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Yo soy un desequilibrado de amor

Por Nancy Hernández García

Foto: Clara Aparicio Rulfo. Revista LIFE.

Tiempo de lectura 5 minutos.


El nombre Juan Rulfo inmediatamente nos lleva a pensar en dos de los grandes libros de la literatura mexicana contemporánea: Pedro Páramo y El llano en llamas. Sin embargo, Rulfo también es autor de El gallo de oro, novela pensada para el cine, medio al que el autor también estuvo vinculado, así como a la fotografía.

Pese a su gran talento, Juan Rulfo tiene una obra pequeña, conformada tan sólo por tres libros de narrativa. De alguna manera, entre la brevedad de su obra y su imagen hay congruencia; en todas las fotografías del autor, uno ve a un hombre serio de mirada profunda y enérgica. Al respecto, dirá de sí mismo a Clara Aparicio, en una carta fechada el 28 de agosto de 1947: “¿Verdad que salí rete corajudo? Ésa es la cosa, que no sé de dónde saco esa mirada tan furiosa siempre que me retrato. Por eso es que no me gusta hacerlo”.

Aire de las colinas. Cartas a Clara, conocido mayormente por el subtítulo, es uno de los epistolarios más entrañables de las letras nacionales; razones sobran. Este libro, constituido por 81 cartas escritas entre octubre de 1944 y diciembre de 1950, revela otro Juan Rulfo y simultáneamente al mismo. Digo que a través de estas cartas conocemos a otro Rulfo porque en las páginas dirigidas a su novia Clara Angelina Aparicio Reyes, Juan no sólo expresa su creciente amor por ella, sino que también van creando, ambos, una complicidad rara vez vista en el medio literario. Sí, quizá debido a que Clara nada tenía que ver con las letras y a que Rulfo mismo se mantuvo alejado del ámbito cultural, por lo menos mientras pudo.

El autor de Pedro Páramo se muestra profundamente enamorado, con un amor que es más bien veneración por Clara, quien desde el nombre le parece una bendición de Dios, pero también porque la asemeja a su madre; entonces, Clara Aparicio se convierte para Juan Rulfo en el gran pilar de su vida, en la depositaria de sus sueños y tribulaciones. En las cartas es posible ver cómo el amor de Juan se va incrementado, desde la primera, donde Rulfo reconoce en ella el milagro:

Clara: corazón, rosa, amor…

Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.

Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.

Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida.

Hasta la última, cuando Juan y Clara ya son marido y mujer, padres de dos hijos:

Madre, madrecita chula:

He sabido ya lo que hiciste, la enorme travesura que hiciste. Has traído un hijo nuevo al mundo. Alguien que te cuidará cuando ya no puedas con la vida. Me cuentan que nació muy grande, y yo me imagino cómo te has de ver hermosa junto a él, abrazada a él, fuertemente, como si estuvieras abrazando con todas tus fuerzas tu esperanza.

Esta carta, fechada el 16 de diciembre de 1950, da cuenta del nacimiento del segundo hijo del matrimonio. Han pasado dos años desde que se casaron y nueve desde que Rulfo vio por primera vez a Clara en el café Nápoles de Guadalajara; el tiempo se escurre como agua y como ésta gasta las piedras de los ríos, aquél hace con las personas, los sentimientos y las cosas, sin embargo, Juan Rulfo sigue enamorado de su Clara Aparicio:

Mira, amor, ¿qué te podría decir yo? Esta carta debería ir sin palabras. Sólo llena de besos y del gran cariño que te tengo. Molerte a besos en el gran molino de mi corazón, que tú has hecho tuyo, y poner mi alma desdoblada como una sábana para que tú envuelvas en ella a toda tu familia.

Fíjate, ahora ya somos cuatro y antes era yo solo y muy metido en medio de la noche. Tú has traído gente a esta casa. Primero tú y luego esas visitas de tu hija y tu hijo, y has hecho que te quieran y así has aumentado el amor a tu alrededor de todos los que ya antes te queríamos.

El fragmento anterior señala que el sueño se materializó, como lo dice el propio Rulfo: “ahora ya somos cuatro y antes era yo solo y muy metido en la noche”. La presencia de Clara es el motivo que el escritor tiene para vivir y para luchar contra el tedio de la vida pues, en estas cartas también escribe lo aburrido que se le hace el trabajo en las oficinas de la llantera Euzkadi. En la empresa todo le parece gris, el ruido de las máquinas lo aturde y ni siquiera puede mirar al cielo porque todo está cubierto y encima de eso, lo nombran “capataz” de esos empleados también mecanizados y grises. Rulfo no lo soporta pide su cambio a otro departamento; lo envían a ventas. Y uno  ̶ por lo menos yo ̶  no se imagina a Juan Rulfo vendiendo llantas.

La caminata y excursiones al Popocatépetl, además de distracciones también son el detonante para otra de las pasiones del autor: la fotografía. En el epistolario también habla de eso con Clara, quien más que destinataria es su decantadora. La retrata y le envía las copias; esas imágenes nos dicen por qué Rulfo quedó prendada de ella desde el primer instante, pues su belleza es indiscutible.

Otro de los rasgos interesantes con que uno se encuentra es la mención que Rulfo hace de algunos de sus cuentos; su postura es autocrítica, severa:

De lo que me dices del cuento se me está ocurriendo decirte que está mal; ahora que lo leí ya impreso no me gusta y es que realmente está muy mal escrito. No creas que te estoy contando un cuento por no mandártelo, pero la verdad es que he estado fallando en eso de escribir. No me sale lo que yo quiero. Además, se me van por otro lado las ideas. Y todo, al final, se echa a perder. Si logro hacer ese de “Una estrella junto a la luna”, de que te platiqué en cierta ocasión, te lo mandaré a la carrera antes de publicarlo para que le des el visto bueno.

Un año después, en 1948, escribirá:

Se me olvidaba decirte que mañana (miércoles) a las siete y media van a leer algunos pedazos por la XEW de mi último mamarracho, aquel que yo te platiqué que se iba a llamar “La Cuesta de las Comadres”. En esa radiodifusora les gusta mucho mortificar a la gente buena que quiere estar tranquila.

Entonces, las cartas a Clara no son únicamente un montón de cartas de enamorado, como podría pensarse en un inicio, sino que son textos donde el lector puede asomarse a la cosmovisión de Juan Rulfo, ya que aquí están escritos los pensamientos más sinceros del autor; incluso, en un ejercicio de imaginación, en la lectura es posible escuchar la voz de Rulfo, puesto que el estilo de su obra literaria y el del epistolario es casi idéntico, por eso dije que también vemos al Rulfo que conocemos como escritor. El lenguaje con el que se comunica con Clara no es rebuscado ni tampoco simple, más bien, se trata del idioma de Rulfo, es decir, un español al que le agregó frases que forman parte del léxico de la gente del campo, de Jalisco exactamente, de la gente sencilla que no tiene más pretensiones que las de contemplar el cielo y saberse libre y amada, como las aves. Algunas veces, nos parecerá escuchar a alguno de los personajes de Pedro Páramo o de El llano en llamas, lo cual no es descabellado porque fue en las cartas donde su narrativa empezó a materializarse.

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México (1990). Maestra en Letras por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

  1. Alfredo Avalos

    Regio el texto !!!

  2. Manuel García

    Inigualable análisis.

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