. Despacio, el frío se alejaba.

Se dio vuelta y percibió el tejido como elásticos dientes de suave lana que lo envolvían en la noche. Ahora estaba cómodo, relajado, indefenso a un sueño que vendría pronto.

Y así otra vuelta más y la temperatura aumentó y la silueta de Carlos era compacta entre las sábanas. El calor iba aprisionándolo semejante a largas extremidades vivas, gustosas de atraparlo entre las nubes del sueño; y en la oscuridad del cuarto la línea bordó de la manta de pronto hizo dos ojos encendidos, extraños, feroces, semejantes a un fuego.

Y de repente los dientes de hilo se endurecieron como colmillos y se clavaron con vehemencia en los brazos y piernas de Carlos. E igual que un respiro apagado fue el grito de horror que se hundió entre esa manta negra que entró en su boca hasta asfixiarlo, que succionaba la sangre como pequeños gusanos hasta reducir definitivamente su cuerpo. 

Adriana terminó de hacer tiempo en el comedor; su rostro se había impregnado de sombra, de cierta angustia con un dejo de maldad. Bruscamente empezó a llover. La luna continuaba en hoz. Entró al cuarto sin hacer ruido y no prendió la luz. Estaba exhausta. Se metió en la cama y la sintió caliente.    


Hernán Vera Álvarez, a veces simplemente Vera, nació en Buenos Aires en 1977.  Es escritor, dibujante y editor. Realizó estudios de Literatura Iberoamericana en FIU (Florida International University) y en la actualidad enseña Escritura Creativa en el Koubek Center del Miami Dade College. Ha publicado los libros de relatos Grand Nocturno y Una extraña felicidad (llamada América), y el de comics ¡La gente no puede vivir sin problemas! Es editor-at-large de Suburbano ediciones. Es editor de las antologías Miami (Un)plugged y Viaje One Way. Varios de sus relatos fueron incluidos en 20/40 Autores latinos menores de 40 radicados en EE.UU., Estados Hispanos de América: Narrativa latinoamericana made in USA y Pertenencia: Antología de narradores sudamericanos en Estados Unidos. Muchos de sus trabajos también han aparecido en revistas y diarios de Estados Unidos y América Latina, entre ellos, El Nuevo Herald, Meansheets, Loft Magazine, El Sentinel, TintaFrescaUS, La Nación y Clarín. Ha entrevistado a Adolfo Bioy Casares, Carlos Santana, Ingrid Betancourt, María Antonieta Collins, Gyula Kosice, Sergio Ramírez, Maná, Gustavo Santaolalla, Gustavo Cerati, entre otros. Vivió ocho años como un ilegal en los Estados Unidos donde trabajó en un astillero, en la cocina de un cabaret, en algunas discotecas, en la construcción. A fin de año publicará su novela La librería que muerde. Blog: www.Matematicasencopacabana.blogspot.com

Twitter: @HVeraAlvarez

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