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Georgie, el otro Borges

Por Nancy Hernández García

Fotografía de Marcello Mencarini-Leemag

Tiempo de lectura 5 minutos.


Para Imelda Sevilla

La imagen que tenemos de Jorge Luis Borges es la del arquetipo del escritor, es decir, un hombre reservado, con semblante serio, de mirada profunda, pensando, siempre pensando. Hay algunas fotografías en las que Borges sonríe, pero casi siempre tiene el rostro serio. Es tan escritor que nos olvidamos de que también fue un ser humano, un hombre de carne y hueso, con las mismas obligaciones y problemas que los demás.

Pesa más la imagen del intelectual y eso nos impide dimensionarlo en términos de mortal, por eso las catorce cartas dirigidas a Estela Canto sorprenden al lector de Jorge Luis Borges, acostumbrado a una escritura que exige un lector atento, suspicaz, pues los cuentos de Borges son motivo de preocupación para los teóricos y los críticos porque encontró “la forma de escribir lo que nunca se había escrito, precisamente porque lo hace a partir de lo ya escrito.”, incluso cambia el sentido de la literatura fantástica con sus cuentos, es parte aguas; para Borges la sola idea de que Dios sea tres personas distintas y al mismo tiempo una sola es más fantástico que el mejor cuento, cree que “Todo lo que vivimos fue inventado por alguien” y que la realidad sólo puede ser imaginada.

En todo ese universo de posibilidades, hay uno en donde un Jorge Luis Borges que está en la cuarta década de su vida se enamora de la joven Estela Canto, también escritora. De 1944 a 1952 sostienen una relación, aunque años más tarde Canto dirá que ella no se enamoró de Borges. Sin embargo, están las cartas en donde Borges se convierte en Georgie, el “siempre tuyo” de Estela Canto. El epistolario1 es breve, apenas catorce cartas, y se desconocen las contestaciones de Estela, la extensión de las mismas también es corta, no rebasan la cuartilla, el mismo Borges se refiere a ellas como postales, no obstante, en ellas está depositado un amor fuerte y profundo que incluso llega a dolerle físicamente a Borges:

Jueves, sobre las cinco.

Estoy en Buenos Aires, te veré esta noche, te veré mañana, sé que seremos felices

juntos (felices, deslizándonos y a veces sin palabras y gloriosamente tontos), y ya siento el dolor corporal de estar separado de ti por ríos, por ciudades, por matas de hierba, por circunstancias, por los días y las noches.

Éstas son, lo prometo, las últimas líneas que me permitiré en este sentido; no volveré a entregarme a la piedad por mí mismo. Querido amor, te amo; te deseo toda la dicha; un vasto, complejo y entretejido futuro de felicidad yace ante nosotros. Escribo como algún horrible poeta prosista; no me atrevo a releer esta lamentable tarjeta postal Estela, Estela Canto, cuando leas esto estaré terminando el cuento que te prometí, el primero de una larga serie. Tuyo,

Georgie.

La separación física es inaguantable para Borges. No resiste la lejanía de Estela y el dolor lo empuja a escribirle una postal al modo de un “horrible poeta prosista”. Allí también nos enteramos de que ella es quien inspiró, si no en su totalidad, en parte, algunos de sus cuentos.

Otra carta que también es muy conmovedora es la que dice “pienso que lucho por mi honor, por mi vida y (lo que es más) por el amor de Estela Canto.” Es una frase contundente. Estela está más allá incluso que de honor y su vida, la sabe inalcanzable pero no se rinde y lucha por conquistarla, cree que podrá algún día cercano atrapar el corazón de esta mujer de ideas liberales.

Como en toda relación, a Borges le es cambiado el nombre por uno que lo acerca más; firma todas las cartas como Georgie. Siempre suyo.

La última carta es triste, pues prácticamente es la despedida. El amor, el intenso amor, de Georgie no fue suficiente para el espíritu libre de Estela Canto:

Wednesday morning (miércoles por la mañana).

