Relato Revista

Verde

Un relato de Laura Leticia Valencia

(Puebla, 1993)


Las paredes blancas del cuarto, que chocan con la luz amarillenta, dan una sensación de calidez. Hay una nostalgia honda, de esas que se acomodan a media garganta. Escucho la música con audífonos, cualquier cosa para distraerme. Los días cálidos de junio dejan un sopor en el ambiente, y cuando comienza a llover todos en casa nos quedamos silenciosos, inmóviles. Mamá estará sentada en el comedor con el pelo en un chongo y la mirada sobre la mesa.

De pronto, volteo hacia el suelo. Ahí está Verde, quien me ve con sus ojos enormes. Aún tiene tres años y lleva puesto el mismo rompevientos azul cielo de aquella vez. Sus rizos chorrean, pegados en la frente. Sale debajo de la cama, cerca de mis pies.

Sonríe y me deshago. Parece todo tan natural, como si ese día estuviera escogido para su regreso y le hago una mirada de qué tal. No hay más que hacer. Los truenos afuera dejan uno que otro temblor sobre el asfalto, que asciende hasta nuestro piso, hasta esa cama. Se sienta frente a mí y nos reímos.

—¿De dónde vienes? —pregunto. Señala hacia abajo.

Me da la mano y lo llevo a su antiguo cuarto. Ahora lo ocupa papá, quien está recostado. Lo ve, bufa como desesperado, lo abraza. Mamá, quien subía indiferente las escaleras, alcanza a ver su cabeza y corre hacia él. Estamos felices, anormales y extraviados.

Llegamos a la sala y le ofrecemos alimento. Movimiento ingenuo, pues él no prueba bocado. Le pregunto si tiene sed y hace un puchero. De cualquier forma, la acerco un vaso con agua y toma unas gotas con los dedos, que se esparce por los labios. Mamá se levanta y le quita el rompevientos. La playera amarilla está desecha, llena de manchas marrón y deja ver las entrañas por un agujero. Ella sonríe y le besa el costado.

Sentado en la sala, sólo observa la lluvia. La luz tenue de las escaleras es la única prendida, pues tememos que el encanto se disipe. ¿Por qué volvió? Creo que él tampoco lo sabe. Se perdió en su camino o un hilo fortuito lo trajo aquí, de regreso. Pronto nos damos cuenta de que no puede hablar. A ratos observa nuestras bocas y algo me dice que tampoco comprende todo lo que decimos. Mamá se sienta con él, papá lo observa desde las sombras, con el quejido de su laringe al suspirar.

—¿Tienes miedo? —le digo, y me responde con unos ojitos tristones. Parece conocer su estado, hay en esa cara de niño una languidez que lo convierte en anciano.

Noto que sus contornos emanan algo, vapor o polvo. Una especie de luz grave, de aura apenas perceptible. Su piel se hace traslúcida, la gamuza del sillón se asoma en su periferia.

***

Ya es de madrugada. Nos dedicamos a observarlo durante varias horas. Afuera, la lluvia no para. Como aquel día en que se fue. Verde se vuelve más y más tenue, mamá lo toma, pero sus manos ya no tocan nada. 

Corre por la sala hacia la entrada y, con la puerta cerrada, perdemos unos segundos. Mientras salimos a la cochera, él corre detrás de la cerca. La lluvia ya es una tormenta. Mamá va por delante, los tres nos sofocamos, empapados.

Cuando arribamos a la avenida, la cortina de agua es espesísima. Lo divisamos un poco, a la distancia y, cuando amaina en cuestión de segundos, ya no está. Al parecer, esta vez irá más ligero. Nos quedó el rompevientos.


Laura Leticia Valencia (Puebla, 1993) estudió Filosofía y es redactora en medios digitales.

Twitter: @LauraLValencia 

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