Columna Ensayo hojasueltas

La [imperante] necesidad de escribir

Por Nancy Hernández García

Tiempo de lectura 5 minutos.


¿A quién escribe el que escribe por mí,

orilla hecha de labios y de sueño,

quieta colina, golfo,

hombro para olvidar al mundo para siempre?

Octavio Paz, “Escritura” (frag.)

Alguien sentado frente a la página en blanco es la imagen más desgastada dentro de los clichés del escritor, sin embargo, ese es el momento culminante de la escritura.

Paulina Lavista, viuda de Salvador Elizondo, describe así el proceso creativo de Elizondo: Salvador daba algunas vueltas alrededor de su escritorio, pensando, y cuando se sentaba a escribir era para eso, para escribir. También se sabe que practicaba la escritura automática, como consta en sus diarios, que bien podrían tomarse como una especie de cuadernos de notas, pues en ellos está el verdadero Salvador Elizondo.

Cada escritor lucha como puede contra la hoja en blanco. La escritura es uno de los oficios más complicados y complejos; el escritor, un orfebre, por eso es cuidadoso con las palabras que elige. La literatura que reflexiona sobre sí misma, es decir, sobre el proceso a través del cual llega a ser, es un tema presente en las letras mexicanas, tomado, por supuesto, del nouveau roman, cuya propuesta estética consistía en hacer narraciones objetivas, es decir, que el foco sería algún objeto; los personajes y el tiempo lineal no le interesan a estos autores. Contra lo que pudiera pensarse, el cambio resultó fructífero pues los escritores experimentaron con formas, temas y estructuras.

Elizondo y Josefina Vicens fueron escritores atrevidos. La innovación es una característica de la narrativa elizondiana; en Vicens, sin embargo, es verdadero mérito ya que ella sólo publicó dos novelas, El libro vacío en 1958 y Los años falsos en 1982. Hubo veinticuatro años de “silencio” entre una y otra; pongo las comillas en la palabra silencio porque Vicens escribió todo el tiempo, aunque lo hizo con seudónimos (“Pepe Faroles” y “Diógenes García”) y sobre temas nada femeninos (política y tauromaquia).

El libro vacío es una novela que se escribe frente a los ojos del lector, aunque el narrador, José García, diga lo contrario pues, se supone que el lector está leyendo el segundo cuaderno, el borrador, puesto que en el primero sólo vaciará las palabras dignas de ser leídas en una novela. Los problemas del protagonista van más allá de vencer el pudor de mostrar al lector la novela que escribirá; en el proceso de escritura tomará conciencia de su incapacidad de escribir. José García se debate durante toda la novela entre las ganas, que conforme pasan los días se vuelven una necesidad imperante, de escribir y encontrar el modo de hacerlo. ¿Escribir qué y cómo?, ¿para quién? Lo que empieza como un proyecto artístico termina como un motivo de angustia que aparentemente no se resuelve.

La novela cuestiona fuertemente la labor del escritor y cómo ésta puede incluso rebasar su capacidad de expresión. Al mismo tiempo, la escritura es una forma de lo permanente pues a través de la creación, dice Octavio Paz en la carta prefacio, “se puede rescatar el sentido de la historia (personal o social, vida íntima o colectiva)”. Escribir también significa que uno tiene algo que decir a los demás, no obstante, la pelea con la página termina siendo también con los propios demonios del escritor, con su soledad y desarraigo, sentimientos nada fáciles de entender; enfrentar la interiorización es un acto de valentía y una experiencia profundamente humana:

Y ahora quiero confiarte algo personal: la imposibilidad de escribir y la necesidad de escribir, el saber que nada se dice aunque se diga todo y la conciencia de que sólo diciendo nada podemos vencer a la nada y afirmar el sentido de la vida, yo también, a mi manera he sentido y procurado expresarlo en michos textos de ¿Aguila o Sol? y en algunos poemas de otros libros. No digo esto por vano afán de precisión literaria sino por el simple placer de señalar una coincidencia. Ahora que reina en tanto espíritu la discordia y la ira divisoria, es maravilloso descubrir que coincidimos con alguien y que realmente hay afinidades entre los hombres. Creo que los que saben que nada tienen lo tienen todo: la soledad compartida, la fraternidad en el desamparo, la lucha y la búsqueda.

