Relato Revista

Carta para la señorita Hoja en Blanco

Por Nelson Gutiérrez Solana


30 de mayo del 18

Querida Hoja en blanco:

¡Qué tal te va? Espero que todo marche bien. Yo acá escribiéndote…, de nuevo. Me encantaría iniciar esta carta con el trillado: “Por fin tengo tiempo para escribirte”, pero no me lo permito, recurro a lo cartesiano y aprovecho que te gusta tanto el latín y el tú, luego pienso; en escribir sobre ti, tómalo literal o en sentido figurado. Cuéntame, por ahí un amigo me dijo que peleó con el lienzo. ¿Te has enterado de algo? ¡Siguen enojados? Pregunto por esa amistad de textura que los une. Del resto he estado tranquilo, mi silbido no se altera al estrépito del trueno, así como me enseñaste, pero no quiero desvariar en situaciones personales, mucho menos en por qué encabecé esta carta con el año 18 y eliminado el 2000 solo para que sonara más poético, más cercano a una década de otro siglo y arrugar esta carta y verterle café, una esquina arrancada y palabras tachadas con enmendaduras, y al sujetarte te sientan ese grumoso relieve maquinal de las martillo letras.         

Para ser conciso y no gastar más de tu cuerpo te escribo para preguntarte: ¿qué ganas con tu intimidante blanco? No es que quiera ser entrometido o controlador, primero que todo, pero no creo que te siente bien. Personalmente, me gusta verte cargada de letras, de párrafos y escenas en donde se presentan realidades únicas, la metáfora se curva con el triángulo y los animales hablan cual académicos en salón de baile. Sabes que eres causante de insomnio por igual en poetas, escritores e, incluso, estudiantes, aunque estos últimos no tienen la culpa, estarán contigo un par de años y luego se irán a sus rutinas compro-trabajo-dinero. Sospecho que te gusta estar así: limpia, virgen, desnuda. Por eso tuerces la boca, picas el ojo, te acomodas la falda, piernas blancas, rostro níveo, Blancanieves celosa del blanco, y te llaman señora, y lo escuchas fuerte, maduro, casi en su punto, pero con un buen entonado, corriges y si acaso regañas: ¡se-ño-ri-ta! Chasquea los dedos, dos puntos: cautivado, por el glamour de una secretaria en su día.  Y cómo lo disimulas el bien, casi perfecto, porque después te regodea el mañana empiezo y todavía falta un mes. Éxtasis, puro éxtasis y palabras que inician con e y equis cuando lo sometes a tu indiferencia la noche antes de la entrega. Solo para ser arropada de mediocridad. Creo que mereces más.  Creo, también, que eres en parte gato, Sra. Hoja de blanco, disculpe, señorita, que la ofenda compararla con un animal, pero cada vez que se te acercan huyes con las ideas. Deja el capricho. Compórtate como una dama. Qué no te enseñaron educación tus padres. No vaya a ser que termines sin príncipe y sin enanos. Pero sabes que miento, y me imagino tu página, viéndome mentir, porque los poetas y aquellos obstinados escritores no te imposible de pensar (sic). Desde que los despierta hasta que los acuesta el vino su conscientemente no tiene espacio para nadie más y si alguien llega y pregunta si el puesto está libre armarías un escándalo de sangre derramada. Y aquí te señalo y te miro con desaprobación, me uno a la multitud llena de rabia e intransigencia, pero es solo por no comprenderte.

¿En serio eres así? O, ¿Es que tú no permites! Tienes que ser más correspondida. ¡Qué te parece si llegamos a un acuerdo? Déjame proponerte un trato: tú da las primeras líneas el resto me lo dejas a mí. Así sea dos sustantivos, o por lo menos un verbo, de esos que arrancan movimiento y encienden quién sabe qué y ahí empezamos. Anda, anímate, es un buen trato. Serías una tonta de no hacerlo. No ves que los lectores se aburren y prenden la tv y los profesores se acuerdan de las bromas de sus alumnos y te terminan tachando con tinta roja como si fueses tú la culpable. Y nadie quiere verte el vestido manchado de rojo. No. Todos queremos que lleve un perfecto brocado de letras altas y bajas, y las tildes sean pequeños puntos de pimienta que conjuguen con los botones y las costuras de una frase bien hilvanada. Te verías genial y no miento, porque como ya te lo expliqué, la indolencia tuya es absoluta a la hora de la mentira. ¡Ven y te invito! ¡Qué te provoca? Vamos al mar o al café que tanto te gusta. Allí donde nos hicimos amigos. Café con leche y pan remojado en la imaginación de nuestra realidad.

Bueno, ya dejo de distraerte porque estarás ocupada deleitándote con algún garabato, de algún empecinado en alabarte. Mira, que eso así no es. Pero me distancio de todo sermón en donde ajeno, moral y prójimo sean los protagonistas, sencillamente, porque no me gusta, como no gustarme la comida caliente, como no te va a gustar cuando un día algún te plante un espejo y veas lo pálida que eres, veas la mancha de café en tu solapa. Entonces, quizás, comprendas tu mutismo, más allá, ese tu tan silencio y la apatía que ha quebrado a cualquiera que te afronte. Sin importarte haber dejado calvo a más de una mujer y corrido el rímel en el maquillaje de los hombres. No es necesario que te alimentes de lágrimas o puñetazos alentados por la frustración. Nadie quiere un hueso roto en la mano. Ahora, si ya es difícil escribir podrás imaginarte hacerlo con una fractura. ¡Ah!, pero a ti no te duele nada. Tú no tienes huesos, tú no tienes tripas, te he escrito mil veces y nunca he obtenido respuesta. Lo juro, y ya te he escrito sobre este juramento, que no te escribo jamás. ¡Por favor!, no te conviertas en esas nenas de pelo largo miel y tez rosada melocotón, o azabache negro noche y pecas silueta nariz, lo que sea menos una falsa promesera, como dice el disco. Sí, lo admito: un poco brusco contigo en esta ocasión, pero no quiero que quedes con el sinsabor de masticar ajo por esta carta, pues me dijeron, hace poco y no queriéndolo creer, que tú también eres papel y el papel lo aguanta todo.      

Sinceramente, Nguillo


Nelson Gutiérrez Solana (Barranquilla, Colombia) Máster en Literatura Española e Hispanoamericana de la U. de Barcelona. Aprendiendo a leer y a escribir.

Twitter: @nguillo

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