Columna Ensayo hojasueltas

Eurídice contemporánea

Por Nancy Hernández García

Tiempo de lectura 5 minutos.


Para Eurídice González

A veces la literatura es una suerte de espejo o, en palabras de José Emilio Pacheco: “no leemos a otros, nos leemos en ellos”; también es cierto que la literatura, además de invención, es una reelaboración y una apropiación de las lecturas del escritor. Lo último es una obviedad, pues, el trabajo del escritor es leer, leer y leer, nunca dejar de leer, pero también es cierto que de su habilidad y técnica narrativas dependerá que el lector sienta como nueva la rancia temática de su escritura.

¿Por qué hablo de la literatura como espejo? Para empezar, uno no lee cosas que no le interesan o le disgustan, sino aquello con lo que se identifica de alguna manera, sin embargo, también el destino mete la mano y es así como tenemos felices encuentros. Cuando esto pasa y conectamos con el autor, parece magia y uno cree. Las palabras de Pacheco resuenan, más que en la cabeza, en el alma. Es como si la vida misma nos pusiera frente a lo que antes no vimos, nos obliga a enfrentarlo… a hacer catarsis.

Con esta sensación de intimidad me entregué por completo al gozo de la lectura del cuento “Eurídice” de la también poeta mexicana Esther Seligson.

“Ahí estás en el muelle con tu maleta en la mano. Acabas de dejar el hotel. La separación. Una más. Es la imagen. Tú, de pie, acodada a la baranda de piedra contemplando el río grisáceo, turbio como el fluir de tus pensamientos.”, así inicia el cuento. Tiene cadencia y es suave. Más que a narración, sabe a prosa poética. Seligson atrapa al lector desde la primera frase, termina por seducirlo con el uso de la segunda persona del singular, ese al que se refiere bien pudiera ser el propio lector… Gramaticalmente es un juego muy interesante ya que ese tú al que le habla es, además, una mujer. Este es un detalle importante, aunque claro, no pretendo sesgar la lectura reduciéndola a la perspectiva femenina ni tampoco voy por las cuestiones de género. Lo que me interesa resaltar es que la escritora se reafirma desde la voz narrativa, es decir, Esther Seligson narra desde su ser mujer.

Ahora bien, si la forma es atractiva, el fondo lo es todavía más. El nombre Eurídice nos remite al mito de la ninfa y Orfeo, su amante esposo. Este es uno más de los amores trágicos de la literatura occidental: mientras Eurídice paseaba por el bosque junto a las náyades, Aristeo la ve y queda prendado de su belleza, así que la persigue para poseerla. La ninfa huye a prisa, la muerde una serpiente y muere. Orfeo, poeta y músico divino, queda destrozado por la muerte de su amada; va al Hades y convence a Caronte y Perséfone de que le devuelvan a Eurídice. Perséfone acepta, pero le pone una condición: no voltear durante el trayecto hasta que ambos estuvieran fuera, cubiertos por la luz del sol. La duda se apodera de Orfeo y voltea antes de salir del Hades; una fuerza jala a Eurídice. Vuelve a perderla. Ella regresa al mundo de los muertos y él al de los vivos.

Entonces, la frase del inicio del cuento, “La separación. Una más. Es la imagen.”, es el nexo entre el mito al que Seligson hace referencia y su propio cuento. Se trata, pues, de una reelaboración de aquél; también hay ciertas frases que hacen recordar El miedo de perder a Eurídice, novela de Julieta Campos. Esther Seligson entrega al lector una historia ya sabida y saboreada en una nueva envoltura. Conserva la esencia: esta Eurídice tampoco puede estar junto a su Orfeo. No se saben las razones de la separación y la narración pareciera ser una especie de libre fluir de la conciencia, un hablarse a sí misma aunque el referente sea un tú; es un discurso pronunciado en los adentros de la protagonista, quien mientras espera el tren, evalúa el último trozo de su vida, su entorno. La conciencia le habla y no se cansa de pedirle que suelte la maleta, pesada carga a la que se aferra; ¿qué contiene? Nostalgia, soledad, silencio, el pasado y lo que no podrá ser.

“Eurídice” es un cuento breve, pero complejo. Se distinguen, por lo menos, tres niveles o planos narrativos: el primero es donde está la figura de Eurídice, el segundo es el cuento propiamente y el tercero es el de los pasajes de la historia de los judíos. Estos últimos están marcados tipográficamente con cursivas y hablan explícitamente del pueblo judío; Seligson tenía esta ascendencia. De los tres niveles me interesan los dos primeros.

Esther Seligson reelabora el mito de Eurídice y Orfeo trayéndolo al siglo xx (pero también funciona para lo que va del xxi). Sin dar más detalles que el nombre en el título, es fácil para el lector seguir el trayecto de la Eurídice de nuestro tiempo e incluso las lectoras pueden identificarse con ella. En esta versión la ninfa es una mujer como cualquier otra, por algún motivo separada del amado, la diferencia es que aquí no hay Orfeo que venga a “rescatarla” para llevarla consigo. No tiene a nadie más que a sí misma, alberga sentimientos de soledad y apego: la maleta que rotundamente se niega a abandonar. Deambula por las calles de una ciudad reacomodando los tiempos y sus recuerdos, espera el tren pero también sabe que del otro lado del puente no la espera nadie; está sola en la orilla de la vida.

En el mito solamente se manifiesta el sufrimiento de Orfeo, no obstante, Eurídice también tuvo la pérdida de él. La separación fue definitiva, así que ¿quién dice que ella no sufrió de la misma manera o más que Orfeo? La oportunidad de volver a estar juntos fue desechada por la duda de Orfeo, de modo que volvieron a perderse por segunda vez y ahora tajantemente. Cada uno en una orilla del puente y en medio el vacío. Orfeo lloró a su amada hasta el día de su muerte, ¿y ella? ¿Qué fue de Eurídice en el mundo de los muertos, apartada para siempre de él? Esther Seligson le da la vuelta a la moneda y en su cuento explora la soledad de Eurídice, respondiendo a estas preguntas y generando otras todavía más feroces; con ello va un paso más adelante, pues en la pérdida cabe todo. La perspectiva de interpretación no se enfoca únicamente en la separación amorosa, sino en todo lo que se pueda perder: la seguridad en sí misma, la esperanza y, en el plano cultural (al que también alude al mencionar fragmentos de la historia del pueblo judío), la pérdida de la identidad por la persecución que lleva al exilio.

“¿Puede uno protegerse de la vida cuando todo la proclama a gritos? Miedo al dolor, al sostenido dolor de vivir”. Eurídice está, metafóricamente, en el tránsito del mundo de los muertos (sentimientos destrozados, sueños rotos, promesas incumplidas, recuerdos, silencios, lo que no fue…) al de los vivos (la posibilidad de comenzar de nuevo). Espera un tren pero no tiene (ella) ningún rumbo. Como la ninfa, esta Eurídice también está perdida y sola en la oscuridad, pero su rescate depende de ella misma, de que reúna el suficiente valor para abandonar la maleta que le impide enfrentar la vida y darle una oportunidad a la posibilidad del reinicio.

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México (1990). Maestra en Letras por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

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