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“Cielo y Tierra”: poema vorágine

Por Nancy Hernández García

Foto: Eros y Psique, de Louis Jean Francois Lagrenée, 1805.

Tiempo de lectura 2 minutos.


La poesía, como ya se ha dicho, es también un lugar de encuentro, motivo de asombro y regocijo. Hay poemarios que nos llevan por un laberinto de emociones y sensaciones, incluso de recuerdos, y también hay poemas con la capacidad de hacernos sentir, pensar e imaginar. Poemas que son una vorágine en sí mismos. Eso es lo que pienso de “Cielo y Tierra”, del poeta chiapaneco Efraín Bartolomé (1950).

La primera vez que supe de “Cielo y Tierra” fue en un festival de poesía realizado en la Ciudad de México en 2014 en el que Efraín Bartolomé recitó su poema. Cerré los ojos y lo escuché con toda la atención de la que fui capaz en ese momento. Cada palabra, cada verso, pronunciados por el poeta, sonaron de tal manera que algunos versos se me quedaron grabados para siempre; incluso al evocar el recuerdo, se me eriza la piel. Puedo decir que este hallazgo fue muy afortunado.

“Cielo y Tierra” es un poema erótico que transmite toda la fuerza que hay en un encuentro apasionado pero al mismo tiempo la intensidad es gradual, va de menos a más sin precipitarse o detenerse abruptamente. Tiene algo de sacro y profano, pues el inicio recuerda mucho algún pasaje bíblico (por el tono):

Y las aguas de Arriba amaron a las de Abajo

y eran las de Abajo femeninas

y las de Arriba masculinas…

La presencia de las palabras agua, arriba, abajo, masculinas y femeninas es el indicio, muy sugerente, de lo que viene a continuación. Desde el título podemos inferir el contenido. Todo nos va llevando hacia una atmósfera de placer, en el amplio sentido de la palabra.

La voz poética es masculina y se dirige a una mujer (“¿Has oído, amada?”), a quien parece relatarle, como recuerdo o como fantasía, el acto sexual. La narración es descriptiva y eso genera en el receptor la creación o evocación de imágenes conocidas, por ejemplo:

Tú eres la Tierra y yo soy el Cielo

Y mi amor se derrama sobre ti como la lluvia

o como una cascada que cae del sol

rompiendo entre nubes como entre peñascos

y entre los colores del arcoíris y entre las alas de los ángeles

como entre las ramas espesas de una vegetación inverosímil.

El verso “Y mi amor se derrama sobre ti como la lluvia”, trae a la mente una imagen muy famosa de la mitología griega: Zeus cayendo en forma de lluvia de oro sobre Dánae.

Y el poema va in crecendo al ritmo vertiginoso en el que la pareja es arrastrada por el deseo irresistible que tienen de unirse pero al mismo tiempo seguir siendo Cielo y Tierra, aunque al final terminen por fundirse y ser agua. El Cielo la lluvia que fertiliza a la Tierra; la Tierra, contenedora de esa agua que hace crecer los ríos; de pronto, en un giro, ella está arriba y él abajo y ahora son Saturno y sus anillos, que siguen girando aunque mantienen el ecuador, o sea, el punto de equilibrio, y nuevamente se transforman en lluvia, en tierra, en cielo hasta confundirse para, finalmente, caer “vencidos por la fuerza de nuestro propio ecuador que se ha quebrado”.

El poema es visual y sensorial, casi una invitación al despertar de los sentidos y de la mente, a través de la imaginación; transmite la fuerza de los elementos de la Naturaleza y del deseo apasionado. También es posible escuchar los sonidos del fluir del agua y la sonoridad de la selva, algo muy propio de los poetas chiapanecos. Todos estos elementos hacen de “Cielo y Tierra” un poema intenso que más que leído, exige ser escuchado, sentido.

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México (1990). Lic. en Letras Hispánicas por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

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