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La lección de Rosario

Por Nancy Hernández García

Tiempo de lectura 4 minutos.


“La mujer es un ser cuya única obligación es realizarse”.

Rosario Castellanos

Vivimos tiempos agitados, de segregación y marginación por motivos absurdos  ̶ ¿cuándo dichos motivos han sido realmente válidos? ̶  y las mujeres lo sabemos muy bien. Si revisamos la historia de la Humanidad, veremos que la mujer siempre ha tenido un papel secundario en muchos de los momentos relevantes; verdad a medias, pues también sabemos que gracias a la valentía de muchas mujeres disfrutamos hoy de libertad en todos los sentidos, por lo menos en Occidente. Sin embargo, hasta hace no mucho tiempo las cosas no eran así; las mujeres mexicanas votaron por primera vez en las elecciones del 3 de julio de 1955.

La supuesta inferioridad femenina no pasó inadvertida en la literatura, mucho menos a la mirada crítica de Rosario Castellanos, quien vivió en carne propia las desventajas de su sexo además de un matrimonio tormentoso con el filósofo Ricardo Guerra. Rosario fue una mujer extremadamente sensible, amén del ambiente familiar en el que se desarrolló, que terminó por arraigarle un sentimiento de inferioridad que la acompañó hasta el último de sus días, pese a que en su escritura se mostrara como una mujer fuerte, crítica, valiente, subversiva. Efectivamente lo fue, de otro modo, ahora mismo no estaría escribiendo sobre uno de sus libros.

Álbum de familia (1971), volumen que recoge cuatro relatos: “Lección de cocina”, “Domingo”, “Cabecita blanca” y “Álbum de familia”, cuyas protagonistas son mujeres en situaciones y ambientes cotidianos, invita a la reflexión de la lectora, sobre todo  ̶ aunque no es un libro prohibido para los lectores ̶ , pues es en la cotidianidad donde sucede lo asombroso. La lectura resulta por demás agradable, pues Rosario salpica de ironía las 154 páginas del libro; su mirada del mundo femenino es aguda e inteligente, además, posee un humor negro que sirve de instrumento para aterrizar en la reflexión sobre la condición de la mujer no sólo en el siglo pasado, sino también en la actualidad, pues, a pesar de que ha habido progresos, no todas los disfrutamos.

“Lección de cocina”  ̶ cuento que me ocupa en este ensayo ̶  es el soliloquio de una recién casada cuya tribulación es cómo desempeñar satisfactoriamente el trabajo que de ella esperan la sociedad, su familia, su marido y las respetables y tradicionales amas de casa. La pobre mujer se achica frente al blanco resplandeciente de la cocina, lugar que reconoce como suyo porque así lo dictan las leyes sociodivinas: “Mi lugar está aquí [la cocina]. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche. Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras”. La traducción del proverbio es: la mujer pertenece a la cocina, debe encargarse del cuidado de los niños y, por supuesto, también se debe a la iglesia. Se suponía que esta trinidad conformaba la unidad femenina, ¿pero qué es ser mujer? Eso es algo que las propias mujeres no tenemos tan claro porque nadie nos explica, una tiene que descubrirlo en su paso por la vida. De ser mujer sólo conocemos la parte difícil.

Desde la primera página, Rosario pone sobre la mesa el conflicto al que se enfrentan las mujeres que no sólo tienen alma de mártir, es decir, que además de desempeñar su papel de abnegada (entiéndase, tradicional y perfecta) ama de casa también tienen inquietudes profesionales. La sociedad es tajante al poner a las mujeres en tan difícil predicamento: ¿casarse o ser profesionista? ¿Por qué no ambas? Es bien sabido que las mujeres somos capaces de hacer más de una cosa a la vez. Claro que elegir la tercera opción (el paquete combo: marido, hijos, casa y profesión) significa una importante carga de trabajo para ella o, en el mejor de los casos, la convierte en una fuente de trabajo al contratar ayuda doméstica, sin embargo, es viable. Las cosas no son blancas o negras.

A las mujeres se les educa para que se comporten decentemente, pero sabemos que en los asuntos de alcoba los maridos no esperan este comportamiento… sin educación sexual, ni experiencia previa, ¿cómo va a disfrutar de relaciones sexuales placenteras? Como para todo, también tendrá que arreglárselas como Dios le dé a entender pues, una vez más, su condición femenina la pone por debajo de la superioridad masculina:

Del mismo color teníamos la espalda, mi marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.

Este fragmento del relato es la crítica mordaz de Rosario Castellanos a la institución que es el matrimonio: manifiesta la desigualdad, remarcada no sólo de manera pública sino también privada. Mientras que de los hombres no se espera ningún comportamiento especial, salvo, claro está, el correspondiente a su hombría, a las mujeres se les sigue hostigando incluso en el lecho: la personaje debe aceptar una única postura sexual y al personaje masculino ni siquiera le importa si ella también goza, satisface su placer egoísta y adiós.

“Lección de cocina” pone el dedo en la llaga, por eso dije al inicio que las mujeres de hoy debemos gratitud eterna a todas aquellas que, como este personaje y como la mismísima Rosario Castellanos, vivieron el matrimonio como sinónimo de suplicio; afortunadamente el abanico se abrió y el cielo es el límite en cuanto al desarrollo profesional y humano de las mujeres, no obstante que las buenas conciencias de la sociedad sigan levantado su lastimera voz para tratar de impedirlo porque a alguien se le ocurrió que la tripe K es lo correcto. Otra falla del sistema, ¿cómo aprenderemos de la vida si nos la pasamos haciendo lo correcto? Los errores son los mejores maestros y lo único que tenemos a la mano porque nacemos sin un manual para la vida, y sobre la condición femenina todavía hay mucho que aprender y por hacer, puesto que la inteligencia y la sensibilidad no son opuestas.

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México (1990). Maestra en Letras por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

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