Con esa confesión termina Paz la carta a Vicens. Y uno se asombra de que el Nobel de Literatura mexicano sea parte del porcentaje de seres que en algún momento sintieron la imposibilidad de escribir.

Enfrentar a la nada, eso es escribir. Pero, entonces, ¿qué hallará el lector en El libro vacío? La lucha del escritor contra el lenguaje, las palabras, los sentimientos, la soledad, la cotidianidad.

El nouveau roman trajo consigo la posibilidad de tomar la escritura como motivo de la propia escritura; desde entonces la literatura vuelve los ojos sobre sí misma. Otro ejemplo es el cuento “Proyectos”, de Salvador Elizondo, publicado dentro del volumen Camera lucida (1983). El cuento tiene un tono reflexivo, por momentos pareciera que uno lee lo que Elizondo piensa sobre la escritura, sin el filtro de la ficción, pues el tejido que hace de su idea de escritura con sus lecturas y charlas con intelectuales como Paz, hacen dudar al lector sobre el género del texto, que oscila entre el cuento y el ensayo. No obstante, dilucidar el género no es importante.

“Proyectos”, como su nombre lo dice, ensaya sobre la escritura como una manera de fijar la memoria y hacer la realidad tangible al mismo tiempo que aborda el tema de los problemas del escritor:

[…] apenas pude enfrentarme a la página en blanco más de una docena de veces sin que fuera en vano. Al cabo de un año pasado en este ejercicio compruebo en mi propia disminución la certeza de un vaticinio pesimista, formulado hace algunos años, acerca de los rigores de la autocrítica que no puede conducirnos sino al punto más allá del cual la escritura es imposible o, de vuelta, a la página en blanco.

La página en blanco es la posibilidad del proyecto.

 

José Emilio Pacheco es otro autor que ejerció la autocrítica y eso lo llevó a la reescritura, por eso es el tormento de quienes lo estudian. Por su parte, Elizondo propone la página en blanco como una oportunidad para comenzar de nuevo; esto es, sin embargo, un círculo vicioso para el escritor o poéticamente, otra representación de Sísifo: la escritura es la pesada roca que el escritor empuja hasta la cima y una vez allí deja caer para (re)comenzar su eterna tarea.

Estar frente a la página blanca es motivo de angustia aunque el autor ya sepa qué quiere escribir, pues, el tormento corre ahora a cargo del cómo. ¿Cómo escribir lo que quiero escribir?, ¿en un cuento, un poema, un ensayo o en un texto híbrido? ¿Y si resulta que el aliento me alcanza para una novela, pero a la mitad siempre no? Las vicisitudes del escritor son tan exasperantes como las de cualquier otro profesional, tiene que resolver problemas que le exigen pericia manual, inteligencia y emoción. La emoción es tan importante como la técnica, si se prescinde de aquélla, los textos no dicen nada al lector, pero tampoco hay que caer en el sentimentalismo. La escritura es un puente para llegar al otro y conmoverlo, transmitirle la fraternidad en el desamparo y que su soledad no es sólo suya; debe latir un corazón en cada página porque “el destino de los escritores que no se entregan al público es la Academia”, y no hay vuelta de hoja. Escribir es saltar al vacío.

  1. Carlos Andres

    Gracias, su texto me hace reflexionar; Un espacio en blanco pareciera confrontarme con mis miedos, mis prejuicios, mis nimiedades, mi soledad… de pronto estalla en mi un atisbo, una estilla que se desprende: no quisiera hacer otra cosa que leer y escribir, qué tan solo habitará en mí este binomio durante la tarde noche. Confrontarme a esa página, verme, verte, saberme en esta realidad.

    • mm
      La musa del poeta

      Gracias por tu lectura. Me alegra saber que te conmovió de esa manera. Saludos!

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