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Escribir para decirse

Por Nancy Hernández García

Tiempo de lectura 3 minutos.


“Me gusta escribir. Es una manera de recuperar

la vida que uno va gastando casi sin sentir.”

“Susana” en Pánico o peligro

 

Somos tan frágiles que solamente el arte nos salva del abismo.

La literatura está plagada de las almas de todos esos seres atormentados y lastimados por la vida, por las circunstancias, por sus semejantes…

La escritura otorga la oportunidad de hacer catarsis; al convertir en palabras la tormenta interna que nos ahoga, el peso de la pena disminuye considerablemente y pasa algo todavía más inquietante: mediante la palabra uno logra entenderse a sí mismo  ̶ la cura por la palabra, método del padre del psicoanálisis ̶ . Escribir sobre uno: pensamientos, ideas, sentimientos, emociones, secretos, es como tomar una radiografía de lo que verdaderamente somos. Descubrir todo lo que subyace después de la piel, tejidos, músculos y huesos, resulta información de gran utilidad para conocerse y saber más o menos qué rumbo tomar; es muy fácil perder el norte.

Llevar un diario exige la disciplina de escribir religiosamente sobre nuestro día a día; existe el riesgo de darse cuenta de la monotonía de nuestra vida, de lo apáticos que nos hemos vuelto, pero, también es un ejercicio interesante de escritura porque se procura la honestidad ya que sabemos que nadie más leerá lo escrito. Pero ¿qué pasa cuando escribimos no sobre sino nuestra vida para contársela a alguien más, es decir, cuando la escritura íntima tiene un destinatario?

Escribir es manifestarse, decirse. La escritura tiende puentes hacia los otros, y, en un rebote, lleva de vuelta al punto de salida. Las palabras son la forma del silencio, sugiere la poética de María Luisa Puga (1944-2004). Puga es una autora prolífica pero también una gran olvidada, sepultada bajo los nombres de célebres escritores.

No recuerdo exactamente cómo la descubrí, pero me alegro de haberlo hecho. El título Pánico o peligro me atrajo inmediatamente. En la novela, publicada en 1983 y por la que ganó el Premio Xavier Villaurrutia el mismo año, Puga narra a través de doce cuadernos la vida de cuatro amigas, desde la infancia hasta la juventud y los rumbos que tomaron las vidas de cada una.

Susana, la protagonista y quien escribe los cuadernos, es una joven nacida en la Ciudad de México, de clase media e hija única. Su vida transcurre en absoluta monotonía, sin aspavientos; ese ambiente hace de ella primero una niña tímida pero observadora, que cuestiona todo lo que los adultos dan por sentado e incluso aquello ni siquiera se preguntan; resulta incómoda para los demás, así que va dejando de preguntar en voz alta y vuelca todo eso en los cuadernos, que no son un diario ni una bitácora, sino la manera en la que se dice a otro.

La escritura de estos cuadernos tiene el propósito de contarle cómo ha sido su vida a su actual pareja; narra, pasando por varios tonos, el camino recorrido desde su infancia hasta que lo conoció, pues cree que ésta es una buena manera de que él la conozca. No obstante, junto con la recreación del pasado, viene una especie de extrañamiento, es decir, el pasado y los recuerdos empiezan a difuminarse, el pasado se convierte en un país extraño: “Pero mira, no te voy a poner fechas ni te voy a hablar en orden. Mis recuerdos, creo, tomaron la forma de la ciudad. Son desordenados, me crecen sin ningún control.”, esta frase es contundente para el lector real. Por un lado, Puga nos hace conscientes de la maleabilidad del pasado y, por ende, de la fragilidad de los recuerdos. ¿Qué recordamos y cómo lo hacemos?, ¿son reales esos recuerdos? Este es un terreno escabroso puesto que cada uno guarda en la memoria sólo lo que considera relevante, digno de ello.

Entonces, la propuesta narrativa de María Luisa Puga, estructurada en doce cuadernos y tratando de seguir un orden lo más cronológico posible para el lector (ficticio y real), es, al mismo tiempo, una invitación para pensarnos a nosotros mismos en los términos de la memoria y la escritura. ¿Cómo escribiríamos nuestra experiencia vital?, ¿por dónde comenzar?, ¿contar todo o sólo una parte; cuál? Aquí la lucha no sólo es contra la página en blanco, también con la (traicionera) memoria y con uno mismo (a la hora de seleccionar lo que se contará).

Escribir es una lucha constante. Uno siempre se está preguntando cómo hacerle llegar al otro mi emoción al ver tal película o pintura; cómo generar la conexión, el puente con el otro, puesto que evidentemente el escritor no escribe para sí; escribe porque cree que lo que dice puede gustar o interesar a algún otro, por más personal que sea la escritura o el tema, siempre habrá alguien del otro lado que se identifique. “No leemos a otros, nos leemos en ellos”, dijo José Emilio Pacheco hasta el cansancio.

Escribir para dejar constancia de nuestra existencia, y también del dolor de vivir.

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México (1990). Maestra en Letras por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

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