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Los monstruos de Max

Por Nancy Hernández García

Tiempo de lectura 5 minutos.


Entre tantas cosas, uno también es lo que escribe. La escritura es una carta más de presentación; si bien, no nos dirá todo sobre el autor, sí nos dará un esbozo de lo que es, de sus intereses, inquietudes, gustos, disgustos, ideología y obsesiones, precisamente por eso el primer libro de un escritor es muy importante. Más que por cuestiones de mercadotecnia, importa porque  —valga la redundancia—  con ese primer libro conoceremos a un nuevo autor, uno que quizá llegue tan lejos como cualquier nombre conocido, uno cuyos libros nos acompañen el resto de nuestra vida, o sea la puerta (o ventana) de entrada a la literatura.

Ahora, en un paréntesis les cuento cómo conocí a Maximiliano Sauza Durán (Querétaro, 1993).

Muchas de las cosas significativas de mi vida han sido una feliz casualidad, serendipias, si quieren. Nos encontramos en Twitter a principios de 2017 y desde entonces no hemos dejado de conversar, porque así defino yo nuestra amistad, como una conversación (que espero sea muy, muy larga). Unos mensajes después alguno de los dos mencionó a José Emilio Pacheco; resultó que es nuestro escritor favorito y que ambos escribíamos tesis sobre él. Eso fue como un chorro de cera que cayó sobre esta amistad y la selló para siempre. En junio pasado Max hizo un viaje relámpago a la Ciudad de México; por fin nos vimos en persona. Continuamos nuestra conversación, sin ningún hilo conductor, los temas iban y venían, de pronto dijo “te traje un regalo, no lo odies”. Fue así como llegó a mí Los monstruos de marzo (Editorial Montea, 2016), el primer libro de este novel escritor (que promete mucho).

Es interesante cómo en este libro Max dice, sin decir, mucho de lo que él es, por eso empecé diciendo que uno también es lo que escribe. Los personajes y los temas de los cuentos son muy cercanos a su entorno: Xalapa, la arqueología, la poesía, la escritura, sus lecturas y me atrevo a pensar que convirtió en personaje a sus amigos. Su escritura es sencilla, no busca  —a diferencia de otros escritores de su generación—  palabras rimbombantes ni crea imágenes a la fuerza, que se pierden en su mismo carácter abstracto y no llegan a ser.

La escritura de Max es realmente cautivadora e inteligente. Como en todo primer libro, se notan la influencia de quien tal vez sea su maestro: José Emilio Pacheco, pero no se le puede culpar por eso; es un pecado venial surgido de su admiración por aquél. ¡Quién no quisiera escribir como José Emilio! El caso de Max es distinto, no se trata de una simple y superficial imitación del maestro, sino de una apropiación con la que pretende encontrar su propio estilo. “Museo de Historia Natural” es un cuento que inmediatamente me remitió a “El viento distante”:

¡¿Qué tanto observan asquerosos adefesios?! ¿Se ríen de mí por estar dentro de esta maldita jaula? ¿Se ríen de mí por haber nacido monstruo? ¿Les parezco gracioso? ¿Les gustan las monerías que hago dentro de mi estanque, donde se fusionan mi comida, mi mierda y los miserables cacahuates que me avientan? ¡Si ustedes son los que están presos! Ustedes son los que tienen que venir a verme para sentirse íntegros y completos; ¿no se dan cuenta de que se han esclavizado al cuento de que pueden venir a un museo a ver piezas y sentirse únicos y especiales? Pero ni estos barrotes me aprisionan tanto como esas vidas tan banales que les atan las manos y pies a todos ustedes.

Quizás sí soy un animalito muy simpático, pero no siento ni la más mínima pena por ustedes. Yo sólo los contemplo y me río por creerse libres entre sus barrotes invisibles.

Por supuesto que Max le da una vuelta tuerca al cuento de Pacheco y lo hace todavía más crudo y violento de lo que es aquél. Sin embargo, causa el mismo efecto: pone al lector frente al espejo.

Quisiera detenerme en dos cuentos más: “Bashô y los popolucas” y “Manual para matar sin remordimiento”. En el primero, la referencia a Bashô es directa, diría que, más bien, es una conversación con él; el haikú es el tema de esta plática entre el milenario poeta y el joven escritor, pero también invita a otro de sus consentidos: Octavio Paz. En el cuento, el Nobel es un tímido estudiante de Lingüística, con el mismo nombre, Octavio, además lector de Bashô y sensible al tañido de la lira. Este cuento me parece el más revelador sobre la personalidad de Maximiliano Sauza; no se trata de una autobiografía, pero sí de una ventana a través de la que se puede vislumbrar el entorno del autor. Aquí se cumple lo que anuncia en la nota introductoria: “la división entre ficción y no ficción no me queda clara. En estos relatos he querido transmitir las dudas que mantengo sobre las cosas cotidianas: los verdaderos monstruos.” Efectivamente, la frontera entre lo ficticio y no ficticio (porque la realidad es cualquier cosa para cada quien) es algo que no preocupa a este joven escritor, antes bien, observa su entorno para en su escritura mezclar esto y aquello, de manera que el lector está frente a situaciones con las que puede llegar a identificarse o simplemente ser testigo de conversaciones como la de este cuento. El segundo cuento es mi favorito del libro; me atrevo a decir que es la poética de Maximiliano Sauza, es decir, en estas líneas el autor revela lo que es para él la escritura: un lugar donde la venganza es posible. Pese a la carga semántica de las palabras utilizadas, el autor no hace una apología del asesinato.

No es la muerte escrita igual a la muerte de la vida diaria: donde uno perece y es sepultado; y los bichos se comen su carne y éstos se mueren y luego sirve usted (o lo que queda de usted) de abono para las plantas y los prados y otros bichos y entonces se vuelve parte del ciclo eterno de la resurrección biológica. No. Morir no es así de fácil, morir es dejar constancia de que la muerte existe. Morir es percibir la muerte de otro. Morir es matar.

En esa dicotomía (leer/escribir – morir/matar) estamos todos inmersos; es lo que nos da la facultad de cometer un crimen.

Estas líneas me recuerdan el poema 6 de “Grande es el odio”, de Eduardo Lizalde:

De pronto, se quiere escribir versos

que arranquen trozos de piel

al que los lea.

Se escribe así, rabiosamente,

destrozándose el alma contra el escritorio,

ardiendo de dolor,

raspándose la cara contra los esdrújulos,

asesinando teclas con el puño,

metiéndose pajuelas de cristal entre las uñas.

Uno se pone a odiar como una fiera,

entonces,

y alguien pasa y le dice:

“vente a cenar, tigrillo,

la leche está caliente”.

Así pues, escribir, para Max, es uno más de sus monstruos cotidianos, es algo con lo que está en lucha constante y no porque no quiera escribir, sino porque ama escribir, por eso su afán de presentarnos como nuevo todo lo que en apariencia ya conocemos porque nos circunda. Se refiere al gastadísimo cliché de la eterna pelea entre el escritor y la página en blanco, al imperante deseo de escribir, ése que viene de algún recóndito lugar del alma del escritor, que lo abrasa y lo devora: “Leer nos hace humanos, escribir nos vuelve monstruos”, finaliza Max. Le doy la razón.

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