Querida Estela:

No hay ninguna razón para que dejemos de ser amigos. Te debo las mejores y quizá

las peores horas de mi vida y eso es un vínculo que no puede romperse. Además, te quiero mucho. En cuanto a lo demás…, me repites que puedo contar contigo. Si ello fuera obra de tu amor, sería mucho; si es un efecto de tu cortesía o de tu piedad, I can’t decently accept it. Loving or even saving a human being is a full time job and it can hardly, I think, be successfully undertaken at odd moments. Pero… ¿a qué traficar en reproches, que son mercancía del Infierno? Estela, Estela, quiero estar contigo, quiero estar silenciosamente contigo. Ojalá no faltes hoy a Constitución.

Georgie.

(Si es un efecto de tu cortesía o de tu piedad…, no puedo decentemente aceptarlo.

Amar o incluso salvar a un ser humano es un trabajo de todo el tiempo, y creo que no puede ser exitoso si se realiza en momentos perdidos.)

Al terminar de leer este epistolario, uno se queda con la sensación de haber presenciado un amor no correspondido, o no del todo, pues mientras que en Borges el amor va creciendo, en Estela no hay indicios de lo mismo. Así que la llama inevitablemente se extingue; Georgie mantiene su dignidad hasta el último momento. Queda la promesa de una amistad y un gran dolor en Borges.

Las breves cartas son intensas, más todavía: sublimes. Se trata de una escritura que quizá no reconoceríamos como propia de Borges, autor de estilo laberíntico y enciclopédico, cuya mente contenía todo el conocimiento habido sobre la tierra; pero en él latía un corazón y corría sangre por sus venas…

Termino con este fragmento escrito por José Emilio Pacheco:

Los imposibles destinos

 

Sólo Borges pudo haber sido Borges. Sus otras posibilidades hoy nos parecen irrisorias. Es impensable un Borges militar que durante la presidencia de Yrigoyen conquistara sus grados mediante la represión de los obreros en la “Semana Trágica” de 1919 y de los trabajadores de la Patagonia en 1921; un capitán Borges participante en 1930 en el golpe militar de Uriburu y que, ya como general, en 1955 derrocara a Perón.

O un Borges de izquierda que toma conciencia de la injusticia social, gracias en parte a la caída económica de su familia, escribe novelas proletaria en los treinta y se hace miembro del partido comunista, en los cincuenta gana los premios Lenin y Stalin, y a partir del xx Congreso y la invasión de Hungría en 1956, rompe con sus antiguas ideas, se vuelve del Congreso por la Libertad de la Cultura y escribe con otros excomunistas un libro titulado El Dios que falló.

O, entre los infinitos Borges virtuales, otro, que en 1945 encuentra al fin el buscado amor, logra casarse con Estela Canto y para sostenerla tiene que multiplicar sus trabajos de periodista literario, traductor y asistente editorial. Muere en 1970. Al comenzar el siglo xxi sólo unos cuantos saben que ese oscuro personaje escribió Ficciones (1944), un libro nunca reeditado pero tan digno de rescate y tan desconocido fuera de la Argentina como Misteriosa Buenos Aires de su amigo Manuel Mujica Láinez.

Como lo plantea José Emilio Pacheco, pareciera que la separación de Borges y Estela Canto fuera un sacrificio de amor para, finalmente, consagrar su vida a la literatura.

Nunca sabremos qué habría pasado si Georgie hubiera sido correspondido, tal vez la hipótesis de Pacheco y Jorge Luis Borges sería hoy un escritor desconocido, nos habríamos perdido de leer sus magníficos cuentos y eso también implica que la literatura hispanoamericana no fuera lo que es hoy, pues Borges renovó completamente el canon y se convirtió en modelo para otros muchos escritores. Y eso es lo que debemos agradecerle a Estela Canto: al rechazar el amor de Georgie, dio a los lectores y a la literatura a uno de los más grandes escritores en lengua española, Jorge Luis Borges.


Notas:

  1.  Las cartas fueron publicadas en Borges a contraluz, libro de Estela Canto. Para este ensayo, tomé la transcripción de las mismas disponible en: http://incomodamente-sensible.blogspot.com/2013/11/cartas-de-jorge-luis-borges-estela.html (Consultado: 13 de julio de 2018).
mm

México (1990). Lic. en Letras Hispánicas por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

  1. Mónica Ez

    Increíble. Tengo que leer esas cartas.

  2. ¡Claro que sí! Te garantizo que pasarás un momento de muchas emociones, son muy conmovedoras. ¡Saludos, Mónica!

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