Por Javier Febo Santiago

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Él no va a matar a nadie en este cuento. Con Él, me refiero al que va a escribir este cuento. Repito, no matará a nadie. Él siempre mata a alguien. Es normal es su literatura. Todos saben el por qué le gusta matar. Se lo exigen sus lectores. Sí, es posible que sea un deseo reprimido colectivo.  Lo entiendo.  Él es un tipo raro con lectores raros. Yo también tengo lectores raros. Yo he matado, no puedo tapar el cielo con las manos. Pero existen las justificaciones, y las uso, aunque sean vagas.  No cree en lo yo creo. No somos iguales. No lo somos ni lo seremos jamás. La verdad, es que existe mucha gente que le gusta ver la muerte de los demás. Le gusta leer de la muerte de los demás. ¿Es extraño? No. El ser humano es tan animal como un león, como una pantera, o como cualquier otro animal que depreda para sobrevivir. La única diferencia, es que nosotros depredamos para vanagloriarnos.

En este cuento tampoco escribirá de la alta cocina. Nada de los tagliollini cipriani con trufa negra o del recruit de drap con higos del restorán Grupo Tragaluz. Ni del lomo de caballa y espuma de jalapeño sobre base de pepino o de la cococha al pil pil de plancton del restorán Aponiente. Nada se escribirá.  Y si se escribe será de modo inconsciente. Que pasa, y pasa con frecuencia. Cuando no se quiere escribir de algo, se termina haciéndolo.  Es que, estar vivo es algo extraño. Tendrá que ver con alguna subtrama oculta a lo Beckett, Woolf, Kafka, Aira, Adaui, que se respira a través del aire. ¿El smoke? Puede ser. Tampoco escribirá de vinos. Dice él, el que escribirá este cuento: Que para vinos, vean Sideways, de Alexander Payne.           

Escribirá del té. Escribirá que a los japoneses, a los ingleses, a los sudafricanos, y otros más les gusta el té. No escribirá de los puertorriqueños, porque ellos no toman té.  Toman café, ron, café con ron y viceversa. Escribirá que el té tiene su hora.  Tiene las sustancias para crear conversaciones más interesantes. Los que toman café obtienen durante la conversación un cambio nervioso desprovisto de control, y además, causa mal aliento. El té es fino, saludable, y cuando se le termina, deja una sensación de liviandad adictiva, en el buen sentido de la palabra.  

La verdad, él, el que va a escribir este cuento, debería matar a alguien. Para no perder las costumbres.


Javier Febo Santiago.

Trujillo Alto, Puerto Rico. Febrero 8, de 2018.

Twitter: @JavierFeboStgo

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